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SE HABLABA el otro día en O Garaxe Hermético de lo mucho que cambia la percepción del lector sobre un personaje dependiendo del orden en que se presenten los hechos. En ‘Sin perdón’, Will Munny , papel que protagoniza Clint Eastwood es un pistolero a sueldo, un tío capaz de asesinar a quien sea a cambio de dinero. Y es lo que hace a lo largo de toda la película. ¿Por qué entonces nos cae bien y queremos que sobreviva y logre sus objetivos? Solamente por que el guionista, David Webb Peoples , utilizó un recurso de manual: presentarnos a Will Munny en una escena familiar con sus dos hijos, viviendo arruinado en una granja miserable. Sabemos que es un exalcohólico de dejó su anterior trabajo de mercenario por amor y al poco enviudó, dedicándose por entero a la crianza de sus dos hijos. Munny debe abandonar durante una temporada a sus hijos, retomar su actividad como mercenario para ganar un dinero que necesita para alimentarlos. Ya hemos simpatizado con él y con su causa. Ahora, haga lo que haga nos parecerá bien. Ya puede asesinar a quien sea.

Bien, si en lugar de utilizar este recurso argumental nos presentan en primer lugar a Will Munny asesinando a un inocente, o dando un sopapo sin motivo a uno de sus hijos, ya lo habremos etiquetado como personaje detestable y todo lo que haga a continuación nos parecerá fatal porque es una mala persona. Si abandona a sus hijos, mal; si vuelve a beber, mal; si asesina a quien sea por dinero, mal. Si al final triunfa, peor.

Pues el mismo principio puede aplicarse a Rajoy y a sus dificultades para encontrar aliados. La comparación es pertinente, pues los líderes políticos tienen algo de personajes de ficción y llevan a su alrededor a equipos de asesores que se encargan de «crear un relato», literalmente. Así le llaman en la vida real, «crear un relato», un guión que tiene la única finalidad de que nos identifiquemos con el personaje para el que trabajan, para realzar lo que hace bien y que las cosas malas no nos parezcan malas o tan malas, pues en la percepción del público siempre pesará más la primera escena, la que humaniza y justifica al personaje, que sus malas acciones posteriores.

Los creadores de relatos para políticos son últimamente muy malos, penosos en el caso de Rajoy. Siguiendo el ejemplo del guionista de ‘Sin Perdón’, lo primero que no hicieron fue dotar al personaje de humanidad al principio de la película, en la primera escena. Un Rajoy preocupado por la penuria en la que vivían sus hijos, en este caso los habitantes de España que dependían de él. No le montaron ni una única escena que compensara todo lo que vendría después. A lo largo de los cuatro años que duró el relato no existió una ocasión en la que Rajoy mostrara un mínimo gesto de comprensión hacia los parados, los desahuciados, los pensionistas, los funcionarios, los autónomos. Se nos presentó como un personaje sin sentimientos, incapaz de experimentar el menor gesto de solidaridad hacia los que sufren, ni un acto de sacrificio para redimirse de los casos de corrupción. Más aún, se nos reveló como el hombre capaz de defender a los poderosos que robaban frente al pueblo esquilmado. Nunca antes en España a un líder se le ha construido un relato tan desastroso.

Es por eso que ningún otro líder quiere saber nada de él. En cualquier argumento, nadie quiere ser el amigo del malo, porque eso lo convierte en cómplice a los ojos del público. Hace años se inventaba el desafortunado término de «capitalismo con compasión» para referirse a una política que, siendo afín a los poderes económicos, trataba de no dejar a nadie durmiendo bajo un puente. Era un relato más o menos eficaz, asumible por quienes vivían bien y servía para que los otros no se creyeran desamparados. Hoy estamos viendo a decenas de cargos de su partido desfilado por los juzgados y ni en esos momentos Rajoy ha tenido una escena en la que se muestre desgraciado por todos los que han pagado el saqueo con su propia sangre o con el pan de sus hijos. No ha sido capaz de aparecer como el bueno de la película, el personaje al que se le perdona todo porque en el fondo es una buena persona que solamente quiere hacer su trabajo para volver a su casa a cuidar de los suyos.

Mañana será declarado persona non grata en Pontevedra , su ciudad. Se han acreditado decenas de medios porque el acto, desmesurado y humillante, escenificará el final deseado por muchos: el malo siempre pierde y acaba pagándolo. Nunca antes, desde los tiempos de Suárez, alguien había tenido tan malos guionistas. La diferencia entre ser el bueno o el malo, como en ‘Sin perdón’, está en una sola escena, relatada en el momento indicado. A Rajoy nadie le escribió esa escena. Sus guionistas pensaron que presentando a un personaje que pudiera ofrecer dos buenas cifras macroeconómicas, el público se lanzaría a sus brazos y el resto de los personajes querrían ir de la mano con él. Pero la estructura de un argumento funciona como funciona.

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