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Empeñar la palabra

Trabajadores de Justicia, quemándo sus nóminas en A Coruña. CABALAR (EFE)
Trabajadores de Justicia, quemándo sus nóminas en A Coruña. CABALAR (EFE)

DOS MESES y medio dura ya la huelga de los funcionarios gallegos de Xustiza. Hay huelgas que pueden durar mucho cuando se plantean posiciones inamovibles. También cuando parece que no afecta a la mayoría de la población. Si fuera una huelga de basuras estaría resuelta hace semanas, o si los huelguistas cortaran autopistas. Los daños colaterales afectan a miles de personas, pero no a centenares de miles. Abogados y procuradores sufren día a día esta huelga, porque sus ingresos bajan y porque cada vez que van a un juicio no saben si se va a celebrar, como cada día que acuden a realizar un trámite sin saber si van a poder hacer su trabajo. También la sufren los testigos llamados a declarar que pierden una mañana y cubren unos gastos para que les digan al llegar que se vuelvan a sus casas.

El pasado lunes, los representantes de los cuatro sindicatos que negocian con la Xunta (CC OO, UGT, CSIF y USO), acudieron al despacho de Alfonso Rueda. Allí se alcanzó, más que un preacuerdo, un acuerdo verbal. Hubo apretón de manos para empeñar la palabra y ratificar lo negociado. Luego, para celebrarlo, abrieron unas botellas de cava y a la luz de las velas hicieron el amor hasta el amanecer. Esto último igual no fue exactamente así, pero el caso es que los representantes sindicales salieron del despacho del vicepresidente tras quedar emplazados para firmar lo estipulado el miércoles. Después de más de dos meses y casi veinte reuniones, el problema estaba resuelto a satisfacción de todas las partes. En un par de días los cuatro sindicatos desconvocarían la huelga y sus representados volverían al trabajo.

El martes empezaron a llegar mensajes confusos a la oficina de Rueda. "Tenemos que hablar". "Me dejé llevar por la pasión". "Donde dije digo ahora digo otra cosa. Creo que se dice así". "Lo de ayer no sucedió". Cosas por el estilo.

Los daños colaterales afectan a miles de personas

Los delegados de la Xunta llegaron a la reunión del miércoles con lo acordado puesto por escrito, una caja de albariño y unas nécoras, por si acaso, pero con la mosca detrás de la oreja. Minutos después se levantaban de la mesa y se llevaban el acuerdo sin rubricar, el albariño y las nécoras, tras comprobar que los representantes sindicales se negaban a firmar y pedían empezar de cero y renegociarlo todo. Exigían, por ejemplo, que la Xunta pagara a los trabajadores todos los días que viene durando la huelga. Así también hacemos usted y yo una huelga, no de dos o tres meses, sino de cuarenta años. Planteaban ya no una renegociación, sino una reinvención de las huelgas. También exigían ser ellos quienes decidieran qué trabajadores podrían hacer horas extras, ser siempre los cuartos que más cobraran de toda España, un Cadillac o dos para cada funcionario y funcionaria de la Administración de Xusticia y que todos los calvos del mundo recuperásemos el pelo antes del verano.

Lo que la Xunta ofrecía y ellos habían aceptado era una subida de 314,26 euros de media para los 2.700 funcionarios. Al mes. De esa subida, cerca de 200 euros corresponden a la cantidad acordada por Montoro a nivel estatal y el resto lo pagaba la Xunta, es decir, todos los gallegos. Unos 850.000 euros mensuales en total. El dinero anunciado por Montoro, por cierto, también lo adelanta la Xunta, que luego arregla cuentas con el Estado y puede recibir o no la cantidad prometida por Montoro.

¿Qué sucedió el martes para que los cuatro sindicatos se echaran atrás? No se sabe. Puede que no resistieran la presión de los tres sindicatos que no se sumaron a la negociación. Puede que se arrugaran ante el miedo a perder representación entre los trabajadores. Ellos lo saben.

Mientras tanto, si usted ha sido acusado de un delito del que es culpable, igual puede respirar tranquilo unos meses más o un año si el juicio se suspende; pero si es inocente lo mismo tiene que esperar a que lo absuelvan, no por el inmovilismo de la Xunta, sino porque los representantes sindicales se negaron a firmar un acuerdo alcanzado y el expediente de usted queda ahí, dormido hasta que señale una nueva fecha. Como si la justicia no fuera lenta de por sí.

Yo no sé si lo que ofrece la Xunta es lo justo. Eran ellos quienes el lunes lo consideraban justo, pero la cuestión ya no es ésa. Pueden pedir todo aquello que consideren. Faltaría más. Aquí lo que importa es que un representante sindical tiene que ser un negociador fiable, tanto para sus representados como para las partes con las que negocia. No es de recibo que se nieguen a firmar un acuerdo verbal tras haber dado un apretón de manos y empeñado su palabra. Y tampoco pueden exigir ahora que la Xunta vuelva cuanto antes a la mesa de negociación. ¿Qué mesa? No se puede negociar nada con alguien que incumple un compromiso formal adquirido en nombre de un colectivo. Y eso no va solamente por los negociadores sino por los funcionarios, que debieran pensar seriamente si están bien representados.

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