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La negra Peleteiro

Ana Peleteiro. EFE
Ana Peleteiro. EFE

LE contó una vez Ana Peleteiro a Roberto Vilar que cuando llegó a Madrid por primera vez, en 2013, le decían: "Negra, gallega y con acento. Ya lo tienes todo". Dice que al principio se acomplejó, pero que al ir madurando comprendió que "ser galega é bo"; que por mucho que viajara por el mundo se enorgullecía de su idioma y de sus raíces porque "españoles hai moitos, pero galegos non hai tantos". Siguió su alegato agradeciendo a sus padres que la invitaran de niña a hablar gallego en la calle, en la escuela, en el instituto. Con eso se ganó un clamoroso aplauso entre sus compatriotas pero ya alguna gente en la meseta empezó a mirarla con desconfianza.

No sé si antes o después, creo que después, colgó un breve texto en las redes sociales muy duro con Vox, lo que le valió la desafección de la ultraderecha, algo a lo que debe aspirar cualquier persona decente. A eso se sumaban otras declaraciones en las que había apoyado la lucha feminista o la eutanasia y en las que manifestaba haber sufrido racismo, no en Galiza, pero sí en algunas ciudades de España.

Así que cuando ganó el bronce en triple salto no tardaron en salir algunos a degüello, no tantos en principio, pues poco se le puede criticar a una medalla, pero estaban muchos más al acecho, miles, que saltaron en tromba al leer el titular de una entrevista que concedió a El Mundo tras ganar su bronce: "Que los dos medallistas fuéramos negros le joderá a mucha gente". Ese mismo día, su amigo Ray Zapata había ganado una plata. Así que el facherío se empeñó en darle la razón y se dedicó a convertirla en diana de todo tipo de insultos. Sus máximos representantes políticos, Santiago Abascal y Pablo Casado, se negaron a felicitarla en público mientras sus huestes la acosaban, cosa que sí hicieron todos los mandatarios gallegos de todos los partidos con Feijóo a la cabeza, otra prueba, una más, de que Galiza, toda ella, se va alejando de España en cuanto tiene ocasión.

Cuando Jesse Owens volvió de los Juegos Olímpicos de Berlín con cuatro medallas de oro, le montaron un desfile con confeti en la Quinta Avenida. La ciudad entera salió a las calles y a las ventanas para celebrar sus grandes triunfos. Su país lo utilizaba como propaganda contra los nazis; era un símbolo. Al acabar el desfile lo llevaron a una celebración menos numerosa en uno de los lujosos salones del Waldorf Astoria. Le hicieron entrar por la puerta de servicio y lo subieron a la planta en un montacargas porque un negro, por muy Jesse Owens que fuera, no podía acceder por la entrada principal ni ocupar un ascensor, reservados para blancos. Tampoco recibió, por cierto, la felicitación del presidente de los EE.UU., Franklin D. Roosevelt.

No encontró patrocinadores ni nadie que le echara una mano, así que empezó a trabajar en un espectáculo itinerante en el que competía contra caballos. Se conformó con aquello, cosa que no hizo años después Muhammad Ali, otro de los grandes deportistas de siempre, que se negó a ser reclutado para luchar en Vietnam con el sólido argumento de que no tenía nada contra los vietnamitas porque ninguno de ellos lo había insultado por ser negro, cosa que le sucedía a diario en su país. Imagínese usted la que le cayó encima. No se atrevieron a encarcelarlo pero le quitaron la licencia para boxear y el pasaporte. Tuvo que retirarse durante casi cuatro años pero cada día, mientras pudo, se dedicó al activismo antirracista y con el tiempo se ganó el respeto de casi todos. De todos y todas es imposible porque siempre hay cuatro tarados.

En esta España que nos está quedando hay quienes piensan que cuando una deportista sale a la pista a saltar representando a España, debe llevar en el corazón un estandarte de la Virgen del Pilar, la Tizona del Cid o una pierna de Blas de Lezo. Y si es negra, mejor que se calle, no vaya a ser que diga algo inconveniente. Y si defiende a su país y habla en su idioma, entonces sí ya la liamos.

No sé por qué a los deportistas se les pide que sean ejemplares. No están ahí por decir aquello que otros quieren escuchar, sino por sus marcas deportivas. Pero es que además algunos entienden que esa ejemplaridad debe limitarse a expresar su agradecimiento al pueblo español y ya si eso que se ponga a competir contra un caballo.

Ana Peleteiro es ejemplar por mil razones. Porque es una persona que tiene las cosas claras y las dice. Denuncia el racismo, la xenofobia y habla de derechos fundamentales con tanto desparpajo como firmeza; presume de su idioma y de su acento. Así que si alguien en una gasolinera de Guadalajara, le grita: "Vete a tu país, negra", como le sucedió en una ocasión, sabe de sobra que tiene un país decente donde siempre será recibida con los brazos abiertos.

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