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Querido Pablo Casado

Retrato de Hernán Cortés. WIKIMEDIA COMMONS
Retrato de Hernán Cortés. WIKIMEDIA COMMONS

IMAGINO QUE tus conocimientos sobre la figura de Hernán Cortés y la conquista de México los habrás adquirido en un chino, como tus másteres. Por eso es conveniente explicarte cuatro cosas que no te interesan. Entiendo que no quieras disculparte ante México por algo que sucedió hace casi medio milenio, y que no pidas al rey que lo haga, pero de ahí a que prometas celebrar la llegada de Cortés a esa nación hay una distancia que salvas con enorme ligereza, como todo lo que haces.

Pablo, lo primero que hizo Cortés al llegar a Tenochtitlán fue secuestrar al emperador Moctezuma. Para que lo entiendas, que a ti hay que explicarte las cosas con sencillez, es como si ahora llega un general mexicano o canadiense, toma a don Felipe VI como rehén y se instala en la Zarzuela. ¿Te parecería bonito?

Hernán Cortés llegó a México como un rebelde, un sedicioso, un golpista. Sí, Pablo. Cortés era un traidor a la Corona de Castilla, por si no lo sabías, que creo que no. En nombre de Carlos I gobernaba las tierras descubiertas y conquistadas un señor que se llamaba Diego de Velázquez, a quien ya estarás confundiendo con el pintor, si es que sabes que luego hubo un pintor que se llamó igual, que lo dudo. Pues Velázquez, que gobernaba en nombre del rey de Castilla, te lo repito, le prohibió expresamente emprender la expedición, pero a Cortés le dio lo mismo. De hecho, en representación del reino, Velázquez (el pintor no, el otro) envió a un señor que se apellidaba Narváez a detener a Cortés. Al enterarse, Cortés, en un acto ya no de insubordinación sino de guerra abierta contra su rey, salió a su encuentro y asesinó a buena parte de sus tropas mientras dormían. Al resto los obligó a unirse a él.

Hernán Cortés llegó a México como un rebelde, un golpista

Podría contarte, querido Pablo mío, que de camino a Tenochtitlán tu amigo Hernán se detuvo en Cholula, donde masacró a cerca de seis mil personas. En una de sus Cartas de relación se jacta de que el río próximo se tiñó de sangre y que sus soldados, sedientos tras el trabajo, tuvieron que esperar más de una hora para beber, los pobrecillos. A ti te da igual, claro. A fin de cuentas aquellos indígenas ofrecían sacrificios humanos a sus dioses, no como Cortés, que los mataba en nombre del único Dios verdadero, que es el tuyo, y así está bien matar. En Cholula y en otros muchos lugares, tu amigo utilizó el más vil de los castigos, el aperreamiento, que consistía en coger a un enemigo o a varios y hacer que se los comieran vivos unos mastines que llevaba expresamente para eso, para aperrear. No vas a leer a Bartolomé de las Casas ni a Bernardino de Sahagún, que son muy espesos para ti, pero pregunta en Harvard que allí lo saben.

En sus Cartas de relación, que tampoco leerás, Cortés habla mucho de oro. Tengo delante una edición digital de unas 400 páginas y en 83 de ellas habla repetidamente del oro que roba, del que promete a sus huestes, del que le promete al rey. En la famosa Noche triste, que ésa igual no la celebras, casi todos sus hombres comprendieron demasiado tarde que el oro no flota. Trataron de escapar del asedio de los aztecas llevando el tesoro robado adosado a sus cuerpos y se ahogaron en la laguna. Dios los bendiga. Son mártires.

Tampoco leerás a Bernal Díaz del Castillo, pero yo te cuento. Moctezuma murió durante su secuestro y fue sucedido por su hermano Cuitláhuac, que reinó menos de tres meses porque murió de viruela. El último emperador azteca fue Cuauhtémoc, coronado a los 24 años. Poca nobleza quedaba ya, pues Pedro de Alvarado, lugarteniente de Cortés, los había asesinado a casi todos mientras celebraban una fiesta, desarmados. Bien, al ser apresado Cuauhtémoc, un hombre mucho más digno que Cortés, le pidió que lo matara, pero éste tenía mejores planes.

Torturó al emperador. Le untó los pies y las manos con aceite y prendió fuego. ¿Para qué? ¡No te lo imaginas, Pablo! ¡Para que le dijera dónde escondía el oro que quedaba! Te vuelvo a poner un ejemplo que lo mismo hasta entiendes y todo. Imagínate que alguien secuestra a Felipe VI y le quema los pies y las manos. ¿Crees que eso merecería una celebración, aunque fuera dentro de 500 años? Luego ahorcó al pobre Cuauhtémoc. Insisto: una cosa es no pedir perdón y otra muy diferente celebrar, por ejemplo, las esclavas sexuales indígenas que Cortés distribuía entre sus hombres.

Elogiar todas estas cosas, además de una ignorancia supina demuestra una irresponsabilidad muy grave, más que nada porque en México viven miles de gallegos, catalanes, vascos y españoles que ahora mismo no deben estar muy contentos cuando les prometes provocar al pueblo mexicano contra ellos. Que López Obrador sea un descerebrado no es motivo para poner en riesgo la seguridad y la tranquilidad de toda esa gente. Que sepas que el pueblo mexicano es tranquilo y pacífico, pero también orgulloso, que no lleva bien las ofensas; que para ellos Cuauhtémoc justamente es un héroe y Cortés un genocida. No juegues con eso, friki. Si buscas héroes, en las cunetas españolas los tienes a miles.

Querido Pablo Casado
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