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El árbol caído

"En la vida las cosas no suceden porque sí, o gracias a los amigos, o por lo listo que uno sea; todo esto son causas segundas, mediaciones humanas, que respetando la libertad de cada uno, responden a los designios de Dios". Esto decía una vez en una entrevista el ya exministro Jorge Fernández Díaz . La realidad, no obstante, nos demuestra que los designios de Dios no son tan poderosos como los de Rajoy. Finalmente, la continuidad de Fernández Díaz no dependía de Dios, sino de un amigo: Rajoy, que se ha desprendido de él. Rajoy nunca antes había echado a nadie. Los que rodean a Rajoy siempre se han echado solos, sea por la vía de la derrota en lucha interna contra otro segundón, sea por la vía del cansancio, del suicidio o del aburrimiento. Rajoy no despidió a Gallardón ni a Wert , ni a Ana Mato ni a Soria . Todos se le han ido yendo cuando comprendieron que el desgaste personal que sufrían no compensaba el sueldo ni la posición. De los tres ministros en funciones a los que ha despedido Rajoy la semana pasada, dos no querían seguir en el puesto. Morenés , el de Defensa, y Margallo el de Exteriores, deseaban sus ceses con el mismo entusiasmo con el que Rajoy los aceptó.

Solamente Fernández Díaz mostró públicamente su disposición a continuar. Él, el que fue grabado conspirando para eliminar a sus adversarios políticos, el que recibió a Rodrigo Rato cuando se destapaban sus vergüenzas, fue el único que mostró su disposición a seguir en el cargo. A ver, brother. Me dirijo a usted con la confianza de quien ha compartido con su persona un pasado pecaminoso. Usted, según dice, se fue un día a Las Vegas y encontró a Dios. Bien, no hay nada reprochable en ello. Cualquier creencia religiosa, incluidas las adquiridas en Las Vegas, son respetables. Uno puede creer en aquello que le dé la real gana. Lo que usted nunca ha comprendido, y ahí entramos en lo lamentable del asunto, es que la religión debe dejarse en casa. Uno no puede entrar en un ministerio con un ángel de la guarda. Usted ha reconocido que tiene un ángel de la guarda, de nombre Marcelo, que le acompaña y le ayuda en todo momento. Yo no soy siquiatra, pero eso requiere un diagnóstico.

Veamos, señor Fernández: usted comparó a los terroristas de ETA con las mujeres que abortan; usted dijo un día que el matrimonio entre dos personas del mismo sexo podría llevar a la extinción de la humanidad. Usted, querido mío, es tonto perdido. No pongo en cuestión sus creencias, insisto. Imaginemos que en lugar de pertenecer usted a una secta untracatólica, pertenece a una secta satánica. Hasta ahí, es su vida. Crea usted en lo que le dé la real gana. Usted ha otorgado medallas a la Virgen, que lógicamente no se presentó a recogerlas. Pero, ya que estamos imaginando cosas, imaginemos que usted, o un sucesor cualquiera, mañana o dentro de tres décadas, se afilia a una secta satánica y decide entregar medallas a Lucifer con el dinero de todos los españoles. Usted, dado ese caso, convendría conmigo en que la distinción sería improcedente.

Dijo usted otro día que la política es "un magnífico campo para el apostolado, la santificación y el servicio de los demás". Lo del servicio a los demás se puede compartir. Incluso un comunista lo haría, ¿pero qué carajo es eso de que la política es un magnífico campo para el apostolado y la santificación? Señor mío, no seré yo quien glorifique a Rajoy ni a su nuevo gobierno, que me parece tan continuista como infructuoso, pero sí le digo a usted una cosa: la política, en un Estado aconfesional, no está para hacer apostolado ni para que uno se santifique. Es usted un espantajo, un friki y sobre todo un ser dañino.

A Santo André de Teixido, algo que debiera usted conocer como buen cristiano, uno llega de vivo o de muerto. Se sabe que quien no llega en vida deja la tarea pendiente a su ánima, que ha de buscarse la manera de llegar allí una vez que muere el portador. El que puede, peregrina en vida, por ir adelantando la tarea. Ningún buen cristiano deja pendiente el asunto para que sea su alma quien lo resuelva. Así ha sido a través de los siglos. Hay una excepción conocida, la de Severino Busto. Severino llegó a Teixido y murió allí, en la iglesia. El cura, que sabía de qué iba la cosa, siguió con la misa y Severino fue el único que llegó vivo a Teixido y salió muerto. Como usted, que fue el primer ministro de Rajoy que llegó vivo a una investidura y salió de allí muerto. No hubo Virgen ni ángel de la guarda, no hubo Dios que lo salvara. Usted tuvo la ocasión de aplicar el famoso dicho: "Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas". Cuando usted descubrió a Dios en Las Vegas debió dejarlo allí, no meterlo en política, ni a Dios ni al pobre de Marcelo, su ineficaz ángel de la guarda.

Todo esto viene a cuento de una cosa: hace unas semanas, discutíamos entre gente del mundo de los medios sobre la conveniencia de hacer leña de un árbol caído. Uno de los contertulios nos convenció a los demás con una frase: "Lo lógico y lo natural es hacer leña del árbol caído. Un árbol que se mantiene vivo y en pie no da buena leña". Pues eso: váyase usted al carallo, y que tomen buena nota sus sucesores.

El árbol caído
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