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El pequeño acaparador

El acaparador no compartiría una cucharada de aceite con un niño
Estanterías reservadas a la leche y al aceite vacías de genéro, ayer.
Estanterías reservadas a la leche y al aceite vacías de genéro. DP

Ha vuelto el pequeño acaparador. Es esa persona que compra cinco litros de aceite de girasol al día porque no le dejan llevar catorce cajas. Cuando empezó la pandemia al pequeño acaparador le dio por el papel higiénico, nunca supimos el porqué. Estos días, entre la huelga de los camioneros y la guerra de Ucrania, el pequeño acaparador no para de almacenar de todo: leche, quesos, fruta. Lo que sea. O cereales. El otro día me contó un amigo que iba a coger una caja de copos de maíz de esos para desayunar. Cuando llegó a la estantería apareció un tío corriendo y cogió todas las cajas que quedaban, media docena o más y las metió en un carro lleno hasta arriba de todo lo que el fulano creía necesitar para sobrevivir encerrado toda una vida.

Si se cumplen las previsiones del pequeño acaparador, no tendrá con quién tomarse una caña. Todos estarán muertos menos él, que será el gran vencedor de la humanidad, el último superviviente, el Charlton Heston del fin del mundo. Cree que podrá morir, pero eso sí, después de comerse el último yogur del planeta. Y hasta en eso se equivoca. Si el pequeño acaparador cree que en su nevera caben más yogures que en la de Amancio Ortega, que se olvide. Es más, no me extrañaría que Amancio Ortega tenga más de una nevera: al menos dos, una en casa para las cosas de diario y otra que va a pilas para llevar consigo a todas partes. Es lo lógico, o sea que no, el pequeño acaparador en ningún caso ganará.

La gente normal va a un supermercado y compra lo que necesita para un día, dos o una semana. Y si algo se agotó, pues se agotó para todo el pueblo, qué le vamos a hacer. Ya llegará. El pequeño acaparador es el que entra como un desequilibrado corriendo con el carrito y va buscando todo aquello de lo que queda poco para llevárselo. Luego, cuando llega a casa se rodea de todo lo que tiene, lo cuenta y lo recuenta y se cree mejor, más rico, más guapo y más alto que los demás, porque tiene más botellas de girasol que nadie en el barrio, incluyendo al churrero. Luego se desnuda y se pone a bailar como el tarado de ‘El silencio de los corderos’, porque está igual de chalado.

El pequeño acaparador puede llegar a comprar cosas que no ha consumido en su vida. ¿Que queda poca fruta? Pues se lleva los últimos dieciocho kilos de guayabas, qué va a hacer. No va a dejarlos ahí para que los compre otro si pueden ser suyos. ¿Que luego las guayabas se pudren porque mordisquea una y descubre que no le gustan? Bien, se tiran, pero las guayabas estuvieron ahí por si acaso y no en la despensa del vecino, al que le encantan.

Y esto apenas está empezando, que fue una huelga de camioneros comandados por uno de Vox. Cuando empiece a notarse el desabastecimiento de verdad ocasionado por la guerra, el de muchos tipos de productos, materias prima y alimentos, los pequeños acaparadores se pondrán como motos, que eso es como lo de la ludopatía. De las compras masivas de aceite de girasol no es fácil salir. Una vez que uno se engancha, necesita esa sobredosis de adrenalina, ese ir al supermercado a comprar litros y litros, y si no los hay quedarse al pie de la estantería por si llega un camión y reponen.

El pequeño acaparador es egoísta como si fuera un gran acaparador. No compartiría una cuharada de aceite ni con un niño hambriento. Es como un personaje de Dickens. De toda la vida de Dios, cuando alguien almacenaba cien litros de aceite de girasol, bien tenía una tienda de aceite de girasol, bien era churrero. Ahora no, ahora están en las casas de esa gente loca que no consumirá todo ese aceite ni aunque se pase el resto de su vida friendo las toneladas de patatas que también acaparó. Además de solo, morirá gordo y con las arterias echas un asco.

Si las imágenes apocalípticas que vislumbra el pequeño acaparador se cumplen, que ojalá que no, puede que una turba hambrienta asalte un día su casa para obligarle a repartir lo que guarda entre delirios de grandeza. En ese caso no sólo perderá frente a Amacio Ortega, sino que tendrá que vivir como los demás: con lo que haya. A ver, compartir es bonito; es reconfortante. Si el pequeño acaparador llega a las estanterías y compra solamente una botella de aceite será mejor persona y lo notará. Hasta puede celebrarlo bailando desnudo, allá él, es su vida. Y al acaparador que no consiga apartarse del vicio, caigan sobre él las maldiciones, y sobre sus hijos, y sobre los hijos de sus hijos hasta la séptima generación, si es que no mueren todos ellos de hambre.

El pequeño acaparador
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