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No me conoces

Dedicamos media vida a vivir y la otra media a contarlo

GOOGLE CREE que me conoce. Cree que conoce a todo el mundo, pero hablo por mí. Hace algo así como un año, estaba navegando por la red y de alguna manera acabé en la web de una casa de turismo rural y cubrí un formulario. No tenía la menor intención de visitar esa casa. No sé, de hecho, qué es exactamente una casa de turismo rural, como no sé por qué cubrí aquel formulario. Jamás he estado en una ni estaré, salvo que razones mayores me lleven. Creo que son algo así como casas de campo rodeadas de árboles a los que soy alérgico y en las que el huésped puede desayunar cosas naturales en compañía de los dueños de la casa, generalmente una pareja de señores mayores que saben hacer mermelada y cultivan sus propias hortalizas. También he escuchado relatos escalofriantes de jóvenes que celebran en esas casas despedidas de solteros o solteras de las que con suerte regresan vivos la mitad de los participantes.

Pero Google está empeñado en que mi sueño es hospedarme en una casa rural. Desde aquel día, cada vez que abro Internet me salen anuncios que me ofrecen escapadas a casas de turismo rural. Para Google yo soy un muchacho aventurero amante de la naturaleza, el senderismo, los productos de la huerta y el desayuno con señores a los que no conozco de nada.


COTATengo amigos que creen vivir en la época del gran Hermano. Del de Orwell, no del de Jorge Javier o Mercedes Milá. Tienen miedo porque dicen que todo lo que hacemos lo sabe Google. Aunque eso fuera cierto, que no lo es, no veo yo la ventaja. Saberlo todo sobre seis mil millones de personas es lo mismo que no saber nada sobre ninguna. Como mucho podrá agruparlas según sus hábitos de consumo, por ejemplo. Tampoco tiene nada de malo. Si yo fuera un coleccionista de joyas me gustaría recibir anuncios de joyerías. De hecho, me duele que Google me conozca tan poco y tan mal. Si me conociera de algo sabría que llevo más de diez años sin comprar nada que no sean los ingredientes básicos para fabricarme mis propios cigarrillos: tabaco, papel y filtros. Luego tengo un ordenador y algo de ropa que no suelo usar desde que descubrí que el chándal es lo más cómodo del mundo. Esas son mis posesiones materiales, todas ellas fruto del amor de mi familia, que es quien me compra las cosas: mi señora, mis hijos y mis hermanos. Creen que mi imagen no es adecuada y a veces me traen ropa. Les preocupa mi aspecto porque me quieren, no como Google, que se mete en mi vida sin tener ni idea de quién soy.

Nos preocupa nuestra intimidad, como si no pasáramos las horas contándola en redes sociales a las que puede acceder cualquier terrícola con conexión. Dedicamos media vida a vivir y la otra media a contarlo para que se entere todo el mundo, pero luego echamos las manos a la cabeza por si el dueño de Facebook vende la información que nosotros le damos gratis. Luego, cuando alguien quiere saber quién es alguien lo primero que hace es buscar su perfil, que a fin de cuentas para eso están, para que los vea cualquiera. Pero tememos ser espiados por una o varias empresas que a fin de cuentas nos espían tan mal que creen que alguien como yo se pasa la vida de casa rural en casa rural comiendo mermelada artesanal y paseando por el monte como una cabra loca.

¿Cómo es posible que sepa yo más sobre Google que Google sobre mí? Se entiende que hoy por hoy Google es la mayor fuente de información que existe en el mundo. Todo está en Google. Hasta hace medio siglo uno tenía que ser una polilla de biblioteca y dedicar toda una vida a encontrar un dato que hoy ofrece Google en décimas de segundo. O eso era lo que yo creía.

Si Google me conociera de verdad, cada vez que uno de mis hermanos se pone a navegar le ofrecería anuncios de ropa para gordos. Nunca obtendrá otra cosa de mí. Mi barriga es lo único que genera un problema para mis seres queridos. Mis extremidades son las propias de un adulto de mi edad y envergadura. Es la barriga lo que supone un contratiempo para quien me compra la ropa. Es descomunal, como la de Demis Roussos, aquel cantante griego de voz aflautada que vestía túnicas holgadas para disimular y cuya canción más famosa, compuesta por el gran Stylianos Vlavianos, tenía un estribillo que decía así: "Triki triki triki triki, triki mon amour, triki triki triki tri". ¿Cómo sabemos que Stylianos Vlavianos compuso esa canción? Pues porque nos lo dice Google, que pretende conocerlo todo y abarcar más de lo que se puede. Saber a la vez quién fue Stylianos y conocer los hábitos de toda la población mundial es demasiado, incluso para Google.

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