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Hágase ribadense

No sabría aproximarme a la fecha. Fue hace muchos años, eso sí lo sé. Mi señora y yo fuimos al cine. Compramos entradas para ver alguna película, no recuerdo cuál. Faltaba algo más de media hora, así que para matar el tiempo compramos unos bocadillos y algo de beber, creo que cervezas. Nos acercamos a la estación de tren, que estaba a pocos metros y ahí, frente al andén, pasé el mejor momento de mi vida. No puedo explicar el porqué, pero si algún día me muero, ése será mi mejor recuerdo, el último que aspiro a revivir.

No había nadie alrededor; nadie esperaba un tren. Nada más. Algo ocurrió. Fui la persona más feliz del mundo durante quince o veinte minutos. Si yo trato de reproducir aquello, provocaré una catástrofe. Si llego un día y le propongo a mi señora ir a la estación a comer un bocadillo, a los diez minutos me llamará su abogado para contestarme. La vida es así. Ella no recuerda ese momento, que la conozco. Porque lo que ocurrió fue que se dio un momento. No un lugar ni un encuentro. Una pareja comiendo un bocadillo y bebiendo una cerveza en cualquier lado, en silencio, mientras uno de los dos era feliz y la otra sólo hacía tiempo. Hubiera querido congelar aquello y que durase tanto como toda mi vida. Eso nunca sucederá. Los momentos tienen eso, que son irrepetibles.

Luego están los lugares. Si a mí me ofrece usted una semana en Nueva York , en Londres o en París , no me interesa. No me gusta ser turista. No quiero pasear por los Campos Elíseos ni respirar el verdadero ambiente de Chinatown o de Little Italy . No tengo el menor interés en personarme en ninguno de esos sitios para ver la Torre Eiffel ni un puente sobre el Támesis . Supongo que serán monumentos de una espectacularidad a la altura de su fama, pero a mí eso no me hace feliz. Jamás me plantaré ante una pirámide en Egipto ni conoceré la Ciudad Prohibida . Odio esas cosas: las excursiones, los desplazamientos, los trenes, los metros, los planos, las colas, el no entender otras lenguas, el no saber qué pedir para comer. Odio andar por ahí perdido preguntando a la gente dónde queda tal museo o tal iglesia que además no quiero ver.

Ribadeo es otra cosa. Hace un par de meses, necesitado de tres días de vacaciones, acabamos en Ribadeo de casualidad como podíamos haber acabado en Guimaraes, porque un buen amigo nos ofreció las llaves de su casa. A las dos horas de llegar yo había comprendido que Ribadeo es el segundo mejor lugar del universo conocido. No iba yo como turista. Teníamos instrucciones precisas para vivir como ribadenses: dónde desayunar, dónde comer según el menú deseado y la disponibilidad económica; dónde tomar una caña o una copa y a qué hora. Así que nada más llegar me convertí en ribadense y durante tres días hice la vida de un ribadense de vacaciones. Lo mismo que hace uno en Pontevedra o en Ourense, supongo. Callejear, sentarse en terrazas y disfrutar de la ciudad y de sus gentes. Al segundo día ya había adquirido una rutina y llamaba a los camareros por su nombre. Cuando se acabaron esas vacaciones, volví llorando.

No sabría decir qué me ocurrió con Ribadeo, como no puedo explicar por qué aquel bocadillo me hizo feliz. Puedo decir que es una ciudad mágica, hermosa, cómoda, amable y acogedora. A mí me bastó. Mucha zona peatonal, monumentos con los que uno se va tropezando sin buscarlos, unas casas indianas muy agradables a la vista, y sobre todo, un lugar en el que me encontré en paz, algo que jamás me sucedería en Berlín o en Nueva York. No podría volver de Nueva York sintiéndome neoyorkino, pero le juro a usted que cualquiera puede visitar Ribadeo y volver medio ribadense.

Se me ocurren muchas otras ciudades de características similares. Conozco unas cuantas entre Galiza y Portugal, que para mí es todo el territorio necesario. Pero ahí recibí alguna especie de descarga genética misteriosa y volví con un ADN diferente. Cada día, desde entonces, echo de menos comer raxo en O Rincón do Gordo , cenar en Pizzburg y tomarme una copa en O Recuncho . Cada día quisiera pasear por la Praza do Campo o entrar en Gráficas Santiago a ver libros.

Haga usted con su vida lo que le dé la gana. Váyase a Nueva York o a Roma . Pero le aseguro que será usted un irresponsable si abandona este mundo sin conocer Ribadeo. Uno debe morir siendo algo ribadense. Ribadeo no es como San Andrés de Teixido, que se puede dejar para después. Si usted no lo visita en vida, arderá eternamente en los infiernos con todo merecimiento, y sus hijos, y los hijos de sus hijos hasta la séptima generación. Hacerse de Ribadeo, aunque sea un poco, no es un derecho: es un deber.

Cuando muera, que lo haré en mi Pontevedra recordando aquel bocadillo en el andén, quede aquí dispuesto, recójanse mis cenizas, y un porcentaje de ellas, las equivalentes a mi nueva sangre ribadense, viértanse ante la puerta del Pizzburg, el restaurante más populoso que tenemos los de Ribadeo. Mis otras cenizas, las pontevedresas, que son la mayor parte, ésas ya me dijo mi señora que piensa ponerlas encima de la tele.

Hágase ribadense
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