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Álvaro de Caminha, espía y gobernador

Aunque nacido en Portugal, Álvaro de Caminha era gallego por los cuatro costados, hijo de un Soutomaior y de una Sarria. En algunos documentos se le añade a su apellido el Soutomaior. Jugó un papel importante, o varios, durante el reinado de João II de Portugal.

Sobre su infancia o juventud no hay mayores noticias. La primera referencia a él en las crónicas portuguesas es toda una originalidad. El rey portugués había sufrido una seria conspiración ideada por Diogo, duque de Viseu, que contaba con el apoyo de otros magnates de la nobleza portuguesa, como Lope de Albuquerque, conde de Penamacor, el segundo de abordo de la conjura, encabezada no sólo por grandes nobles, sino por parientes del rey, cosa que al rey no le hizo mucha gracia. Digo de Viseu, por ejemplo, era infante de Portugal.

MxDe Diogo de Viseu se encargó Jõao II en persona. Lo llamó en plan: "Diogo, sobrino, si no tienes plan, vente a cenar esta noche, que encargo unas pizzas". Diogo de Viseu, que no sabía que el rey estaba al tanto de la conjura, acudió a la cita confi ado. Y João II, rey de Portugal lo cosió a puñaladas. Lo cuentan cronistas oficiales como Rui de Pina o García de Resende, que publicaron sus libros con permiso de la Corona, o sea que seguramente no mienten. En pocos días, casi todos los conspiradores fueron degollados. Otros fueron perseguidos y asesinados en Francia y en Castilla por la gente fiel al rey portugués, que recorrió luego Portugal castillo a castillo exigiendo a los señores que le juraran lealtad de rodillas leyendo una promesa de sumisión que les tendía. Muchos nobles se sintieron humillados pero todos cedieron. A ver, si viene Felipe VI a mi casa y me da a elegir entre jurar lealtad y sumisión de rodillas o meterme 17 puñaladas, yo juro eso y lo que haga falta.

Ahí entra en acción nuestro compatriota Álvaro de Camiña, que se convierte en una especie de James Bond medieval

El principal colega de aventuras de Diogo de Viseu era el conde de Penamacor, que huyó a Londres. Y ahí entra en acción nuestro compatriota Álvaro de Camiña, que se convierte en una especie de James Bond medieval. Alguna experiencia tendría en estos asuntos, pues de él decía otro cronista portugués, Agostinho Manuel de Vasconcellos que era "soldado animoso y pronto para salir bien de cualquier peligro". Su misión era dirigirse a Inglaterra, averiguar dónde se escondía Lopo de Albuquerque y, según se dieran las circunstancias, apresarlo o asesinarlo, lo que fuera más fácil.

Tenía que ejercer de espía y de jefe de un comando asesino. La misión falló. Álvaro supo que el conde se encontraba en Londres y al llegar ahí comprobó que vivía como un marajá protegido y fuertemente escoltado por hombres del rey Enrique VII. A su vuelta, Álvaro de Caminha informó a João II de la situación y éste, enfurecido, provocó una crisis diplomática. Para aplacar los ánimos del portugués, el inglés le dijo que lo había condenado a cuatro años de prisión, a él y a su familia, que siguieron durante algún tiempo viviendo a todo trapo hasta que llegaron a Castilla. Todo esto sucedió por 1486.

Más allá de estas dos etapas, la del comando asesino y la de gobernador de Santo Tomé, a la que unió la isla de Príncipe, no sabemos nada más sobre su vida

Ahí desaparece Álvaro de Caminha y no sabemos nada más de él hasta que en 1493 el rey lo nombra capitán donatario, es decir, jefe, de la isla de Santo Tomé, descubierta no mucho antes. Era y es una isla que se ubica cerca de las costas africanas, abajo de Guinea Ecuatorial. La isla estaba despoblada y algún intento anterior de ocuparla y explotarla había acabado en fracaso absoluto. Álvaro llegó allí con un numeroso grupo de colonos, entre los que se encontraban 900 niños y niñas arrebatados a judíos sefardíes que habían sido expulsados de Castilla por la heroína de Díaz Ayuso, Isabel la Católica.

Con esos niños, otros tantos adultos, y esclavos africanos pobló la isla y la convirtió en la mayor productora de azúcar. Para ello, plantó la caña, extrajo la zafra y construyó ingenios azucareros para elaborar el producto final. Se hizo multimillonario, claro, pues tenía un contrato que le concedía el 10% de los beneficios. Muchos más en realidad, pues buena parte de la producción escapaba al control de la corona y la vendía él por su cuenta.

Hizo un testamento kilométrico en el que mostraba cierto trasfondo humanitario. Dejaba consignada una importante suma para repatriar a Portugal a mujeres viudas o a hombres impedidos, temiendo que sin su protección acabaran mendigando. Y dejaba un buen dinero para muchos de sus colaboradores, en su mayor parte gente humilde que le había servido con lealtad. Más allá de estas dos etapas de su vida, la del comando asesino y la de gobernador de Santo Tomé, a la que unió también la isla de Príncipe, no sabemos nada más sobre su vida. Nada sobre lo que hizo hasta que se le encomendó aquella misión en Londres, ni desde ese momento a su nombramiento en Santo Tomé. Se le supone hidalgo, más que noble, probablemente descendiente de una rama lateral de los Soutomaior, asunto que ha generado controversias entre los genealogistas portugueses, que son los mejores del mundo con permiso de los mormones.

Álvaro de Caminha, espía y gobernador
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