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Bóveda: persecución y violencia

Recordaba Amalia Bóveda en una entrevista con Manuel Jabois publicada en El Mundo en 2014 que una vez, estando ella interna en un colegio de monjas escolapias, acudió Franco de visita. A ella y a las otras “niñas rojas” las encerraron en una habitación. No queda claro si escondían a las niñas de Franco o a Franco de las niñas, pero es una prueba de cómo el castigo se perpetuaba en el tiempo y se extendía a todos los miembros de una familia. Amalia ni siquiera llegó a conocer a su padre, Alexandre Bóveda. No había nacido cuando Bóveda fue asesinado.

Estaban esos castigos, los oficiales y estaban los otros, los que impartían los asesinos. La misma niña, Amalia Bóveda, se lo contaba muchos años después a Jabois: "“En verano jugaba delante de la puerta de casa que teníamos en Poio. Jugaba sola al mediodía porque no había nadie, y siempre pasaba un hombre muy grueso que se me quedaba mirando fijamente. A mí me daba mucho miedo y un día se lo dije a mi madre. Al día siguiente las dos esperamos tras la puerta para ver quién era. Pasó como siempre, no me vio fuera y siguió de largo. Mi madre me dijo muy seria que nunca más saliese de casa a esas horas"”. El hombre grueso era Víctor Lis Quibén, médico, autor de la magnífica obra ‘La medicina popular en Galicia’, considerada todavía una referencia etnográfica. Además de ello, fue uno de los que detuvo a Bóveda en el Gobierno Civil, autor acreditado de más de veinte asesinatos y treinta detenciones, todas ellas de rojos y nacionalistas. Vivía en la Rúa Nova de Pontevedra. Cruzaba el puente de A Barca todos los días para dirigirse a la biblioteca del mosteiro de Poio y de camino se detenía frente a aquella casa para asustar a la hija de Bóveda.

Hace poco, otra hija represaliada, María del Carmen Fernández Arruti, decía en este periódico a Álvaro Rodiño: “"Mucha gente conoce la historia de mi madre, pero también hay mucha gente que parece no querer conocerla"”. Es una declaración terrible. Eso mismo, el no querer conocer, es lo que ha impedido que hasta 2007, más de setenta años después de que empezaran los crímenes de la dictadura, las familias de los asesinados no podían pedir su rehabilitación. Simplemente, no había cauce legal. Ahora esos documentos van saliendo a cuentagotas. El pasado viernes la Fundación Alexandre Bóveda anunció a la prensa que el ministro de Justicia ha firmado la reparación moral de Bóveda. El documento reconoce que Bóveda "“sufrió persecución y violencia por razones políticas e ideológicas"”; que "“tiene derecho a obtener la reparación moral mediante la cual la Democracia española honra a quienes injustamente padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil o la Dictadura"” y que por tanto, “"expide en su favor la presente declaración de reparación y reconocimiento personal”".

Bien. Llega 79 años después del asesinato y 40 después de la muerte de Franco, pero tampoco vamos a quejarnos por ello. También podemos decirlo, durante todo este tiempo mucha gente se ha retratado. En lo que respecta a Bóveda, todo el mundo tiene una trayectoria. Ni siquiera es necesario poner siglas o nombres. Sabemos quiénes han luchado por la rehabilitación de Bóveda, quiénes se han abstenido, quiénes se han opuesto; los hay que se han subido al carro el año pasado y quienes acaban de llegar hace dos meses y ya están exigiendo el mismo protagonismo que los que llevan ahí toda la vida. La política tiene estas cosas. La utilización de una figura tan potente como ésta es una tentación imposible de vencer para quien ansía una foto. Pero bueno. De ahí a erigirse en portavoces de la Fundación Alexandre Bóveda sin conocimiento de la Fundación, como han hecho algunos, hay un trecho. No pongo siglas, he dicho, ni pongo nombres. Allá cada uno con su conciencia y con su estrategia política.

Ahora que todos quieren sumarse, no está de más recordar lo que dijo Bóveda al tribunal que decidía su asesinato. Aunque son unas palabras repetidas hasta la saciedad, puede que algunos necesiten recordarlas para al menos saber a qué moda pretenden sumarse.

"“Mi patria natural es Galicia. La amo fervorosamente. Jamás la traicionaría, aunque me concediesen siglos de vida. La adoro más allá de mi propia muerte. Si entiende el tribunal que por este amor entrañable debe serme aplicada la pena de muerte, la recibiré como un sacrificio más por ella. Hice cuanto pude por Galicia y haría más si pudiera. Si no puedo, hasta me gustaría morir por mi patria. Bajo su bandera deseo ser enterrado, si el tribunal juzga que debo serlo"”.

El tribunal, que había obligado al reo a declarar en castellano, le negó ese deseo. Su amigo Xosé Sesto colocó bajo su chaqueta, a escondidas, una minúscula bandera gallega. Todo esto lo digo a cuento de algo: bienvenidos los que de repente han decidido, hace dos días, honrar a Bóveda. Pero que sepan que nadie es portavoz de Bóveda. Que Bóveda es un símbolo de los patriotas gallegos. Que quienes llevan años honrándolo son su familia, la fundación que lleva su nombre y los que le rinden homenaje cada año desde hace décadas. Los otros que lo demuestren, que llevan toda una vida de retraso. Bóveda no es la excusa para una foto. Bóveda es algo más. Un respeto.

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