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Decisiones personales

Cayetana Álvarez de Toledo y Casado. EFE
Cayetana Álvarez de Toledo y Casado. EFE

LA VIDA depende de decisiones personales de terceras personas. Cuando yo era niño y luego adolescente, todo lo que yo hacía estaba dirigido por profesores, por sacerdotes, por padres o abuelos. En aquellos tiempos no tan lejanos como creemos, la muchachada vivía a expensas de lo que decidieran quienes nos manejaban y las desavenencias se resolvían a golpes, lo que, justo es consignarlo, dependía de los adultos. Recuerdo una escena en la que mi padre me perseguía para zurrarme. Con mucho esfuerzo logré escapar de él. Yo era un muchacho ágil y él no. Mientras yo corría como si me persiguiera un jaguar mi padre calculó con precisión matemática que mi trayectoria se dirigía hacia mi tío Pepe Carrera, y como un combatiente eficaz gritó: "Dalle, Pepe!". Mi tío Pepe, que como mi padre era un experto en esos asuntos y una excelente persona, me placó como un atacante virtuoso del fútbol americano y entre los dos me aplicaron un correctivo desproporcionado.

No recuerdo lo que había hecho yo, pero calculo que era algo de tanta gravedad como para que mi padre y mi tío Pepe tomaran la decisión personal de hacerme entrar en razón como se hacía entonces, que era de la manera más expeditiva posible. No se lo voy a reprochar ni a uno ni al otro. Éramos fruto de un tiempo y los castigadores habían nacido y se habían criado en las años veinte del siglo pasado, es decir, hace casi cien años. El mundo era diferente. Mis abuelos eran de mil ochocientos y pico, época en la que lo mejor que se podía enseñar a un niño era un cinturón porque los mejores educadores estaban muy pendientes de que sus hijos no murieran de hambre. Vivieron una infancia atroz y no estaban dispuestos a que sus hijos la reprodujeran, y por eso nos educaban con una violencia que en aquellos tiempos era muestra de responsabilidad. Eran buenos padres.

Hoy vivimos una época aparentemente más amable, pero nuestro futuro sigue dependiendo de las decisiones personales de terceros. Y no sé qué es peor. Hace tres o cuatro años, Galiza entera estuvo en vilo porque Alberto Núñez Feijóo no se decidía a presentarse a las elecciones autonómicas. Estuvo durante meses deshojando la margarita hasta que finalmente decidió presentarse y arrasó, convirtiéndose en el único líder europeo que conseguía una mayoría absoluta en su categoría. Tomó una decisión personal, pues en aquel momento el futuro de nuestro país dependía del resultado de su consulta con la almohada. Tanto dio la influencia que sobre él ejercieron los medios, los asesores, la coyuntura estatal o su incipiente familia. Fuera como fuese, su decisión personal lo decidió todo.

Cada vez que Cayetana o Casado hablan, Feijóo pierde votos

Bueno, pues una vez más los gallegos estamos a expensas de una decisión personal. Hay elecciones autonómicas dentro de un año y nuevamente dependemos de la decisión de Feijóo. No creo que eso sea bueno, pues solo demuestra que dependemos de la disposición caprichosa de una persona. El PP gallego es Feijóo como en otros tiempos fue Fraga. Es un partido monolítico, pero la fórmula ha funcionado siempre. No vamos a venir a estas alturas a discutir los resultados democráticos que han elevado a Feijóo a categoría de presidente casi vitalicio.

Hay más decisiones personales que ponen nuestra vida en juego. Últimamente, por ejemplo, corre el rumor de que Feijóo puede adelantar las elecciones. En eso también nos ponemos en manos de una opción personal, pues la facultad de disolver el Parlamento es personal, y sobre eso no hay nada que discutir.

Dicho todo lo anterior, Feijóo también es esclavo de las decisiones personales de otros. Casado, por ejemplo nombró portavoz parlamentaria a Cayetana Álvarez de Toledo, algo que puede ser demoledor para el PP gallego. Mientras Feijóo decide cuándo convoca elecciones, cada vez que Casado o Cayetana abren la boca, Feijóo pierde votos. Cada día que el PP de Madrid avance hacia la ultraderecha, más riesgo corre Feijóo de perder la Xunta y cada día el PSdeG de Gonzalo Caballero se rearma, y más calan mensajes como el de los Venres Negros de los trabajadores de la TVG, y más tiempo tiene Ana Pontón de laminar a la Marea.

Las decisiones personales, más que nunca, por aberrante que nos parezca, que lo es, serán decisivas cuando dentro de dos o tres décadas se escriba el pasado de Galiza, que es nuestro presente. Solo nos queda un consuelo, que es el de comprender que podemos tomar cada uno su decisión personal para contar cuántos y cuántas hemos decidido una cosa o la otra, que es algo que los votantes no solemos tener en cuenta, pues somos más de votar lo que proponen otros que lo que nos conviene.

Lo conveniente no es decidir sobre las decisiones personales de otros sino tomar la nuestra. Que nos importe un pepino si Feijóo se presenta o no se presenta, o si adelanta o no las elecciones. Tenemos meses para ir pensando lo que nos conviene y ser tan egoístas como ellos. Que sea nuestra decisión personal la que decida el futuro de los candidatos, que a fin de cuentas la democracia es eso, ponerlos o quitarlos, aunque nos quieran convencer de que la realidad es otra cosa.

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