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El día del descerebrado

HACE UNOS DÍAS, querido José Luis Patiño, publicó usted una columna en Diario de Ferrol. Ya que el texto escasi tan corto como usted, lo reproduzco sin su permiso por si alguien no sabe de qué hablamos. Ahí va su columna: 

"Estoy hasta el culo de la celebración del día del orgullo gay. Día en el que gays y maricallos; lesbianas y machorras; bisexuales, trisexuales, transexuales, hermafroditas, (y bestialistas si entran), se corren jolgorio con despelote en vías públicas de ciudades y pueblos por doquier. Vamos, como si fuera una romería de corte eclesial, con devotos del asunto en mayor o menor grado, y presumen de su condición sexual sea ésta la que sea. Mientras, los/as heterosexuales no proclamamos nuestra condición de tales, como unos caguiñas más sosos que la hostia. 

Creo que ya está bien de tanto pasotismo y debemos actuar con valentía. Así que propongo que, si hay un día no ocupado de celebración, lo hagamos nuestro y salgamos a las calles con nuestra bandera que, a falta de otro diseño, y sobre fondo blanco, luzca un pito y un chichi atravesados por flecha de Cupido, sobre campo de gules. Lo dejo a votación, nenos/as". 

Bien. En una cosa puedo estar casi de acuerdo, amado mío: la gente como usted necesita tener un día de celebración. No un día de los heterosexuales. Los heterosexuales celebramos nuestro orgullo heterosexual 365 días al año, entre otras cosas porque podemos hacerlo sin que nadie nos pegue una paliza. Me refiero a que usted y los cuatro como usted que quedan por ahí, deberían tener un día del orgullo de los señores grotescos, un día de los cavernícolas, de los descerebrados, de los frikis o de los pobres diablos. Pónganle el nombre que quieran. 

Ayer soñé con usted, fíjese lo que son las cosas. En mi sueño, usted y yo intercambiábamos miradas lascivas y nos acercábamos uno al otro con movimientos insinuantes. Usted extendía sus manos hacia mi pirulí, momento en que yo sacaba un bimbio y le propinaba cuatro docenas de bimbiazos en el lomo, hasta arrancarle el camisón. Mientras, usted lloraba de placer y chillaba, extasiado: "¡Sí, sí!¡ Más!¡ Me lo merezco por ser una chica mala!". 

Hábleme de usted, de su ansiedad; de la eternidad, si fuera verdad. Por dejar de sentirme en soledad para hacerme suyo. Yo quisiera ser parte de su piel, tono de su voz, agua de su ser, y dejar de sentir en soledad para hacerme suyo. Me pregunto, Patiño, dónde ha estado usted criogenizado las últimas cuatro décadas. Qué trauma arrastra desde su infancia. Quién lo ha convertido en un energúmeno. Por qué necesita usted tanto cariño. Siento deseos de acogerle sobre mi regazo y acariciarle la cabeza mientras le susurro la verdad: "No es culpa tuya. Lo sabes. ¿Verdad, amor mío?". Lo que necesita usted es recibir todo el afecto que la vida le ha negado. Usted no odia a los homosexuales. Se odia a sí mismo hasta el punto de perderse el respeto. Y no solamente a usted: también a los lectores del medio para el que escribe y a toda una plantilla de trabajadores honestos que se dejan la piel cada día para sacar adelante un periódico. 

Pero a mí quien me preocupa es usted, cariño mío. Siempre me voy a enamorar de quien de mí no se enamora, y es por eso que mi alma llora. Cada vez que le beso me sabe a poco. Cada vez que le tengo me vuelvo loco. Y cada vez, cuando le miro, cada vez encuentro una razón para seguir viviendo. Y cada vez, cuando le miro, cada vez es como descubrir el universo. Usted me inspira amor, pasión y ternura. Es un ser débil, solo e incomprendido. 

Creo que yo le amo porque me recuerda a mi perro Pancho. Pancho fue un animal maltratado. Un día lo acogimos y desde entonces vive con nosotros, pero nunca aprenderá a perder sus miedos irracionales. Tiene miedo a los ciclistas, por ejemplo, como usted se lo tiene a las lesbianas. Pero, como usted, cuando se asoma a la ventana y se sabe lo suficientemente alejado, utiliza esa tribuna para ladrar como un loco si un ciclista pasa por delante. Y si en lugar de un ciclista aparecen doscientos, imagínese: se pone histérico, como usted cuando se juntan treinta maromos musculosos semidesnudos y se ponen a desfilar. 

De usted han dicho últimamente de todo, y casi todo es cierto. Lo que nadie ha comprendido es que está pidiendo a gritos un poco de compasión. Necesita ser reconfortado, sentirse amado, protegido y arropado. Su problema, cielito lindo, no es que se celebre el día del orgullo, como el problema de Pancho no son las bicicletas. Su problema está en su pasado, en sus traumas y en susfrustraciones. Está en su interior. Usted no es un descerebrado homófobo porque sí. A usted no le ha pasado la Historia por delante sin que exista una causa para ello. Usted es un animalillo desamparado, asustado y herido. Lo que merece es mucha ternura. Y yo también necesito amar. Tómeme, libéreme del pudor y muéstreme su cielo confortador. O su órgano reproductor, que viene a ser lo mismo.

El día del descerebrado
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