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Espantajos de los bosques

MI RELACIÓN con las corridas de toros se acabó hace ya años. Cinco o seis veces había ido yo a la plaza de Pontevedra en toda mi vida. Simplemente dejé de ir porque tampoco me entusiasmaba aquello y porque algunas cosas hay que dejar de hacerlas. Decía el Padre Sarmiento en mil setecientos y pico que "el animal más inútil, más nocivo y más pernicioso que hay en España es el toro. ¿De qué sirven en España esos espantajos de los bosques, esas inútiles fieras, esos ociosos animales?". Lo que Sarmiento proponía era la desaparición de los toros de lidia, pues si sólo tenían utilidad para ser toreados y muertos en una plaza para celebrar una "fiesta bárbara", entonces no servían para nada. Y eso es lo que acabé yo pensando.

Mantuve no obstante, y hasta hace unos pocos días, un vínculo sagrado con esos animales inútiles. Todos los años, sin faltar ni un solo día, seguí con fervor los encierros de Pamplona. Desde casa, claro, por la tele, desde que los retransmiten, que tampoco era cosa de irse a Pamplona para eso. Bien, el caso es que estaba el otro día viendo el encierro. Al acabar, repetían a cámara lenta el momento en que el pitón de un toro se introducía en el muslo de un individuo, mientras el locutor, con la voz temblando de entusiasmo, decía: "Éste ha sido sin duda el momento más espectacular y emocionante del encierro de hoy". Luego, como todos los días, salió un señor para dar cuenta del parte de bajas. Contusiones craneales, traumatismos y heridas por asta de toro. Y me dije que hasta aquí hemos llegado, como le dijo Rajoy a Sánchez. No es que de pronto dejara de gustarme aquello. Es que me pregunté qué hacía viéndolo, pues tan bárbaro es un espectáculo en el que una persona mata a un toro como otro en el que un toro mata a una persona, por mucho que la persona se exponga a ello de manera más o menos reflexiva, sea por valor, por perpetuar una tradición, por vivir una experiencia nueva o por cualquier motivo.

Dejándome arrastrar inmediatamente por la fe del converso, pensé que si es ilegal que yo me fume un pitillo en un bar por si mato al mozo de la mesa de al lado con mi humo, también debería serlo que ese mismo mozo o moza se exponga a morir de una cornada en Pamplona. Y me dije que aunque me guste verlo, no debo hacerlo. Tampoco pasa nada. Dejé de ver Gran Hermano en la segunda edición y el programa sobrevivió sin mí, como sobrevivirán todos los encierros que se celebran cada año en España y en los que muere gente o queda malherida. Pero no es sano ni edificante disfrutar de un espectáculo que solamente ofrece el riesgo a morir de los participantes. Por eso vemos los encierros: porque puede morir gente, o quedar parapléjica. De no ser así, no los veríamos. Pruebe a soltar usted media docena de ovejas en Pamplona. No habrá corredores ni público, porque ver a seis ovejas corriendo entre la gente no tiene ninguna gracia.

Hay cosas que uno ha dejado por la única razón de que no están bien. Tampoco es que vaya diciéndole a nadie lo que tiene que hacer, que por mí puede hacer usted aquello que le venga en gana siempre que la ley lo permita, o incluso cuando la ley no lo permite. También es verdad que es difícil marcar el límite, poner la fecha al momento en que algo que viene haciéndose toda la vida ha de dejar de hacerse. El bueno de Sarmiento lleva tres siglos diciéndonos que la tauromaquia, en cualquiera de sus formas, es una fiesta salvaje que debiera prohibirse, y casi nadie le ha hecho caso, o sea que mucho menos caso me lo harán a mí, que no soy Sarmiento, por pedir que se supriman unos encierros que yo he dejado de ver hace menos de una semana.

A mí, en cualquier caso, me permitirá romper mi último lazo con el mundo del toro. Creo, como Sarmiento, que ninguna sociedad necesita a un animal que sólo sirve para matar a una persona o ser torturado hasta la muerte por otra. Ni el toro ni la persona merecen morir en un espectáculo, e incluyo a los toreros que se ganan la vida matando toros. Lo hacen porque pueden, porque es legal aunque sea moralmente cuestionable. Yo confío en que algún día estos espectáculos basados en la muerte violenta de personas y animales desaparecerán por falta de público si no desaparecen por ley.

Tampoco creo que sean muy útiles los debates entre taurófilos y antitaurinos. Todos estos argumentarios que se cacarean una y otra vez. O se cree que está bien torturar a un animal, o se cree que está mal. Yo creo que está mal. O se cree que es divertido ver a un corredor jugándose la vida en un encierro, o no se cree. Yo creo que sí, supongo que porque siempre he sido de evoluciones lentas y de no pensar mucho las cosas. Pues hoy pienso que aunque el de los encierros sea un espectáculo emocionante, que lo es, no está bien poner el despertador para comprobar si un toro le parte la columna a un corredor. Hay tanta violencia gratuita en este mundo que montar encierros en los que puede morir alguien, es una atrocidad.

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