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Tontería globalizada

Todo empezó cuando se puso de moda ser competitivos
RESTRICCIONES DE ACEITE DE GIRASOL EN SUPERMERCADO
Estanterías del aceite de girasol casi vacías en un súpermercado de Pontevedra esta semana. RAFA FARIÑA

El primer gran signo de la tontería globalizadora no llegó cuando comprendimos que Europa, esa unión de grandes potencias, no sabía fabricar algo tan simple como una mascarilla y había que comprarlas en China. Menos mal que entonces a China no le dio por invadir Taiwán. Imagínese. O imagínese que lo hace mañana.

Luis XIV de Francia tenía a un ministro de Finanzas que decidió que no podía importarse nada que pudiera producirse en Francia. Era un antiglobalista tan furibundo como eficaz. Con el, esa nación vivió momentos de esplendor económico. A los herederos de Luis XIV los guillotinaron por tontos, por no mantener políticas que no enriquecían al pueblo.

No hace tanto, del taller del carpintero del pueblo salían los muebles que los vecinos usaban durante generaciones. Estaban bien construidos, hechos con buena madera, perfectamente ensamblados. Hoy un carpintero se dedica a montar puertas y suelos de tarima flotante porque una gran multinacional nos vende por dos duros unas porquerías de muebles que duran tres años pero qué mas da, si no valen nada y se sustituyen por otros que tampoco cuestan ni duran nada.

Tengo un buen amigo que me regala camisetas. Se fabrican en China o en Pakistán, las venden en una web holandesa o inglesa y las entrega una empresa estadounidense, pero total le cuestan cinco euros, o sea que son un chollo. Le pedí que parara, que no quiero vestir camisetas tan globalizadas que enriquecen a dos personas y esclavizan a dos millones.

No veo la razón por la que una buena prenda de ropa no pase de unos hermanos a otros y dure al menos una década si se cuenta con el arte de una buena costurera. Los jerséis se ganchillaban en casa y cuando habían cumplido su función se deshacían para reutilizar la lana para hacer otra prenda.

La economía era principalmente local o comarcal y también de país. Hablo de Galiza hace un cuarto de siglo, y supongo que de todo el mundo occidental. Cuando aquí no se producía algo, entonces uno iba a la tienda de electrodomésticos del pueblo y compraba a su vecino un televisor alemán. Todos ganábamos.

Ahora hasta un grano de maíz nos viene de Ucrania o de Argentina. Hablamos otra vez de Galiza, donde el maíz estaba en el ambiente. Ahora para hacer un pan de millo usamos maíz que se planta a miles de kilómetros y como lo invadieron acabaremos pagándolo a precio de oro.

Todo empezó cuando se puso de moda ser competitivos. Los muebles del carpintero del pueblo dejaron de ser competitivos porque en A Estrada había fábricas que hacían muebles en serie más competitivos, y los carpinteros de Cotobade o de Barro cerraron sus talleres.

Luego los fabricantes de A Estrada dejaron de ser competitivos y también cerraron. Así hasta llegar a Ikea. Acabamos compitiendo contra un tío que tiene una multinacional sueca y perdimos, claro. Lo que no se entiende es que nos dediquemos con tanta alegría a alimentar a los monstruos globalizadores en lugar de coger un ovillo y hacer un jerséi.

La globalización depende del transporte. Grandes empresas navieras que llevan de un lado a otro del mundo millones de contenedores porque viva uno donde viva, todo viene de muy lejos, de tan lejos que estamos acaparando aceite de girasol, como si no tuviéramos por aquí cerca campos donde el girasol pueda cultivarse. No es competitivo.

Me gustaría saber dónde están ahora los gurús de la globalización, que no encuentran girasoles competitivos y globalizados fuera de Ucrania. Que lo del gas ruso se puede entender, pero lo del maíz o el girasol a mí que me lo expliquen, como lo de la camiseta o la mesa del comedor. 

La globalización era esto: un sistema universal tan chungo que si viene una pandemia o una invasión en las antípodas todo se desploma. Yo pondría a los globalizadores a coser, a tejer, a serruchar, a plantar y a picar piedra, ya que son tan listos y tanto saben. ¿Es usted neoliberal? Pues coja este sacho y me planta esta finca de maíz, y no se me retrase que las agujas no calcetan solas y antes de que acabe el día tiene que estar lista la docena de sillas que nos encargó doña Eustaquia. Y ya está, por cantamañanas. Se va usted a globalizar a su padre.

Y en Galiza hay que contratar a un Colbert. Me vale cualquier señora que sepa lo que es sembrar patatas y criar gallinas, cualquiera que tenga claro que no se debe comprar nada que uno pueda producir en su huerta y que si le sobran unas fanegas de millo las venderá a un vecino para bajar al mercado a comprar pescado.

A ver, globalizadores, muéstrense; explíquennos lo que han hecho, payasos.

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