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El suicidio en masa de los guerreros galaicos, o no

EL SUICIDIO colectivo más famoso que se celebró en tierras galaicas, quizá porque sea el único conocido hasta la fecha, fue el de la Batalla del Medulio, ya sabe, cuando las tropas romanas se enfrentaron a la última resistencia el ese monte cuya localización es discutida pero que en todo caso, eso sí es poco discutible pero también se discute, se desarrolló en las proximidades del Miño y cerca de la costa. Nuestros ancestros, cuentan las crónicas, ante la inevitable derrota, optaron por el suicidio, unos envenenándose con tejo, otros arrojándose al fuego, los demás clavándose sus espadas.

Rodrigo Cota

Yo haría una observación. Los relatos del suicidio colectivo se dan a lo largo y ancho del extenso territorio del Imperio Romano. No descartemos que tuviera un fin propagandístico: hasta las tribus más bravas, las más resistentes, ante los ejércitos romanos preferían el suicidio a la lucha o a la rendición, tal era el poder que mostraban y el temor que infundían los ocupantes. Son numerosos los casos referidos. Pues el de Numancia, ahí al lado, por ejemplo.

En el caso del Medulio hay asuntos que dan que pensar. Se cuenta, lo hace Lucio Anneo Floro, que vivió muy poco después de la batalla, que los invasores rodearon el monte con un gran foso de 15 millas de largo, que según los cálculos son unos 23 kilómetros. El caso es que con casi cada palmo de monte gallego que han explorado los arqueólogos trabajando en castros, en petróglifos, en miles y miles de yacimientos prerromanos, en ninguno ha aparecido el menor resto de un foso que pueda identifi carse con aquel, de tal longitud y rodeando enteramente un monte. Esas cosas aparecen aunque uno no las busque. Pero no es nuestro trabajo cuestionar la existencia de la batalla, ni la veracidad de los detalles ni su localización, aunque por poder podemos hacerlo. Vamos a admitir que la batalla tuvo lugar tal y como se refiere y que el final es como nos lo cuentan, con nuestros valerosos ancestros suicidándose en masa, todos y cada uno, sin excepción. Los romanos debieron flipar, figúrese.

Ese final fue severamente juzgado por algunos historiadores, como nuestro querido Benito Vicetto. Benito dice que lo del suicidio estuvo fatal. O se muere uno en la batalla o se rinde. Pone como ejemplo a los animales, al afirmar que todos, hasta los más fieros, se defi enden de los humanos todo cuanto pueden y llegado el momento decisivo, o encuentran la muerte en una lucha final, o se someten al imparable poderío humano. No sé si se dio cuenta de que estaba comparando a nuestros ancestros con animales salvajes, pero lo hizo. Si un animal, dice, nunca se suicida, tampoco puede hacerlo un hombre, y mucho menos un pueblo. O se busca una muerte heroica o se acepta un futuro en una jaula. Ojo, entre estas dos opciones no tiene una preferida. Tan digna y natural le parece una cosa como la otra. El suicidio, sin embargo, le parece asunto de cobardes. Entre las tres opciones, la más cobarde es la del sometimiento, lo sé porque es la que yo tomaría.

Ahora podemos sopesar la posibilidad de que tal cosa no haya sucedido, al menos no en esos términos. No sé, pero igual unos cuantos miles de cadáveres en la cima de un monte rodeado de un profundo foso de 23 kilómetros de perímetro dejan un rastro incluso al cabo de dos milenios. Lo difícil es no encontrarlo. Que igual un día lo encuentran, esas cosas ocurren muy de cuando en cuando, pero si a estas alturas no ha aparecido nada de todo ello, igual es porque nunca lo hubo. Y lo del suicidio colectivo, puede ser una cosa muy romana. No parece muy normal que los pueblos precisamente más feroces y resistentes, optaran todos por la misma solución, la del suicidio colectivo, a ver, que tampoco eran sectas apocalípticas. Eran pueblos guerreros que se habían forjado luchando entre ellos y contra cualquier invasor a lo largo de los siglos anteriores. La guerra era parte importante de su cultura.

Lo único cierto de todo es lo de los tejos. Todavía se conservan en Galiza algunos bosques de tejos, un árbol efectivamente mortífero. Quedan pocos porque tardan siglos en crecer y su madera es tan apreciada que en otros tiempos y hasta no hace mucho, se talaron casi todos, pero aún los hay. El tejo más antiguo, se calcula, puede tener 500 años, pero pueden vivir hasta 3.000. Bien, puede ser una adaptación de la historia al terreno gallego, pero eso no dota a la batalla de veracidad, si acaso ayuda a adornarla.

Son estas cosas en las que es legítimo opinar incluso desde la ignorancia, pues por haber no hay evidencias para demostrar la historia ni para desmontarla. Y lagunas tiene, una de ellas el hecho de que ninguna persona del bando perdedor sobrevivió para contar su versión. Hasta eso es oportuno, fíjese, para sostener un relato en el que todos los pueblos guerreros, lo más valerosos, se suicidaban en masa y nadie jamás se rendía ante la furia imperial. Pues no sé. Lo que usted diga me vale.

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