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Cómo romper un partido

LA COSA empezó como un especial de Gran Hermano. Felipe González, que quiere gobernar España desde un yate en el Caribe, dijo que Pedro Sánchez le había dicho que iba a apoyar a Rajoy y luego no lo hizo. Se sentía engañado. Tampoco era para tanto, viniendo de Felipe, el hombre que más ha engañado en España. Si él se sintió engañado por una frase, imagínese usted como se sintieron muchos españoles cuando Felipe acompañó a su exministro Barrionuevo y a Rafael Vera a las puertas de la prisión donde ingresaban por haber organizado secuestros y asesinatos y llevarse millones de los fondos reservados. Bien, el caso es que Felipe se sintió engañado e hizo unas declaraciones que los críticos esperaban como señal de salida. Así empezó todo: con un cotilleo. El Grândola vila morena que provocaría la muerte del PSOE pocos días después. 

A partir de ahí, y a lo largo de una semana, los periodistas expertos en política se vieron obligados a reconvertirse en cronistas de la prensa rosa más simplona. Tras la dimisión de un montón de miembros de la Ejecutiva, apareció un señor calvo que dijo que no le querían devolver la foto de su hijo. Poco después, una chica se plantó ante las cámaras y dijo que la que mandaba era ella. Lo decía desde la calle por que no la dejaban entrar en la sede, lo que demostraba que tampoco mandaba tanto. 

Así pasó la semana, con los medios cubriendo reproches, acusaciones y cotilleos. Pedro Sánchez se enrocaba en Ferraz diciendo una y otra vez que no se movía de ahí, que no es no. Así llegó el domingo, el día de la gala final en la que se decidía quién abandonaba la casa. La altura del debate era tal que ya no se discutía sobre estrategia, sino sobre quién era más golpista que los demás. Yo estaba tranquilamente siguiendo el show cuando entró mi dueña con dos amigos, Ada y Miguel. Empezaron a taladrar la casa y a colgar cosas, así que el que abandonó el Comité Federal fui yo. A esas alturas, entre el ruido de Ferraz y el del taladro, un receso era lo único posible.

Mientras tanto, en Madrid, la cosa se desbocaba y el PSOE también se taladraba sin remedio. Había llantos, gritos, insultos e intentos de pucherazo. Finalmente, Sánchez perdía la votación sobre la fecha del congreso y alguien decía que o dimitía o lo tiraban por la ventana. Así que Sánchez saltó por la ventana olvidando en el despacho la foto de sus hijas mientras los críticos empezaban a recoger los cadáveres propios y los ajenos, labor que les llevará años. 

Y así es como se acaba un partido centenario, como se corta un carballo viejo: arrancándolo de raíz para que no vuelva a crecer. Pase lo que pase, el PSOE ha muerto. Al menos el PSOE que conocimos la mayoría de los que estamos vivos, que es el que surgió en Suresnes, el que fue derivando del marxismo al socialismo, luego a la socialdemocracia y de ahí al liberalismo, al neoliberalismo y al yate en Colombia. Aquel PSOE que nos gobernó durante tantos años y en que cada día creía menos gente. El PSOE que sobrevivió a los GAL y a Luis Roldán, ha sido dinamitado en una reunión de poligoneros empastillados. Las cuchilladas por la espalda, las descalificaciones y el espectáculo grotesco de ayer han sido de tal calibre que esto no tiene arreglo. 

Lo curioso del asunto es que uno de los que ha promovido todo esto es aquel Felipe idealista que pasó de la clandestinidad al consejo de Gas Natural, el que dio vida a la criatura y que hoy se considera con derecho a matarla. Felipe fue perdiendo el socialismo como fue perdiendo el carisma. Poco a poco, sin que nos diéramos cuenta, Felipe era cada día menos socialista, menos simpático y con el pelo más plateado. Hoy es un hombre huraño y distante que no olvida cómo se fue, entre escándalos, y de vez en cuando levanta un teléfono para decir a sus amigotes que monten un lío, cambien a un líder o apoyen al PP. Cuando el líder visible era él, y de encontrarse en circunstancias similares, jamás se hubiese abstenido a una investidura de Fraga o de Aznar. 

El bochorno que sentirán hoy militantes y votantes, muchos de ellos fieles al partido desde siempre, mejor ni imaginarlo. La ruptura entre líderes, entre militantes, y entre partido y bases puede ser definitiva. Todos los socialistas han perdido esta guerra, algo que de todas formas estaba en el guión, con Pedro o con Susana. Pero nadie imaginaba el calibre del drama. Ayer, muchos militantes lloraban como niños. Los ganadores han sido Rajoy, que gobernará, tal como exigía Felipe, y Pablo Iglesias, que se ha convertido en legítimo líder de la oposición, pues en el PSOE hoy no queda nadie legitimado para ejercer esta labor ni ninguna otra. Pase lo que pase en adelante, ayer se escribió la primera página de un capítulo final. El ocaso de una época que también está mermando al PP, pues aunque hoy ya estemos viendo a Rajoy investido, la suya es otra organización herida que va renqueando hacia no se sabe dónde.

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