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El otro juicio del siglo

El juicio del caso Urdangarín que se celebrará estos días levanta la lógica expectación, pues presuntamente, con ayuda de su esposa, el acusado se valió de su condición de yerno del exrey Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, para saquear millones del dinero público de algunas instituciones. Es el juicio del siglo.

Otro juicio, el del caso Afinsa , ha comenzado hace cosa de mes y medio, sin que el asunto haya generado el menor interés. Recordemos que hace cosa de diez años, Fórum Filatélico y Afinsa fueron intervenidas y se ordenó el cese de su actividad por considerarse fraudulenta: una estafa piramidal. Entre ambas empresas reunían a medio millón de clientes que perdían así sus ahorros, en algunos casos los de toda su vida. Las consecuencias fueron terribles: familias enteras rotas y arruinadas, algún que otro suicidio, miles de empleados en la calle y estigmatizados, sobre todo los que se dedicaban a labores comerciales y a los que sus clientes, en muchos casos amigos y familiares, nunca perdonaron que les vendieran aquellos sellos. Yo conocí el caso, aquí mismo en Pontevedra , de un vendedor de Afinsa, muy buena persona y muy conocida, incapaz de estafar a nadie, que a su vez había comprado el producto porque creía que estaba haciendo una buena inversión, y por ello mismo la vendía y la ofrecía en primer lugar a sus amigos.

Durante meses no se atrevía ni a salir de casa. Las miradas acusatorias de la gente, las furiosas reclamaciones en plena calle, su propia ruina moral y económica, la depresión, finalmente lo obligaron irse a vivir a otra ciudad, por todo ello y porque aquí era imposible que nadie le diera trabajo de vendedor, que era lo que sabía hacer. Ahora viene de vez en cuando por Pontevedra, después de diez años, a visitar a su madre, y sigue paseando con la cabeza baja para no cruzar la vista con cualquiera que siga pensando que es un estafador. Me lo encontré por la calle hace poco, lo llamé y miró asustado, pensando que quien se dirigía a él podría ser un antiguo cliente.

Conozco también, todos conocemos, a gente que perdió su dinero en sellos de Fórum o Afinsa. Ellos, lejos de recibir ningún tipo de satisfacción, fueron también acusados de avariciosos, de incautos, por invertir en un producto que ofrecía mayor rentabilidad que un banco. Luego mucha gente de aquella que se reía de los clientes de las empresas filatélicas compró preferentes a un banco o invirtió en propiedades inmobiliarias por consejo de su banco.

Uno de cada cien españoles tenía lotes de sellos comprados a Afinsa o a Fórum. Si calculamos que la mayoría de ellos tenía pareja o hijos, se puede contar que tres o cuatro de cada cien españoles son víctimas que aquella estafa monumental, la mayor hasta esa fecha, la que a más gente perjudicó. Por eso llama la atención que el juicio del caso Afinsa, el primero en celebrarse, no le interese a nadie o a casi nadie. Que nos preocupen más los trajes de unos reyes magos, las retiradas de las placas con nombres franquistas, las idas y venidas de Isabel Pantoja o la entrada del pequeño Nicolás en un concurso de televisión, tiene su aquel.

De aquel medio millón de estafados, 200.000 habían comprado sellos de Afinsa. Como mucho, transcurridos diez años de la estafa, recuperarán un 5% de su dinero. Calderilla. Las preguntas que todos nos hacíamos cuando el caso estaba a diario en los titulares: si los sellos existían o no, si eran falsos o estaban sobrevalorados, si la empresa estafaba o no a sus clientes, si los acusados son o no culpables, las que se están dilucidando estos días, ya no interesan a nadie. Cierto que los medios vienen cargados estos días. El tema catalán, los posibles pactos de gobierno, el juicio del caso Urdangarín, el escenario internacional, la bomba de Corea o los continuos atentados por todas partes son asuntos que mantienen nuestra atención. Pero de ahí a que ni siquiera sepamos que se está celebrando lo que debiera ser el otro juicio del siglo, hay cierta distancia. «La culpa es de la prensa», pensará usted. Pues no. El día que se inició el juicio, a finales de noviembre, la prensa lo publicó, pero la noticia pasó sin pena ni gloria y los medios tampoco están para mandar cada día a redactores, cámaras o fotógrafos a un juzgado para cubrir un tema que no le interesa a nadie.

Ni los propios afectados, las víctimas de aquella estafa grandiosa, están demasiado ocupados en el asunto. Después de diez años, con la empresa liquidada, ya saben que lo han perdido todo y que pase lo que pase nadie les devolverá lo que le han robado. Los que han conseguido superar el trauma no quieren revivirlo, y a los que no lo han superado no les servirá de gran consuelo una sentencia que llegará tarde y mal. Salvo unas pocas excepciones, casi exóticas, todos han dejado de luchar hace tiempo, hartos de comprobar que su esfuerzo era inútil e inapreciable, que ni la sociedad ni los políticos ni las instituciones iban a mover un dedo en su ayuda. Se conforman con saber que después de tanto tiempo, al menos hemos dejado de reírnos de ellos porque a los demás, a los que no comprábamos aquellos sellos, tampoco nos ha ido mucho mejor.

El otro juicio del siglo
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