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Los alumnos de segundo de Bachillerato volvieron a clase esta semana. BRAIS LORENZO
Los alumnos de segundo de Bachillerato volvieron a clase esta semana. BRAIS LORENZO

NO SÉ SI saldremos más fuertes o más débiles. Igual ni salimos. Lo mismo, Dios no lo permita, el virus sufre mañana una mutación y se vuelve mogollón de letal y nos mata a todos. De no ser el caso, lo que podríamos era hacer cuatro cosas bien. El teletrabajo, por ejemplo. Por lo que se ve, las experiencias han sido positivas. La productividad es la misma o mayor, los trabajadores se ahorran un montón de tiempo y kilómetros y muchas empresas podrían prescindir de un gasto en oficinas. Menos contaminación, menos quemar combustibles fósiles y más tiempo para dedicar a las familias. Todo ventajas.

Tratar al personal sanitario como merece. Contratos fijos, salarios dignos e inversión en material e investigación. Otra cosa que podríamos hacer bien. Pero me temo que ahora que están venciendo al bicho, volverán a esos contratos infames que duran un día o unas horas y estarán pendientes del teléfono para saber si trabajarán al día siguiente, que aquí mucho aplauso en los balcones y mucho elogio sobre héroes y heroínas pero la gente no come a base de agradecimientos. Ya mucho antes de la pandemia se habían ganado un trato laboral justo, como todo trabajador. Está por ver si eso se hace realidad o volvemos a las andadas.

Menos coches, ciudades sostenibles y habitables

El fortalecimiento de los servicios públicos. Ciencia, sanidad, educación, para empezar. No se trata solamente de estar preparados para un rebrote, sino para cualquier otro virus, que el mundo está lleno de murciélagos y otros animales que pueden transmitirnos cualquier porquería. Durante estos meses hemos hablado mucho de tres o cuatro pandemias famosas, pero las ha habido a centenares y seguirá habiéndolas y mientras no se desarrolle un sistema para matar virus con tanques o aviones militares, casi gastar menos en eso y más en lo otro. En cuanto a la educación, qué quiere que le diga. Un profesorado excelente, que lo tenemos, necesita medios y leyes acordes a su valía y a la de nuestros hijos y nietas.

Producto propio, comercio de proximidad e industria local. Cuando hablo de industria local, entiéndase, no me refiero a camisetas fabricadas por niños esclavos en Pakistán: me refiero al taller que emplea a vecinos, al pequeño comercio de la esquina y al bar de enfrente. Menos globalización, que no ha traído nada nuevo, y más consumo de lo nuestro.

Un mínimo de respeto a nuestro planeta. Ahora, con décadas de retraso no vamos dando cuenta de que los de Greenpeace no eran unos perroflautas con ganas de incordiar. Menos coches, ciudades sostenibles y habitables. Un buen día alguien pensó que lo que había que hacer con las ciudades era llenarlas de carriles y de aparcamientos para meter más y más coches y cuando nos dimos cuenta no había sitio para las personas. Todo se convirtió en una vida llena de humo, bocinazos y rugir de motores. Afortunadamente, para los que vivimos en Pontevedra ese problema está resuelto, pero con Pontevedra no llega. Todas las ciudades deberán emprender el mismo camino y devolver a la ciudadanía algo que le pertenece por derecho: el espacio público. Primar a un aparato que pesa más de una tonelada, contamina, consume una energía insostenible y llena la atmósfera de CO2 sobre una persona que va caminando, es una tontería. Más espacio para las personas y más transporte público.

Recuperar la tierra, algo que se me ha metido en la cabeza últimamente y me tiene obsesionado. Volver al campo, al huerto, a las pequeñas explotaciones agrarias y ganaderas, a lo que siempre nos ha dado de comer; a la vida de nuestros abuelos y abuelas, que sabían exprimir la tierra. Los tiempos han cambiado y aunque muchos de ellos tuvieron que emigrar o marchar al exilio, hoy tenemos herramientas que no tuvieron ellos para vender y distribuir nuestros productos obteniendo una rentabilidad que nos permita vivir.

Retomar nuestros recursos. Dejar de ser la comunidad que más electricidad produce y más cara la paga. Exprópiese. Acabar con los monocultivos de eucalipto que esquilman nuestros montes. Recuperar sectores como la pesca de bajura, apoyar el marisqueo consumiéndolo.

Hacer país. Lo hacíamos más hace décadas, incluso durante el franquismo, cuando lo nuestro estaba por encima de todo. Cuando la única forma legal de reivindicarnos era pedir queso del país, vino del país y chorizo del país. Del país gallego, queríamos decir. Éramos más país entones, sin autonomía que ahora. Ahora tenemos ciertas dosis de autogobierno; entonces teníamos más voluntad y ejercíamos la autonomía en familia y la practicábamos mientras no nos detuvieran o nos fusilaran, no por pedir vino del país, pero sí por muchos otros motivos.

Si hacemos la cuarta parte de estas cosas saldremos fortalecidos. De lo contrario, acabaremos hechos una piltrafa y eso, más que nosotros, lo pagarán las generaciones venideras, que lo menos que nos pueden pedir en estos tiempos es que no seamos burros. Bastante han pagado nuestros errores y el despojo de sociedad que hemos construido.

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