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El cuchillo de Manolo

Algo más que un símbolo. Algo necesario y duradero

Imagen de archivo tomada en un acto en Barcelona en defensa de la unidad de España. EFE
Imagen de archivo tomada en un acto en Barcelona en defensa de la unidad de España. EFE

CUANDO NOS casamos, en agosto de 1988, apenas empezaba lo de las listas de bodas. Lo de dejar un número de cuenta ni existía. La gente venía y te traía un regalo, normalmente sin ticket para que no pudieras cambiarlo. Se estilaban las por aquel entonces llamadas "cosas útiles": una plancha, una cafetera, una vajilla. Nuestros amigos, que no tenían ingresos propios porque éramos insultantemente jóvenes traían mantas, figuritas o cualquier objeto barato y aparente. 

El mejor regalo, según demostró el tiempo, nos lo hizo mi amigo Manolo. nos lo entregó ceremoniosamente mientras decía: "Es un cuchillo. un buen cuchillo, que os será muy necesario y muy duradero". Parecía un cuchillo cualquiera, pues un cuchillo es un cuchillo y salvo que uno sea un experto, todos los cuchillos son iguales. Lo metimos en un cajón con otros cuchillos y el tiempo fue transcurriendo con su carencia habitual, que es de 24 horas cada día. 

Manolo no mentía. Los demás cuchillos fueron desapareciendo, vencidos por el uso y por la ausencia de calidad. El cuchillo de Manolo lo usamos casi a diario, para todo: pelar patatas, picar cebolla, filetear una pechuga o cualquier otra actividad que requiera el concurso de un cuchillo. También ha sido utilizado como palanca, como martillo, como destornillador y como cincel. Nunca hemos tenido que afilarlo. Corta como el primer día. Mi señora está convencida de que lo que nos mantiene unidos no es el amor, ni la rutina, ni el haber compartido tantos momentos buenos y malos, ni nuestros dos hijos. Lo que nos mantiene unidos es el cuchillo de Manolo. 

Cada casa, cada familia, cada pueblo, cada país, cada estado necesita su cuchillo de Manolo. Algo más que un símbolo. algo necesario y duradero. Cuando dos antagonistas dicen eso de que "tenemos que buscar lo que nos une, no lo que nos separa", inmediatamente sacan algo que los separa: una bandera, un himno o un idioma, no para compartirlo, sino para imponerlo. nadie saca nunca un cuchillo de Manolo, quizá porque realmente no lo tienen o porque sí lo tienen y no reparan en él. Puede que lo tengan, lo sepan y prefieran no utilizarlo porque la confrontación proporciona mayores réditos que una relación soportable. 

¿Qué es lo que une a Galicia y a andalucía? Casi todo son elementos diferenciadores, sin que ello sea ni bueno ni malo. La historia común ha durado mucho menos que la que no se ha compartido; la geografía, el territorio, el clima, la tradición, el folclore, la gastronomía, la cultura, la lengua, en casi todo lo que define a un país, el gallego se parece tanto al andaluz como al argentino, al vasco, al valenciano o al boliviano. Y viceversa. Lo único que realmente nos une son un rey y una Constitución, elementos que históricamente se han demostrado más bien endebles. En esas condiciones, un andaluz y un gallego pueden sentirse igualmente españoles si les da la gana, pero si se les pregunta qué tienen en común, difícilmente podrán enseñar algo más que una camiseta de la selección. 

Durante todos estos años de democracia nadie ha encontrado algo que realmente identifique como iguales a todos los españoles, más allá de los éxitos deportivos obtenidos bajo un mismo uniforme, que no dejan de ser logros efímeros que no requieren mayor compromiso del espectador. En España el fervor patriótico siempre ha venido de la mano de un enemigo común. Los ingleses o los franceses unían a los reinos de España para una guerra coyuntural que ciertamente era más importante que un partido de fútbol. A España la unió primero un imperio; luego las sucesivas guerras en las que se perdió el imperio, seguidas de épocas de zozobra durante las que poco unida estuvo mientras probaba todo tipo de fórmulas para ser gobernable. Luego se mantuvo unida por las malas bajo una dictadura infame y finalmente por intereses políticos de partidos centralistas que acudían a Euskadi o a Catalunya para poder gobernar en Madrid. España sólo se ha unido en el fragor del éxito colectivo o bajo el peso del fracaso absoluto. Entre medias, las tendencias separatistas siempre han prosperado. Ahora que España se quedó sin cuchillo de Manolo, nadie es capaz de enseñarnos algo que nos identifique a todos como parte de una misma nación. Algo útil y duradero que permanezca siempre ahí y que convierta la unidad en algo necesario o conveniente. El hecho de que muchos, seguramente una inmensa mayoría se sientan españoles, no significa que haya que ignorar a los millones que no lo sienten, concentrados en países con tendencias nacionalistas e independentistas que representan a partes muy importantes de la población. Casi la mitad en el caso de Catalunya, un 60% en Euskadi y en Galiza un escueto 8% que ha alcanzado picos del 25% en tiempos de unidad nacionalista. 

Curiosamente, cuando no se reconoce la diferencia se hace bajo el argumento de que los otros son peores. Todos los catalanes son españoles, o todos los vascos, pero los independentistas son malos españoles, lo que los convierte en diferentes a nosotros, que somos tan españoles como ellos, pero mejores porque lo sentimos. Por lo que se ve, decirle a un nacionalista o a un independentista: "Tú eres español porque lo digo yo", no ha resultado ser la mejor fórmula.

El cuchillo de Manolo
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