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La frustración de Beiras

Beiras en una imagen de archivo de 2018 en Pontevedra. CRISTIAN FERNÁNDEZ
Beiras en una imagen de archivo de 2018 en Pontevedra. CRISTIAN FERNÁNDEZ

RECONOCÍA el otro día Xosé Manuel Beiras su frustración al constatar que todos sus esfuerzos por construir una alternativa al BNG en las autonómicas de 2012 se fueron al traste por no haber encontrado correspondencia en las relaciones con sus socios de Unidas Podemos y su rollo rupturista y transversal. Lo hacía como si todo eso no fuera con él, al menos como si él mismo no fuera el máximo responsable de un fracaso estrepitoso.

Hagamos recuento: en las autonómicas de 2005 el BNG se pegaba un batacazo al pasar de 17 a 13 diputados, pero una espectacular subida del PSOE le permitía colocar a su candidato Anxo Quintana, entonces delfín de Beiras, como vicepresidente. Era un espejismo: habían derrotado a Fraga el invencible y por primera vez desde su fundación en Riazor en 1982, el BNG entraba en un gobierno de la Xunta, con lo que el desastre electoral quedaba maquillado por la victoria institucional, que en el BNG tomaron como propia a pesar de que aportaban 12 diputados menos que los socialistas de Touriño.

Esa falsa euforia se agotó cuatro años después. En 2009 el BNG perdía un diputado mientras el PSOE mantenía sus 25. Fue el primer gobierno de Feijóo, y ahí sigue hasta hoy. En 2012 se celebró la histórica asamblea fratricida de Amio en la que el BNG se partió en dos. Las listas lideradas por Beiras perdieron por la mínima y se largaron del partido para montar AGE. En ese mismo 2012, en las elecciones que dieron el segundo gobierno a Feijóo y con Beiras como candidato, AGE sacó nueve actas y el BNG se hundió hasta los 7.

Poco después tuve un largo encuentro con Beiras en su despacho del Parlamento. Vivía momentos de júbilo, convencido de que con el proyecto que encabezaba podría hacer más por el autogobierno en Galiza que en todos sus años como líder del BNG. Los espejismos cuanto más lejos están más frustración generan. No es lo mismo ver un falso oasis a diez metros que a treinta kilómetros. Beiras estaba empeñado en reeditar las alianzas de la II República, las que permitieron la celebración del referéndum de autonomía que fue entregado a las Cortes en el año 36, y ahí estaba Podemos, el gran aliado exterior que nos llevaría en volandas a la independencia. Se estaba creando un modelo rupturista en España que tendría a los de Beiras como uno de sus principales referentes y que acabarían con la monarquía, dando lugar a una nueva república en la que el peso de Galiza sería proporcional a su aportación en votos y presencia institucional.

Los de Beiras tomaron la actitud de los niños y las niñas en la mesa de una boda: ven ahí tantos refrescos diferentes que lo primero que hacen es ponerse a inventar nuevos sabores mezclándolos a ver qué sale de ahí. Fue como experimentar con gaseosa pero a lo loco. De ahí surgieron las sucesivas sopas de letras de sus candidaturas, las mareas municipalistas y todas esas tonterías que carentes de una base ideológica común se constituyeron en una moda, que como usted sabe muy bien siempre son pasajeras.

Todavía en las autonómicas de 2016, en aquella loca confluencia Podemos-Anova-EU-Marea, no se dieron cuenta, ni siquiera el propio Beiras, de que la subida de 9 a 14 que hundía todavía más al BNG, que se quedaba en 6, era el principio del fin. Demasiadas bodas, demasiados niños y demasiados refrescos para tan poca mesa. Perdieron las grandes ciudades en las que gobernaban, y las medianas y las pequeñas. Y los diputados que mandaban a Madrid mantenían con Unidas Podemos una relación de vasallaje, o sea que no nos servían ni nos sirven para nada, toda vez que desde el principio el nacionalismo y los intereses de Galiza quedaron excluidos de las listas de prioridades de Pablo Iglesias.

En las autonómicas de 2020, la sopa de letras rupturista pasó de 14 a 0 mientras el BNG, de la mano de Ana Pontón se llevaba 19, su mejor resultado histórico. Se entiende la frustración de Beiras, cómo no la vamos a entender. Dedicó los últimos años de su dilatada vida política activa a montar un castillo de arena, que como todos sabemos son de vida efímera. No había ahí cimientos ni piedras, ni fosos ni murallas ni nada que lo mantuviese en pie. Ni una triste bandera a la que aferrarse. Construir un castillo de arena persiguiendo un espejismo y pretender que lo defienda la mesa de los niños jugando con refrescos no es buena idea, como ha constatado el propio Beiras, que ignoró un hecho fundacional del nacionalismo gallego, y me remonto a la época que usted me marque: jamás ha llegado desde España una solución a las demandas gallegas, ni llegará. Lo hemos visto en Euskadi y Catalunya, por si queremos tomar nota.

Así lo habrá entendido, digo yo, el votante de la izquierda nacionalista, que volvió en masa al BNG en 2020, formación que vivió su travesía del desierto sin perseguir espejismos ni mezclar refrescos ni hacer castillos en la playa. La derrota de Beiras tiene por todo lo expuesto y por mucho más un alto componente de frustración personal, supone usted bien. Fue él quien forjó esas alianzas imposibles, quien cocinó esas sopas de letras y quien tiene motivos sobrados para sentir el peso del fracaso, al menos tanto como la gente que le siguió en esa andadura delirante.

La frustración de Beiras
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