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Halcones y gorriones

Donald Trump. DOUG MILLS (Efe)
Donald Trump. DOUG MILLS (Efe)

LA MEJOR descripción que se hizo jamás, en mi opinión, de una revolución, la hizo un ciudadano, no recuerdo ahora si carpintero, panadero, zapatero o practicante de qué oficio, refiriéndose a la Gran Revolta Irmandiña: "Los gorriones corren tras los halcones". Me viene mucho a la memoria últimamente porque por todas partes, en todo el mundo, hay gorriones persiguiendo a halcones. Con excepciones, como la revolución francesa, la rusa o la cubana, los halcones suelen dar media vuelta para recuperar su posición y machacar a los gorriones. Es ley de vida. Un halcón sobre una ciudad puede hacer desaparecer a bandadas enteras de gorriones, porque le basta con comer uno al día para atemorizar a todos los demás.

Pero a veces suceden una de dos cosas: que los gorriones venzan o que logren una victoria parcial. Cuando el mayo francés del 68, los que interpretaban el papel de gorriones no ganaron la batalla y descubrieron que bajo los adoquines no había playa, pero lograron largar a De Gaulle y sirvieron de fuente de inspiración para numerosos luchadores por la democracia y las libertades que hoy disfrutamos. Si aquel mayo francés el mundo sería hoy un poco peor.

Hay, a pesar del paréntesis de la pandemia, muchos gorriones persiguiendo a halcones. En un pequeño municipio de Málaga, Villanueva de Algaidas, tres halcones machinazis mandaron retirar una bandera LGTBI del balcón del Ayuntamiento, y los gorriones respondieron colgando en ventanas y balcones de sus domicilios más de 400 banderas. Es una victoria menor pero aplastante. La población de Villanueva de Algaidas no llega a 5.000 habitantes, pero el ejemplo ha dado la vuelta al mundo y ha lanzado un potentísimo mensaje: los gorriones pueden perseguir a los halcones y en algún caso, derrotarlos.

Los halcones, no digo los halcones de verdad, sino los halcones humanos, se sienten hoy acorralados. Es el momento de los gorriones, y lo es en las luchas antirracistas en los EEUU, en los chalecos amarillos de París o en la dignidad con la que los sanitarios españoles reclaman unos derechos que han demostrado de sobra que merecen.

Trump, un halcón de manual, va por debajo en las encuestas

Tampoco hay que echar las campanas al vuelo: la victoria suele estar en manos del halcón, que es quien tiene la fuerza, el poder y la capacidad despiadada de cazar gorriones. Solamente cuando los gorriones son conscientes de su gran ventaja, que es el número, tienen alguna opción. El instinto le dice al gorrión que se una a su bandada, que pueden formar miles de los suyos, para escapar del halcón, aunque sea sólo uno. Ya no digo nada sin en lugar de un halcón hay veinte o treinta. Pero en ocasiones extremas, los gorriones ejercen su fuerza y se rebelan.

Donald Trump, un halcón de manual, va por debajo de Joe Biden en las encuestas cosa de diez puntos o más. Resulta que un halcón, por muy fiero que sea, puede ser un inoperante. Le atacan bandadas de gorriones por las cuatro esquinas y perderá la reelección con la ayuda de Alá. Los gorriones son tímidos, gregarios y asustadizos pero no son tontos. Y Trump sí es tonto. Tonto de capirote. Tanto el propio Trump como su vicepresidente, Mike Pence, consideran que los cientos de miles de contagiados y muertos por la pandemia son un éxito, y que si hicieran menos test mucho mejor les iría, porque los test son la prueba de que hay muchos contagios. O sea, que si no hicieran ninguno, los infectados desaparecerían.

Es el momento de las batallas de los gorriones. Pocas se ganarán, creo, pero es bueno librarlas y cuantas más mejor, más aumentarán las probabilidades de victorias totales o parciales. Gran Bretaña ganó una batalla entre halcones durante la II Guerra Mundial e inmediatamente perdió todas sus guerras contra los gorriones indios y africanos. Lo mismo que Francia, España y el resto de Europa. En su día los halcones españoles también perdieron otro imperio en América. Menospreciar a los gorriones puede tener consecuencias catastróficas.

Bolsonaro, otro halcón atolondrado, está dejando morir a miles y miles de gorriones negando que exista una pandemia y aquí en España hay polluelos de halcón como Miguel Bosé que directamente niegan la existencia del coronavirus o alimentan una conspiranoia según la cual Bill Gates y George Soros están generando la pandemia para imponer una nueva tecnología y dominar el mundo. Casi dan ganas de que tengan razón, pero resulta que la madre de Bosé murió de la pandemia que niega el hijo, otro tonto de capirote.

La fuerza de los gorriones está hoy en los votos y en las protestas. Cuando se unen y en lugar de huir, deciden pasar a la ofensiva suele ser porque están hartos, desesperados o ambas cosas. Entonces pueden ser terribles.

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