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Ojalá no se lo ofrezcan

Pepu Hernández, con Pedro Sánchez esta misma semana en Madrid. FERNANDO ALVARADO (EFE)
Pepu Hernández, con Pedro Sánchez esta misma semana en Madrid. FERNANDO ALVARADO (EFE)

V ivimos felizmente la era de los intrusos, en la que cualquiera vale para lo que sea. El talento, la valía, la experiencia, la sabiduría y todas aquellas cualidades que antaño se valoraban no tienen hoy ninguna trascendencia. Pepu Hernández, campeón del mundo de baloncesto, ha sido designado como candidato a la alcaldía de Madrid. No vamos a negar que parece un hombre valioso y que tiene demostradas cualidades: sabe hacer equipo, perseguir objetivos, liderar, motivar a un grupo y alcanzar el éxito, todo ello en el ámbito del baloncesto, una disciplina muy competitiva en la que lograr un triunfo requiere paciencia, talento, capacidad de liderazgo y muchas otras cualidades que no están al alcance de cualquiera. Yo mismo sería incapaz de ganar un Campeonato del Mundo de baloncesto. Son cosas para las que hay que valer.

Pero todo ello no convierte a nadie en un buen alcalde. Hoy está de moda meter en política a gente que ha triunfado en ámbitos ajenos a la política o lo que es peor, ha sido víctima de asesinos, secuestradores o chantajistas: que ha sido usted un actor más o menos apreciable, lo metemos en política; que ha sido secuestrado por ETA, lo metemos en política; que a su hija la ha violado o asesinado un hijoputa machista, lo metemos en política. Pepu Hernández, de quien nadie va a discutir que ha sido el mejor seleccionador del mundo en el asunto baloncestístico, opta a la alcaldía de Madrid porque algún yeyé piensa que quien ha alcanzado ese logro es la persona indicada para gobernar una de las capitales más importantes y difíciles de Europa. Es verdad que todos tenemos el derecho a participar en política, de la misma manera en la que cualquier concejal o diputado tiene todo el derecho a tocar la armónica o ponerse a bailar. Pero eso no significa que sea la persona adecuada para emprender tal tarea.

Ortega Lara, por ejemplo. Sufrió un larguísimo secuestro. Fue víctima de una despiadada banda terrorista y el suplicio que sufrió lo convierte en una referencia de dignidad, resistencia y lucha por la supervivencia. Pero no en una referencia política. Lo peor de esto es que lo mismo nos vale Ortega Lara que Felisuco, Toni Cantó, Pepu Hernández o Juan José Cortés. Si ya es triste que un cómico intervenga en política por el hecho de ser más o menos famoso, más lo es que otro lo haga sin más credenciales que ser el padre una niña asesinada o haber permanecido en un zulo durante más de un año. Ser secuestrado no tiene mérito alguno. Ortega Lara, la más famosa víctima de ETA, no ha hecho nada más reseñable en su vida que haber sobrevivido en un zulo. Eso, perdóneme usted, no lo convierte en referencia de ninguna otra cosa que no sea un asombroso instinto de supervivencia o una capacidad más que meritoria para resistir y sobrevivir. Pero en ningún caso lo convierte en un político, ni bueno ni malo. Él no eligió ser secuestrado. Ser víctima de un secuestro no convierte a nadie en un líder.

La política viene convirtiéndose en un circo. Juan José Cortés se ha transformado para mucha gente en una referencia. No sirve para la política, no tiene ninguna cualidad para ser un líder, pero aprovecha que su hija ha sido asesinada para hacerse pasar por alguien que tiene mucho que decir sobre cualquier asunto. Se ha convertido en una estrella del rock, alguien a quien debemos seguir por el simple hecho de que un anormal asesinó a su hija.

Pepu Hernández, enorme seleccionador, puede convertirse en alcalde de Madrid. No ha gestionado dinero público en su vida, no tiene la menor experiencia en política. Jamás ha gestionado recursos públicos, pero el haber ganado algunas medallas lo convierte en un magnífico candidato. Es como si Rajoy se monta un estudio de arquitectura o una banda de punkrock y lo contratamos por haber sido presidente del Gobierno.

Si Pepu quiere meterse en política que lo haga, que está en su derecho igual que usted o yo. Pero lo deseable sería que empezara como concejal de su pueblo. Ser un buen seleccionador no convierte a nadie en un buen alcalde. Lo que se está logrando es devaluar la actividad política haciéndonos creer que una medalla, un secuestro o un éxito deportivo convierte a alguien en un gran gestor de los asuntos públicos; que si usted ha ganado un campeonato, ha sido encerrado en un zulo o su hija ha sido asesinada por un cerdo machista, se convierte automáticamente en un líder con capacidad para representar al pueblo y gobernarlo.

Es una desgracia que los partidos se empeñen en aupar al liderazgo a gente que no tiene nada que ver con la política, pero más triste es que ellos acepten. Mejor es que un líder lo sea por vocación que por haber sido un buen entrenador, por haber sufrido un secuestro o por ser padre de una niña asesinada. Si la política es eso, espero que jamás a usted o a mí nos ofrezcan entrar en política.

Ojalá no se lo ofrezcan
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