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Los chalecos amarillos volvieron a protestar este sábado en París. CHRISTOPHE PETIT TESSON
Los chalecos amarillos volvieron a protestar este sábado en París. CHRISTOPHE PETIT TESSON

En tiempos de mis bisabuelos, en el pueblo de mi padre sólo sabían leer y escribir el cura y el que hacía las lápidas. El farmacéutico no porque no había y médico tampoco. Ellos, el cura y el de las lápidas, por su parte, no sabían ordeñar a una vaca ni despiezar un cerdo, lo que era mucho peor. Hoy nadie sabe escribir otra vez, ni en mi pueblo ni en ningún otro lado, pero en las redes sociales eso da lo mismo. Mandas un emoji de esos de una carita de mala leche y como lo vean siete ya está liada, lo cual me parece bien.

Hoy las redes sociales tienen mucho que ver con los llamados movimientos transversales, que son tan transversales que a veces se alimentan unos de otros. El feminismo, por ejemplo, está haciendo mucho por los colectivos LGTBI. Tiene su razón de ser, porque el feminismo persigue la igualdad de todos y todas y eso es bueno para cualquiera, lo quiera ver o no.

Las sociedades están sobrepasando a los partidos. Mire en Francia con los chalecos amarillos. No tienen una ideología común, no tienen líderes aunque hay algunos que empiezan a hacerse famosos por allí; no ofrecen interlocución. No hay nadie que los represente para sentarse a negociar nada. Los nuevos movimientos surgen así, y otros no tan nuevos como el feminismo han encontrado una nueva manera de avanzar. Nacen entre el pueblo, empiezan a moverse por las pantallitas, surgen grupos de apoyo y cuando nos damos cuenta estamos rodeados de revolución.

Tengo una tortuga disecada y no sé qué hacer con ella. La heredé de mi padre, que no sé por qué la tenía, pues no era precisamente un aficionado a la taxidermia. Ninguno de mis hermanos mostró mayor interés y por eso me la dieron. Me da pena la tortuga, pero más pena me da tirarla a un contenedor. Prefiero convivir con una tortuga muerta que con la conciencia hecha un asco. Mi señora quiere que la tire, pero yo no. Y por favor, deje usted de interrumpirme, que cada día me parece más raro lo de escuchar voces en el coco. Eso va a ser un tumor, espero, porque como sea Satán el que me habla estoy perdido.

Los cambios sociales que estamos viviendo desbordan a las organizaciones políticas porque no pueden dirigirlos ni saben cómo tratarlos. Antes un par de sindicatos convocaban una huelga general y al cabo de dos días se sentaban a negociar con el presidente y con la patronal. Los conflictos los dirigían entre tres o cuatro líderes a su conveniencia. Durante la huelga del 8M las mujeres no pidieron nada, fíjese usted. Exigieron lo que les corresponde porque es suyo. Ahora los movimientos son maximalistas. No se manifiestan para sacar algo, mucho o poco. Lo hacen para exigirlo todo. No mandan a nadie a negociar porque no cederán en nada. Hay algunas más visibles que otras, pero nadie las lidera. No luchan contra un gobierno, sino contra el patriarcado, otra cosa tan transversal que está en todas partes.

Me decía un amigo el otro día que lo que pasa en Francia es producto de la desaparición de la clase media. Pues resulta que es verdad, que lo comprobé. Todo empezó porque les subieron la gasolina. En entrevistas y reportajes, lo que dice cualquiera elegido al azar es que sólo quiere vivir mejor, como antes, es decir, tener un trabajo digno y un salario decente. No entienden de cifras ni de porcentajes ni falta que les hace. Todos sabemos que antes se vivía mejor. Reclaman lo que merecen porque se lo han ganado y ni siquiera aceptan ser dirigidos por sindicatos. Otros no reclaman lo que merecen, pero afortunadamente son pocos y no deben andar muy bien conectados porque cuando se juntan en el Valle de los Caídos son cuatro gatos y Alfonso de Borbón.

Es momento de ir comprendiendo que la sociedad está sufriendo cambios determinantes, puede que evolucionando, o eso esperamos. Cada día tienen más fuerza ideas como el respeto a los animales o el ecologismo. Fueron los animalistas los que consiguieron acabar con esa tradición inmunda del pobre toro aquél de Tordesillas, una pequeña victoria que no consideran más que un paso para lograr la abolición de cualquier festejo taurino. Ahora veo que no era el mejor día para contar lo de mi tortuga momificada. El animalismo y el ecologismo cobran cada día más fuerza porque hoy ya no hace falta asociarse a Greenpeace. Basta con hacerse una cuenta en Facebook, en Twitter o en Instagram y uno ya tiene una causa por la que luchar. Las organizaciones, sean políticas, sindicales o de cualquier otro tipo pierden fuerza frente a un pueblo que cree que ya no las necesita porque sabe organizarse y ahora tiene herramientas para hacerlo. Ya no precisamos a un líder que nos movilice.

O la política aprende a reaccionar ante estos fenómenos que la pillan totalmente desprevenida, aburrida y ocupada en otras cosas, como las purgas internas, o cualquier día acabamos como en Islandia, o sea, bien.

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