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La secta

NO HAY NADA en este mundo más sobrevalorado que un infarto. En el cine, la gente que sufre un infarto se lleva la mano al pecho, se vuelve verde y se desmaya. Nada que ver con la realidad, al menos en mi caso. Yo celebré uno el pasado viernes y no hice nada de eso. Uno goza de una educación que le impide cambiar de color en toda circunstancia, y mucho menos para ponerse verde, que es algo absolutamente indecoroso. 

Los síntomas son los que siguen: dolor agudo en el pecho, aunque mucho menos agudo que en el cine, como queda dicho. El citado dolor puede trasladarse al brazo izquierdo, aunque tengo la sospecha de que eso no sucede más que en la imaginación del individuo infartado; se experimenta cierta dificultad para respirar, aunque no es para tanto. En mi caso, la misma dificultad para respirar que cuando subo la cuesta de Cobián Roffignac. Sudores fríos, también sin exagerar. Resumiendo, los síntomas de un infarto son los mismos que experimentaría Rajoy si le propusieran un debate con Mario Vaquerizo. 

Si usted no ha sufrido todavía un infarto, no tema. Lo sufrirá con cierta probabilidad. El infarto es la excusa que tienen los que lo rodean para cambiar su tradicional modo de vida. No fumes, no bebas, haz ejercicio, cuida tu dieta, adelgaza. Yo le juro a usted que todos los que dicen esas cosas morirán igualmente, muchos de ellos antes que usted y ojalá que lo hagan de un infarto. Para los expertos en infartos, que son todos los habitantes del planeta, existen varias razones causantes: la primera de ellas es que es un aviso, aunque no hay acuerdo en quién manda el aviso. Un aviso que te manda el cuerpo, dicen unos; un aviso que te manda Dios, dicen otros. No sé qué clase de aviso es ése, pero tampoco es para tanto. Una vez me golpeé un dedo con un martillo. El dolor fue mucho más largo y doloroso que el del infarto, y nadie vino a anunciarme el juicio final. 

Dicho todo lo anterior, en Montecelo tienen gran fe en los productos del huerto. Desde que he ingresado aquí me han ofrecido un kiwi, un plátano, una naranja, patatas y brécol. Comiendo porquerías así es como me dio el infarto. La dieta está ciertamente descompensada, pues se completó con un bistec en la cena y pollo para comer. Si las cuentas salen bien, cinco vegetales frente a dos productos cárnicos. Pero es que además me han dado un café sin cafeína con leche sin nata y un yogur de macedonia o algo similar. Esta gente está empeñada en envenenarme con la complicidad de mi familia y de la Consellería de Sanidad. 

Montecelo no necesita una ampliación, al menos donde estoy yo. Ayer tenía un compañero de habitación que esta mañana ya no estaba, así que aquí lo que sobra es sitio. Pregunté por él y me dijeron que ahora estaba en un lugar mejor. La respuesta es inquietante. O lo bajaron a planta o está en el cielo comiendo fruta. La gente aquí es muy amable y eso también es raro, porque nadie es amable por naturaleza. Igual Montecelo es una gran secta que busca la salvación a través de la fruta. Es sabido que en las sectas la gente es amable, pues captan a sus adeptos a través de la bondad, la sonrisa y el amor. Que si comes este kiwi te encontrarás mejor, que ya verás cómo en unos días irás a un lugar mejor como tu compañero de habitación que desapareció la pasada noche, que el estar incomunicado es bueno para tu futuro, que los teléfonos no son necesarios allí donde vas, y así. O sea, que existen grandes probabilidades de que en cosa de unos días me encuentre yo en una granja participando de un suicidio colectivo y convencido de que una nave espacial va a venir a rescatar a nuestras almas para llevarlas a un planeta lleno de frutas y legumbres donde todo será mejor y nuestro líder, un hombre con largos cabellos blancos y una túnica rosa me abrazará para transmitirme la verdad. 

Lo importante es que si usted sufre un infarto, habrá gente dispuesta a salvarle la vida, pero cuidado. Salvar la vida no significa una necesaria inmersión en un mundo donde las hortalizas son la fuente de la vida. La fuente de la vida son el azúcar y la sal; la carne y en menor medida el pescado. La humanidad no ha llegado hasta aquí comiendo kiwis. Ha llegado a base de carne y cerveza. El vegetariano era Hitler. No tuvo un infarto, que se sepa, pero su salud era quebradiza y estaba siempre matando o mandando a morir. 

Así que si usted celebra algún día un infarto, no se me meta en una secta.

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