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Desglobalizarse

TODO EMPEZÓ hace unos treinta años, cuando alguien se inventó la tontería de la globalización. Antes todo nos iba de perlas. De pronto, un buen día, sin venir a cuento, todos los líderes occidentales empezaron a hablar de la globalización. Íbamos a convertirnos en ciudadanos del mundo, un mundo libre, feliz y globalizado que nos igualaría y nos haría a todos ricos, alemanes y sonrosados. Tanto nos entusiasmó la idea que los europeos nos lanzamos al abismo de la moneda común y de los repartos de cuotas productivas. En Galiza, por ejemplo, entregamos a Europa el sector lácteo, el ganadero, el pesquero y el naval a cambio de cuatro autopistas. Llevábamos miles de años viviendo de lo que la naturaleza nos había regalado y de lo que nuestro ingenio y nuestra experiencia hacían con ello. Luego nos lo globalizaron y un café, de la noche a la mañana subió de cien pesetas a un euro mientras teníamos que desguazar nuestros barcos y pagar por producir leche. El único gallego que supo globalizarse fue Amancio Ortega, porque se globalizó solo. A los demás nos dejaron mal globalizados.

Lo que luego se globalizó en todo el mundo fueron la pobreza, las guerras, las armas y el terrorismo. Y de ahí salen los líderes como Trump. El problema no es que Trump diga que América es lo primero, o que la hija de Le Pen diga que Francia es lo primero. El problema lo generaron los líderes que hace décadas dejaron de decir que su país era lo primero y se lanzaron a globalizarse. Que yo recuerde, Europa estaba conformada por estados prósperos y mal que bien nos ganábamos la vida. Cada país tenía su moneda, su frontera, sus socios y sus acuerdos comerciales. Cada uno protegía sus intereses y sus sectores productivos. Tampoco iban muy mal las cosas en Asia o en América; en África sí, como siempre. Había unos cuantos dictadores por el mundo, como los sigue habiendo, y cada uno se metía en sus guerras, salvo los soviéticos y los estadounidenses, que se peleaban en Vietnam o en Afganistán. Ahora cualquiera que se aburra un poco puede mandar un bombardero a Siria y destruir tres pueblos porque ya estamos así de globalizados. Los líderes absolutistas como Trump y como otros que van llegando en Europa nos van a desglobalizar, y lo harán por las malas. Si no nos hubiéramos globalizado las cosas irían mejor, pero como ahora no nos van a desglobalizar los mismos que nos globalizaron, porque no quieren ni pueden, vamos a dejar que nos desglobalicen tres o cuatro fanáticos. No harán falta más. En realidad, con uno o dos países más que se larguen de Europa, todo se vendrá abajo.

El proceso de desglobalización, si llega a darse, será mucho más traumático que el de la globalización. Si pudiéramos volver a los años ochenta y hacer las cosas bien, sería estupendo, pero lo que haremos será empezar de cero con tres décadas perdidas por el camino y con unos cuantos países que pesan mucho gobernados por lunáticos belicosos. Ahora que Trump empieza a gobernar, los candidatos europeos amantes de los muros y de los aspavientos emergerán alegremente. Hay mucha gente cabreada dispuesta a votar a quien sea para mandarlo de una vez todo al carajo. Es la gente que ha votado a Trump y la que podrá votar pronto en Austria o en Francia a cualquiera que le diga que su país es lo primero. Es la gente que puede meternos a todos en un callejón sin salida que sólo permite dar media vuelta y emprender el camino de retorno. Pero están en su derecho. Su voto vale tanto como el de usted. La culpa no es de los líderes totalitaristas, en realidad. Es de los que no lo son, los que nos globalizaron. Esos son los que tendrían que decirle a su gente que su país es lo primero y que habría que ir pensando en desglobalizarse lo mejor que se pueda. Que las cosas no han ido bien porque se han hecho mal. Que fue una pésima idea la de creer que todo esto de la unión y la globalización nos llevaría en volandas a un mudo hermoso y justo en el que todos seríamos ricos y famosos y los lobos pacerían junto a los corderos. Tendrían que reconocer que no nos han traído más que pobreza y desigualdad y prometer que harán lo posible por arreglarlo antes de que llegue un nazi a hacerlo de mala manera. Bastante tenemos ahora con Trump como para aguantar a otros tres o cuatro bravucones por ahí chillando amenazas y provocando a quien se les ponga por delante.

Lo malo es que se acaba el tiempo. La victoria de Trump, como el Brexit, pueden dar alas a millones de votantes de líderes extremistas. Muchos pensarán que a fin de cuentas, si los británicos salen de Europa y los norteamericanos votan a Trump, por qué ellos no deben probar caminos parecidos. Total, el camino que llevamos desde hace ya demasiados años tampoco conduce a ningún lado. El riesgo de acabar en manos de un puñado de locos como Trump, y de sus yernos, es real y está ahí, a la vuelta de la esquina.

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