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Negro o perro policía

Un pero policía. EDUARDO PARRA (Efe)
photo_camera Un pero policía. EDUARDO PARRA (Efe)

CUANDO ERA yo un niño mexicano me tocó compartir infancia con otros gallegos hijos de emigrantes. Nuestras familias, cuatro o cinco, se juntaban en fechas señaladas y luego íbamos al Centro Gallego cosa de una vez por semana. Los infantes teníamos una especie de club no oficial. Solo entre hijos de gallegos nos sentíamos camaradas. En el Centro Gallego la infancia era parte de algo común, aunque fuera unas horas de vez en cuando. De eso hace 40 años, poco más o menos.

Ayer, mi hermano Santiago a Secas reunió a una parte de aquel grupo infantil. Estaba la familia Cota, que como está usted imaginando somos mis hermanos y un seguro servidor, y dos de las hermanas Mera, Elena y Yía. Nuestros padres eran amiguísimos y niños y niñas formábamos una especie de clan de supervivientes gallegos en un mundo que yo recuerdo como hostil cuando tocaba hacer vida en el colegio o en cualquier otro lugar que no fuera la casa de alguna familia amiga o el Centro Gallego. Recordamos muchas cosas, entre ellas que yo de niño tenía dos sueños alternativos e incompatibles. Mi principal meta era ser perro policía, sí, lo confieso. El plan B era ser negro.

Imagino que era yo un niño medio bobo, como ahora. Cuando alguien, mi madre sobre todo, que a mi padre le daba lo mismo, trataba de explicarme la imposibilidad de ser perro policía o negro, yo me rebelaba en mi interior, convencido de que si uno se esfuerza mucho y cree en sí mismo, puede llegar a ser lo que desee. Mi padre era más de no dar demasiada importancia al asunto. Daba una calada a su pipa y decía: "Se o neno quere ser can ou negro, déixao estar. Xa entenderá que no vai ser unha cousa nin a outra". Debo reconocer que a estas alturas no renuncio. Mis vocaciones infantiles siguen intactas. Sigo pensando que puedo llegar a ser un buen perro policía o un gran negro.

Los sueños de un niño deberían cumplirse tarde o temprano

Creo que de aquel grupo de niños, los demás cumplieron sus sueños. Mis hermanos, como Elena y Yía, cubrieron sus expectativas. Tienen trabajos con los que se encuentran a gusto, siguen siendo tan buenas personas como cuando niñas y ríen a carcajada limpia como entonces, o sea que tienen todo lo que tiene que tener una persona para contagiar buen rollo. Lo mismo mis hermanos que estaban presentes ayer: Marcela Aurora, Mercedes Celsa y el mencionado Santiago a Secas.

El encuentro me hizo feliz, pues hace décadas que no nos juntábamos, pero salí de ahí con cierta decepción y procedo a explicarme. Todos y todas han recorrido una vida para cubrir sus objetivos existenciales y laborales y lo han conseguido, puede que no del todo pero sí en su mayor parte. Son plenamente felices y muy agradables, gente que a mí me parece excepcional porque compartir los primeros recuerdos es algo complicadísimo, más que nada porque la infancia desaparece y habitualmente los primeros amigos se van con ella.

Salí de ahí con cierta frustración, porque a pesar de todo el empeño que puse en ello nunca me acerqué ni de lejos a mis sueños infantiles. Yo no quería ser un perro policía por ser un niño raro sino todo lo contrario: quería ser perro policía porque era un niño raro. El caso es que me tomaba aquello muy en serio. Yo creía, vaya usted a saber por qué, que si lo deseaba con todas mis fuerzas llegaría a ser un gran perro policía, y de no ser así, sería un gran negro. No logré nada de nada. Fui negro durante una temporada, pero literario. Escribí muchos libros que firmaron otros u otras, pero lo que yo ansiaba de niño era ser un negro de color, no escribir para firmas ajenas. En México, como en Galiza, no había negros por aquella época, pero yo los veía en la tele y eran guapos y musculosos, cosa que a mí me parecía envidiable, como es natural. Me lo sigue pareciendo. Nunca he abandonado mi ambición de ser negro. Ni de ser perro policía.

Eso es lo que me hizo un poco infeliz, el ver que mis amigas de la infancia y mis hermanos han cubierto sus objetivos y yo no. La vida es dura, muy dura. No me quejo, que tampoco es para tanto, que voy sobreviviendo trabajando en algo que me gusta, pero no pasa un mes, lo juro, en que no sueñe con ser perro policía o negro, imagino que porque el niño friki que fui sigue viviendo en mi interior y se resiste a abandonarme el muy payaso. Así que moriré algún día más o menos contento, alegrándome que Elena, Yía, sus hermanos y los míos son felices y están satisfechos con sus trayectorias vitales y profesionales. Yo no. Sigo soñando con ser perro policía o negro y aunque no pierdo la esperanza, el tiempo pasa y mis objetivos están tan intactos como son inalcanzables. Los sueños de un niño deberían cumplirse tarde o temprano, que la vida pasa y pasa y uno no es ni perro policía ni negro.

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