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La cabaña de Mariano

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. J.P. GANDUL (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. J.P. GANDUL (EFE)

EL PASADO viernes, tras conocerse la primera sentencia de la Gürtel, Rajoy me recordó a mi vecino Eduardo y al día en que un grupo de niños conocimos la maldad. Veraneábamos en la playa de Chancelas y había ahí cada año dos grupos de niños y niñas. El de los pequeños, en el que estaba yo, que estaríamos entre los 7 y los 10 años, y el de los mayores, al que pertenecía Eduardo, y nos llevaban unos 4 o 5 años.

Un día, a medio verano, Eduardo se presentó ante nosotros y nos propuso construir una cabaña. Él, dijo, ya había encontrado una localización en el monte que subía junto a la casa de sus padres. la cabaña sería de nuestra propiedad y nosotros decidiríamos colegiadamente qué uso se le daría y a quién podríamos invitar a entrar. la idea nos pareció formidable. dedicamos unas horas todos los días, después de la merienda, a trabajar en la cabaña. Eduardo, que lógicamente era nuestro líder, trabajaba como el que más; cumplió las funciones de arquitecto, ingeniero y maestro de obras. Resultó de aquello una construcción amplia y sólida, que apenas requeriría en veranos sucesivos más que unas sencillas obras de mantenimiento y con el tiempo alguna que otra ampliación.

Cuando la construcción estaba terminada, Eduardo propuso inaugurarla. Él mismo eligió la fecha. El día señalado todos subimos ahí con nuestras familias. las madres habían preparado tortillas, ensaladillas, empanadas y no sé qué más, y llevaban botellas de Fanta y vino para ellas y sus maridos. Eran otros tiempos. los padres no participaban en labores culinarias. se limitaban a comer y a beber. Cuando llegamos allí no había cabaña. sus restos estaban esparcidos por el suelo. Eduardo tampoco aparecía por ningún lado. Mientras todos los niños llorábamos, las mamis trataban de consolarnos y los padres descorchaban el vino con indiferencia, la madre de Eduardo mandó a dos o tres de nuestro grupo a buscarlo. lo encontraron en la playa y volvieron con él. Nada más acercarse, la madre le dio un sopapo sin hacer pregunta alguna. Nosotros no entendíamos nada y tardamos unas horas en saberlo. Eduardo había tirado la cabaña para aguarnos la fiesta, no porque le hubiéramos hecho nada. simplemente porque era una mala persona y su madre lo sabía y tenía claro que el culpable era él, de ahí el bofetón. los días que siguieron, todos los niños de Chancelas  nos preguntábamos cómo alguien capaz de trabajar horas y horas bajo el sol había sido capaz de destruir su propia obra.

El problema es que no hay una madre que le dé un sopapo a Rajoy

No me acordé de Rajoy por ser una mala persona. No lo conozco, pero sí a sus mejores amigos de toda la vida. Unos dicen que es un mal bicho y otros dicen que no lo es. depende en buena medida de si han sido enchufados por él o no. Me acordé de Rajoy porque está destruyendo su propia cabaña. la cabaña en la que trabajó durante años, que en su caso fue heredada de Fraga y de aznar, se viene abajo cada día. Muchos de los niños que le han ayudado a construirla están entre rejas o a punto de estarlo.

El problema es que no hay una madre que le dé un sopapo a Rajoy y lo mande a su casa castigado. Tampoco hay entre los suyos nadie con autoridad para hacerlo. Y muchos de los que lo seguían ya no se fían de él, como nos pasó a nosotros con Eduardito. saben que está dispuesto a destruir la cabaña hasta los cimientos y dejar pasmados a los que llevan la empanada, el vino y las fantas. la gente como Rajoy o como Eduardo nunca se retira voluntariamente. o tienen una mami que le dé una bofetada o se quedan ahí para siempre. Todos aquellos niños hubiésemos seguido confiando en nuestro vecino. Fue su madre la que nos hizo ver que aquél era un niño malo. Nos abrió los ojos y siempre se lo agradeceremos, pues cuando hoy, después de 40 años, nos lo cruzamos por la calle e intenta embaucarnos de nuevo, lo mandamos al carallo.

Los que están bajo el liderazgo de Rajoy saben lo que está pasando. saben que es el arquitecto que hunde su propia cabaña. si fueran niños lo abandonarían, pero no pueden porque no son niños. aspiran a que se vaya porque no lo conocen bien.

Hará como nuestro vecino Eduardo. aquel día, mientras merendábamos entre llantos y nuestras madres trataban de organizarnos la merienda entre las ruinas y nuestros padres se bebían el vino, Eduardo recibió el sopapo y antes de irse castigado a su casa nos miró a todos, uno a uno, miró luego a los restos de nuestra cabaña y sonrió. Estaba orgulloso.

En eso también se parecen Eduardo y Mariano. Mariano también está orgulloso de las ruinas de su cabaña. se vio el otro día, tras conocerse la sentencia. Miró a los periodistas, miró a la cámara, miró a los españoles a la cara y al comprobar que no hay nadie en su partido dispuesto a darle una bofetada, se enorgulleció. sabe que seguirá siendo el jefe de su cabaña hasta que no quede ni rastro de ella.

La cabaña de Mariano
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