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La justicia tonta

CREO QUE tenía yo menos de diez años cuando alguien, imagino que una profesora o un profesor, nos habló de la Justicia, así en mayúsculas, y nos enseñó la figura que la representa: esa dama con los ojos vendados que lleva una balanza en una mano y una espada en la otra. No entendí nada. Pensé que si aquella señora llevaba los ojos vendados difícilmente podría apreciar cuál de los dos lados de la balanza pesaba más, si a fin de cuentas llevaba todo el peso en la misma mano. Tampoco me pareció muy propio lo de la espada. Decidir a ciegas lo que es justo y luego resolverlo a cuchilladas no me parecía lo más equilibrado.

Sigo sin entender nada después de todos estos años. No es que dedique demasiado tiempo a pensar en ello, pero si alguna vez lo hago siempre llego a la conclusión de que la justicia debiera tener los ojos muy abiertos. Esta semana conocimos el caso de Juana Rivas, obligada a entregar a sus hijos a un maltratador confeso. Una manera como cualquiera de tantas de comprobar que, en efecto, la justicia es ciega y además es tonta de capirote. Un día, Juana llegó a casa a una hora que al maltratador le pareció tardía y reaccionó golpeándola con saña repetidas veces. Francesco Arcuri, que es como se llama el energúmeno, reconoció los hechos y cumplió la respectiva condena.

Posteriormente, Juana y Francesco retomaron la relación y los maltratos se repitieron. Un calva rio. Juana era oprimida a diario por Francesco, quien no la dejaba salir de casa o no la dejaba entrar, según el día, aunque lo habitual era que si en alguna ocasión le permitía salir, fuera sin sus hijos. Así fue la cosa hasta que una de las víctimas, Juana, decidió huir con las otras dos, sus hijos de tres y once años. Y llegó la justicia, que es ciega, y sacó la espada, emprendiéndola contra las tres víctimas por incumplir el Convenio de La Haya. Ignoro los términos de ese convenio, pero desde ya afirmo que es una porquería de convenio desde el momento en que obliga a una madre maltratada a entregar a sus hijos a un descerebrado maltratador.

La justicia, además de ciega y tonta, es injusta. Y su balanza es una balanza asquerosa, para la que tanto vale un kilo de maltratos recibidos como un kilo de maltratos aplicados; un kilo de violencia como otro de dignidad y valentía. Juana hizo lo que tiene que hacer cualquier madre: alejar a sus hijos del peligro; salvaguardar su integridad física y mental. La justicia, si no fuera ciega, cruel y estúpida, tendría más que claro el lugar en que tiene que estar ante un caso con éste, que desafortunadamente se dan a diario aunque no siempre salten a los medios. La justicia debe proteger al débil frente a los abusos del fuerte, y lo triste es que tamaña obviedad no sea el pan nuestro de cada día: que haya que decirlo.

Ni Juana ni sus hijos merecen el Convenio de La Haya. Imagino que Juana, como usted y yo, ignoraba la existencia de ese convenio hasta el día en que escapó con sus hijos para salvaguardar su seguridad y puede que hasta sus vidas. Tampoco merecen una justicia con los ojos vendados que saca una espada y la emprende a mandobles contra los maltratados en lugar de castigar al abusador.

Hace bien Juana en esconderse, en huir con sus hijos, en negarse a entregarlos a un potencial asesino. No conozco a Juana, pero me jugaría la libertad por acogerla, como está haciendo alguien hoy mismo. Las personas que están aplicando la justicia son aquellas que esconden a Juana y a sus hijos; las que saben dónde está y no lo dicen. Ellas entienden lo que es justo y lo que es injusto, porque no tienen los ojos vendados, saben ver el peso de cada lado de la balanza y no utilizan una espada para aplicar el Convenio de La Haya, diga lo que diga ese convenio.

No sabemos cómo acabará esto. De momento, lo que tenemos es a una madre y a dos niños asustados, escondiéndose de Francesco Arcuri y de un convenio que redactaron cuatro burócratas pasados de farlopa. Lo deseable sería que la Dama de la Justicia se sacara la venda de los ojos renegando de su ceguera, midiera los dos lados de la balanza, utilizara la espada para castigar al culpable y permitiese que esos niños superasen sus traumas, dejaran de vivir en la clandestinidad y pudieran llevar una vida normal, alejados de su padre maltratador. Y si eso no sucede, que espero que sí, confío en que Juana y sus dos niños permanezcan escondidos todo el tiempo que sea necesario, porque lo que busca el maltratador no es justicia: es venganza. Luego llegará, cogerá una radial, les reventará el cráneo y entonces nos daremos cuenta de que Juana tenía razón, de que la justicia es ciega y de que todos somos cómplices de una tragedia.

Juana que resista, y los que la ayudan a esconderse también. Ella y ellos son los justos. ESTOY

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