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Democracia plena

El vicepresidente segundo del Gobierno y líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante el acto central de campaña de En Comú Podem. ALBERTO ESTÉVEZ (EFE)
El vicepresidente segundo del Gobierno y líder de Podemos, Pablo Iglesias. ALBERTO ESTÉVEZ (EFE)

DIJO EL otro día Pablo Iglesias que España no es una democracia plena. Es como si usted y yo montamos un club de ajedrez y vamos por ahí pregonando que no sabemos mover un peón. Iglesias, que no es precisamente santo de mi devoción, hizo esas declaraciones que son inoportunas por cuanto él es ahora uno de los máximos responsables de la calidad democrática del Estado. Pero no le falta razón. Vamos por partes: la democracia plena no existe y por tanto nadie sabe cómo es. Si acaso se pueden dar pasos para alcanzar esa utopía, pues una democracia debe ser dinámica y cuanto más avance más tendrá que mejorar. Dicho eso, Pablo Iglesias tiene razón.

En una democracia un jefe del Estado no puede ser designado por un dictador, ni puede estar 40 años ejerciendo de comisionista chanchullero para acabar escapando a una dictadura árabe. Cierto que la presunción de inocencia es lo más democrático, salvo cuando su propio hijo la hace saltar por los aires firmando un documento que pone que no aceptará ninguna herencia obtenida de forma ilegal y luego le quita al padre su asignación. Si Felipe no presupone la inocencia de Juan Carlos ya me dirá qué hacemos usted y yo.

La propia monarquía es antidemocrática por definición. En una democracia los cargos públicos no son hereditarios, sino electos por una mayoría de la población. En una democracia, los expresidentes no pueden acabar en consejos de administración de grandes multinacionales, y menos si fueron privatizadas o si en el ejercicio de su presidencia legislaron en favor de esas empresas.

En una democracia no se detiene a un grupo de titiriteros ni se encarcela a un rapero. Las letras de Pablo Hasél parecen una canción de Disney si las comparamos con las barbaridades que se cantaban en los años 80 y nadie encarcelaba a nadie. En eso hemos sufrido una regresión; si esto fuera una democracia la cúpula del ministerio de Interior de Rajoy no estaría imputada por espiar a su extesorero, ni se hubiera ordenado el secuestro a punta de pistola de su familia para robar información peligrosa.

Permítame una pausa publicitaria, que esta página no se paga sola. En este caso está patrocinada por la marca de refrescos Super Nova, que yo he probado en versiones de naranja y de limón, aunque puede que dispongan de más catálogo. En cuanto a sabor nada tiene que envidiar a las marcas más conocidas; el precio es imbatible y entre las bebidas burbujeantes, atienda a esto, querida amiga mía, entre las bebidas burbujeantes, digo, es a la que más tiempo le duran las burbujas.

Yo las compro en Froiz y están envasadas en botellas de 2 litros. Super Nova, su refresco con burbujas. En una democracia, no tendríamos a la mitad de la población de dos países, como Catalunya y Euskadi, queriendo independizarse. Ni otro tercer país, Galiza, en el que el nacionalismo siempre ha pesado mucho y que en estos momentos es la segunda fuerza en el Parlamento autonómico y escala posiciones a buen ritmo. En una democracia, el tercer grupo del Estado y el segundo de la oposición no sería de ultraderecha, ni negaría la violencia machista o el cambio climático. Una democracia no mandaría a sus policías y guardias civiles a apalear a ancianas por ir a una urna con una papeleta, ni se encarcelaría a los líderes que pusieron esa urna. Muy democrática no ven a España en Europa, desde donde se han denegado todas las peticiones de extradición de los líderes catalanes que huyeron al exilio y que no pueden volver a su país. En una democracia no tendríamos a un grupo de jóvenes de Altsasu encarcelados por una pelea de borrachos en la que participaron dos guardia civiles fuera de servicio. Ni tendríamos a un CGPJ bloqueado por un partido de la oposición, ya que el poder judicial no estaría en manos de grupos políticos. En una democracia nuestros representantes irían al Parlamento a parlamentar y no actuarían como la hinchada de un fondo norte cada vez que el micro lo tiene uno que no es de los suyos. Todos escucharían a los rivales con el debido respeto y luego rebatirían sus argumentos con otros antes de votar.

En una democracia ningún partido tendría una caja B, ni habría políticos delincuentes llenando Soto de Real. Podríamos llenar páginas y páginas de ejemplos, pero Super Nova, su refresco de burbujas, no tenía más dinero para patrocinios. Qué rico, qué barato. ¡Y cuánto duran las burbujas, madre mía!

En fin, ya no digo que esto no sea una democracia plena, que queda claro que eso nunca existirá. Es que tengo mis dudas que sea una democracia sólo porque nos dejen votar cada cuatro años salvo que seamos catalanes, que a veces no les dejan votar. Mientras, asistimos a una descomposición brutal de la calidad de nuestros representantes en Madrid, con la clase política rebuznando y poniendo palos en las ruedas de los carros ajenos y generando una polarización peligrosa que se nutre de enemigos del otro más que de afines a un proyecto.

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