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Inés de Castro, la reina cadáver

Inés pertenecía a la poderosísima Casa de Castro, familia gallega emparentada con la realeza de Galiza, Portugal, Castilla y León, de cuando el reino de España no existía aunque se empeñen en decirle a usted lo contrario: una cosa es que tres de esos reinos compartieran Corona, pero en ningún caso un Estado común. Punto y aparte.

reina cadáverSu historia y su macabro final dieron lugar a multitud de novelas, óperas y todo tipo de manifestaciones culturales y artísticas. Cuadros, romanceros y cosas así. Curiosamente no existen, salvo de pasada, en las crónicas de la época ni en documentos que certifiquen los detalles. Bueno, el caso es que Inés de Castro, siendo jovencita, había pasado desde Galiza al Reino de Portugal para servir como doncella de la princesa Constanza, que ya antes había sido reina consorte de Castilla. La tal Constanza murió un buen día, como todo el mundo, dejando viudo a Pedro, príncipe de Portugal.

Al poco de la defunción, Pedro se enamoró de Inés y eso no gustó nada a su padre, el rey Alfonso IV el Bravo. Temía que si se formalizaba esa relación y acababa en matrimonio, el trono de Portugal pudiera acabar en manos de los temidos gallegos De Castro, algo que podría tener consecuencias catastróficas para Portugal dados los cargos que copaba la familia en todos los reinos peninsulares.

Así que Alfonso el Bravo hizo lo que solía hacerse en aquella época para resolver los grandes problemas: ordenó el asesinato de Inés de Castro, que fue felizmente resuelto en enero de 1355. Así fue como el príncipe Pedro enviudó por segunda vez, lo que le llenó de furia, pues se dice que estaba perdidamente enamorado de su amante y tenía la firme convicción de matrimoniar con ella a pesar de la oposición paterna.

Dos años después murió el rey Alfonso y Pedro se convirtió en Pedro I. Para vengarse de todos los cortesanos que habían servido a su padre y conspirado contra su amante, primero dijo que no era tal amante, pues año y pico antes se habían casado clandestinamente en A Guarda. No aportó documento alguno ni falta que le hacía. Era el rey. A partir de aquí es donde la historia recauda numerosas versiones. Las más extremas afirman que junto a su trono puso el cadáver de Inés y obligó a todos los presentes a besarle la mano. Otras dicen que fue una figura de cera lo que se colocó. Pudo ser alguna de ambas cosas o ninguna. En lo que sí coinciden todos y todas las que cuentan la historia hasta el final, pues algunas se detienen en el momento de su asesinato, es en que Inés de Castro fue coronada como reina consorte después de muerta y así parece confirmarlo la estatua yacente que cubre su sepulcro en el monasterio de Alcobaça, donde aparece representada como reina coronada y que obviamente fue encargo de Pedro I, que reposa junto a ella. Se dice que ambos sepulcros son los más hermosos que se conservan en Portugal. En el de Inés, sostenida por seis ángeles, se exhiben las armas de Portugal y de la familia De Castro.

La historia oficial portuguesa no la reconoce como reina, pues por mucho que fuera coronada, si estaba muerta no cuenta. Sí se le reconoce el título de infanta de Portugal, pues se da por buena la palabra de Pedro al manifestar que se habían casado en secreto en Galiza. Finalmente el trono no lo heredó ninguno de los cuatro hijos de esta pareja sino su hermanastro Fernando, producto del primer matrimonio de Pedro, pero con el tiempo la Casa de Castro obtuvo una victoria aplastante. De la descendencia de Pedro I e Inés de Castro proceden numerosos reyes y reinas de Portugal, de Aragón y de Castilla y eso supuso el principio del fin del poder familiar, que dejó de actuar como un clan diluyéndose entre intereses de Estado contrapuestos que los llevó a guerrear mucho entre ellos y olvidarse de la familia y del apellido.

Algunos la nombran como la reina muerta; otros como la reina cadáver. Fuese o no cierta la ceremonia de coronación y se realizara con cadáver o sin él, el suceso de su asesinato fue famoso en toda Europa, así como la venganza de Pedro I sobre los autores. Uno logró escapar y a los otros dos les arrancó el corazón, o sea que bien pensado, sí es muy probable que se sentara con el cadáver para que todos sus enemigos le juraran lealtad y le besasen la mano. Los reyes europeos estaban muy locos. Lo que sí parece probado es que el funeral de Estado de Inés de Castro se celebró con posterioridad a la coronación, momento en el que se introdujeron sus restos en el sepulcro, sin que nadie sepa dónde se guardó durante el tiempo que medió entre su muerte y su enterramiento. En fin, que ahí tenemos a una mujer gallega que bien merece algunas calles.

Inés de Castro, la reina cadáver
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