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El probable asesino del bufón indiscreto

HOY VAMOS a resolver usted y yo el asesinato de un bufón, así, a lo loco. Como un día lo mismo escribo una novela policíaca para esclarecer el caso, ya le cuento aquí el fi nal para que no me la compre. Es más, por si no quiere usted ni pasar de esta frase, le adelanto que el asesino será Diego de Soutomaior, hijo de Pedro Madruga. Al lío: a principios de febrero de 1532, Francés de Zúñiga, Francesillo, bufón de Carlos V, fue atacado en Béjar por un grupo de asesinos. Lo cosieron a puñaladas y le atravesaron un costado con una espada. Lo llevaron moribundo a casa. Su esposa, asustada preguntó qué ocurría: "No es nada, señora, sino que han muerto a vuestro marido", dijo el bufón. Luego dictó testamento, recibió la visita de otro bufón y murió para siempre. Lo juro.

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Francesillo era autor de una crónica burlesca sobre el reinado de Carlos V, la mejor obra humorística del S. XVI. Se la escribió al rey para que sólo la leyera él, y se la entregó en un momento en el que el monarca convalecía de una de esas fi ebres medievales y renacentistas. Pero al rey le hizo tanta gracia que se la prestó a alguien que la transcribió y al cabo de unos meses la obra estaba en manos de toda la Corte. Circulaban las copias de mano en mano y ese éxito del bufón fue la causa de su asesinato. Resulta que en su crónica, a la que ni título le puso porque no estaba escrita más que para disfrute de su destinatario, se burlaba de cuanto bicho viviente era alguien entre la Corte, entre el clero y la diplomacia. Contaba qué caballero tenía un hijo procreado por otro; les ponía a todos y a todas motes humillantes; los comparaba con animales; los ridiculizaba de la manera más vejatoria y divertida que encontraba. Claro, todos y todas leían aquello y reían a carcajadas hasta que se daban de frente contra la parte de la obra que se refería a ellos. Eso creó muchas incomodidades y acabó con Francesillo escapando de la Corte y volviéndose a Béjar, con el duque al que había servido de bufón antes de ascender al bufonato, palabra de cuya existencia dudo, de Carlos V.

Así que todos los aludidos en su crónica son sospechosos, aunque unos más que otros. Aparte de esta obra, escribió una serie de cartas a papas, reyes, nobles y a quien fuera. Muy divertidas también. La de Leonor, reina de Francia, empieza así: "Desasosiego de mi vida: lo que yo os puedo escribir es que en hora mala os conocí, para vos y para mí". Una que le hizo al Papa: "A nuestro muy Santo Padre Clemente VII, y si no hiciéredes lo que os digo, presto seréis V". La última de las cartas se la escribió a Carlos V, y entre broma y broma, le pide amparo. Dice que se siente amenazado, que ha perdido a todos sus amigos y ha ganado en cambio un montón de enemigos. Y termina la carta diciendo que se intuye ya muerto, "como besugo de Laredo, el ojo abierto, esperando buena venta".

Bien, entre los principales sospechosos estarán, un suponer, los más oprobiados y es ahí donde entra nuestro paisano Diego de Soutomaior, entonces comendador en la Órden de Alcántara. Francesillo se ceba con él y con su familia. Hace constantes alusiones a Pedro de Soutomaior el Parricida, sobrino de Diego, que había asesinado a su madre. Lanza indirectas sobre la afición de algunos gallegos a las ballestas, arma utilizada en el crimen. En cuanto tiene ocasión, o sin tenerla, alude al asesinato de Inés Enríquez de Monroy, que así se llamaba la víctima, aunque ni la menciona ni falta que le hacía porque todos en el círculo regio sabían quién había matado a quién, que parece una frase de Gila. Era un ultraje a la familia, que a causa de ese suceso había pasado de ser la más poderosa de Galiza a luchar por su supervivencia. El matricida, que no sé por qué le llaman parricida, había sido condenado a muerte en ausencia, sus bienes se habían confi scado y vivía plácidamente en Portugal. Diego, el comendador, trataba de salvar lo posible poniendo propiedades a nombre de las hermanas del asesino y no perdía ocasión de rondar al rey haciéndole la pelota para restablecer el prestigio familiar, cosa que ya nunca ocurrió, y de pedirle favores que nunca recibió. 

Para Diego de Soutomaior, en esa época ya el único hijo varón vivo de Pedro Madruga, eso fue un mazazo tope monumental, y que Francesillo tomara ese crimen horrendo como un gag recurrente en su crónica fue humillante. Nadie fue tan maltratado en la crónica de Francesillo como Diego de Soutomaior. Otros tenían que leer con desagrado sus historias de cuernos, sus comparaciones con animales, sus burlas a ellos, a sus parejas, sus padres, madres o hijos. Eran cosas tolerables, señalamientos de faltas, relatos sobre hechos más o menos vergonzantes, pero cuando Francesillo hablaba de Diego de Soutomaior o de su sobrino no era para decir que alguno de ellos parecía un caballo hambriento o que era adicto a los prostíbulos. Todos tenían sus pecados y como no había ni uno sólo que no fuera aludido, no hay motivos para señalarlos como autores de la muerte del bufón, porque entre sus familias no había nadie que hubiese asesinado a su madre a ballestazos.

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