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Cuando seas mayor lo entenderás

El adolescente reniega del niño que fue y el joven del adolescente

ME ENCONTRÉ el otro día con un viejo conocido, de los que vuelven a casa por Navidad. Era temprano, así que paramos a tomar un café. Estábamos contándonos que nada había cambiado en nuestras vidas desde la última vez que nos vimos cuando frente a nosotros pasó un grupo de jóvenes. Se apreciaba que venían de trasnochar. Tres o cuatro estaban borrachos y cantaban a gritos una canción de moda.

Mi acompañante los miró despectivamente y dijo que la juventud de ahora no sabe comportarse. Le recordé que en su juventud él se comportaba exactamente igual. Dijo que "bueno, puede que alguna vez". Le dije que sí, que puede que alguna vez por semana al menos, que tengo memoria. Siguió con su cantinela: "Mira qué pintas llevan". Le dije que aún debo tener por ahí alguna foto de grupo de cuando él quería ser un bajista famoso y se pintaba el pelo de amarillo, se ponía una cruz en la oreja y vestía como un componente de Golpes Bajos. "Al menos respetábamos a los mayores", dijo. No, no es cierto. No respetábamos a nadie, ni a los mayores, empezando por nuestros abuelos. Le recordé que una vez se metió en una iglesia y empezó a salpicar con agua bendita a los feligreses mientras chillaba negando la existencia de Dios hasta que lo echaron a empujones y que durante años, hasta que nos hicimos mayores, todos contábamos aquello como una gran epopeya. Zanjó la discusión: "Bah, da igual. Los jóvenes de ahora son una panda de idiotas".

Es curioso cómo vamos quemando etapas, deshaciéndonos de nosotros mismos. El adolescente reniega del niño que fue y el joven del adolescente. A los 16 años uno piensa que es mayor. A los 18 cree que el de 16 es un niño. A partir de los 40 nos comportamos como si hubiéramos nacido siendo adultos. Así es generación tras generación. Se pueden encontrar montañas de libros escritos a lo largo de los últimos 2.000 años en los que gente mayor habla de la inconsciencia de la juventud, de su indisciplina, de su inclinación a la violencia y de su irresponsabilidad. Curiosamente, entre todas esas montañas de textos, casi ningún autor reconoce que fue joven y se comportó como tal.
Juventud. Imagen para el blog de Rodrigo Cota (17/12/17)
Otra cosa es que los adultos no hayan sabido nunca encauzar la rebeldía de los jóvenes. Cuando yo tenía 16 años la indisciplina se trataba a golpes. A uno podían pegarle sus padres, sus tíos, sus padrinos, los amigos de sus padrinos, sus maestros y cualquiera que pasara por ahí. Los padres iban al colegio a hablar con el tutor del niño o de la niña y le decían: "Si tiene usted que pegarle un bofetón a mis hijos, ni se lo piense, pégueselo". Hoy son los chavales los que pegan a los maestros. Los maestros de hoy día crecieron como jóvenes abofeteados y se convirtieron en adultos apalizados por sus alumnos, los padres de sus alumnos y la Consellería de Educación.

Como mucho, podemos reprochar a los jóvenes de hoy lo mismo que podríamos reprochar a los jóvenes que fuimos nosotros: que toda esa fogosidad no se haya dirigido al lugar adecuado o se haya utilizado para algo útil. Desde el 15M de 2011, un breve paréntesis en el que los jóvenes se movilizaron para exigir mejoras democráticas, no se ha vuelto a saber nada de ellos, salvo que van haciéndose mayores y dejando sitio a otros que prefieren matar el tiempo haciendo lo que tiene que hacer alguien a su edad: fumar para sentirse mayores, como yo, beber, drogarse e ir a festivales. Tiene su explicación. Después de todo, los jóvenes siempre son más listos de lo que pensamos y cuando leen en qué quedaron el mayo del 68 o el 15M tienen sobrados motivos para no luchar para nada más que formarse, sacar una carrera si acaso y convertirse en parados cualificados y carne de emigración.

Lo único que queda claro es que al joven o al adolescente siempre se le dice lo mismo: "Cuando seas mayor lo entenderás". Una gran mentira, como la de los Reyes Magos o el ratoncito Pérez. De todas las cosas que yo no entendía a los 16 años sigo sin comprender ninguna. Solamente he comprendido que las generaciones que nos precedían luchaban para dejarnos un mundo mejor y fracasaron estrepitosamente. También veo cómo ahora, que somos nosotros los que tenemos que dejar a nuestros hijos un mundo al menos apañado, sólo podemos ofrecerles borrascas, incendios, sequía, himnos, escudos y banderas.

Así que, desde mi experiencia, lo único que puedo recomendarle a un joven es que disfrute de la vida, que alargue su juventud todo lo que pueda y que vaya de festival en festival, que trasnoche, que deje transcurrir la vida y que espere a que las cosas sucedan y se arreglen o no se arreglen mientras procura intervenir lo menos posible. Más o menos, en pocas palabras, que viva como Rajoy. Es la única posibilidad de que las cosas le vayan bien.

Cuando seas mayor lo entenderás
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