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El bocata

El lenguaje es necesario en la medida en que sirve para sobrevivir

RAFA FARIÑA
RAFA FARIÑA

DICEN QUE la lengua gallega tiene unas 100 palabras para referirse a la lluvia. Eso es porque llueve mucho y de muchas maneras diferentes. La vida de un gallego depende de la lluvia y del tipo de lluvia. El trabajo de todo un año o el de toda una vida puede verse arruinado por una lluvia inoportuna, bien por ser copiosa, por llegar a destiempo o por venir en medio de un temporal que hunde un barco. Por eso es importante que cada lluvia tenga un nombre. Es importante hasta para calcular cómo hemos de vestirnos. Para afrontar un chaparrón uno no sale con boina, paraguas, gabardina y botas.

Aunque los académicos crean que el vocabulario es cosa suya, lo cierto es que no, que es el pueblo quien pone y quita palabras. Los académicos, con suerte, van a remolque y no suelen acertar porque no tienen una cosecha de maíz de la que dependen sus vacas y por tanto su sustento. En la comodidad de un despacho con chimenea da lo mismo que llueva de una u otra manera. Como si no llueve en todo el año.

El lenguaje es necesario en la medida en que sirve para sobrevivir. Por eso, en un lugar donde no llueve nunca, o lo hace tres días al año, basta con decir que llueve para que todo el mundo se entienda. Ahí no hacen falta 100 palabras, pues sobrarían 99.

En castellano, como en gallego, hay muchos más sinónimos de malo que de bueno. Eso es porque a la mayoría de la gente le suceden más cosas malas que buenas. Y gran parte de las palabras dedicadas a hablar de algo bueno son innecesarias, invenciones de la gente que pasan de moda. En los ochenta, durante un par de años se estiló el verbo fardar. Algo de lo que fardar era aquello de lo que uno podía presumir. "Mira qué farde", cantaban los de Leño. Pasaron los meses y pasó la moda del farde. En cuanto tuvo ocasión, Rosendo volvió a grabar aquel tema y donde antes escuchábamos "mira qué farde", de pronto cantábamos "de puta madre", que venía a ser lo mismo pero no daba vergüenza. Lo que entonces era algo fardón pasó a ser dabuten (con su variante dabuti). Luego fue molón, total, flipante, guay, alucinante o cool. Como si cada nombre nuevo mejorara el momento o convirtiera el mismo objeto en algo diferente.

Cada generación se inventa una palabra que sobra para referirse a algo que escasea. Sin embargo, para las cosas malas nadie se inventa una palabra. Lo malo es algo con lo que convivimos a diario y esa cotidianeidad une a las generaciones haciendo innecesarias las palabras nuevas, que suelen ser impostadas y nunca se sabe de dónde vienen. Las cosas buenas que nos ocurren son tan escasas que necesitamos inventar cada cuatro años una nueva palabra para describirlas. Como si un bereber inventara cada poco una palabra para referirse a la lluvia diferente a la que usaba su padre o su hermano mayor. Igual lo hacen. Desconozco las costumbres bereberes.

Hace poco vi un capítulo de Verano Azul, aquella serie de Antonio Mercero en la que un grupo de chicas y chicos atontados, confusos y pijos iba en bicicleta, siempre sin un destino aparente y eran amigos de Chanquete, un hombre que vivía en un barco varado en tierra y se pasaba la vida emitiendo risotadas que no venían a cuento. Haga la prueba. Vea un capítulo o dos. No entenderá ni media palabra de lo que dicen. La mitad de su vocabulario, afortunadamente, ha desaparecido, espero que para siempre. También desaparecieron los actores, salvo uno. Todos los demás fueron yéndose de nuestras vidas con sus diccionarios pasados de moda, como los payasos de la tele, aquellos señores que usaba Franco para asustar a los niños y que nuestros padres creían que nos gustaban, los payasos y sus canciones absurdas.

Aquel lenguaje ochentero tenía sin embargo algo especial: una mezcla de cursi, carcelario, rancio, pijo e innovador del que solamente sobrevivió un vocablo: bocata. Bocata es lo que nos dejó aquella España que despertaba de cuarenta años de dictadura. Para eso luchó y murió tanta gente: para alcanzar la libertad y cambiar un bocadillo por un bocata.

¿Valió la pena? No lo sé. Bocata es una palabra cool. Desde ese punto de vista igual sí, igual tanto sacrificio valió la pena. Puede que esperásemos más de aquella época. La democracia, el felipismo, las drogas, las libertades, nos iban a traer una nueva vida y no un simple bocata, pero reconozcámoslo. Menos es nada. Más se perdió en Cuba.

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