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La vida en el bolsillo

HACE DOS viernes, en cuestión de una hora y media, mi vida cambió una y otra vez para siempre y dio tantos vuelcos que ahí se marcaron un montón de antes y después. Demasiados giros argumentales que en cualquier trama de ficción, según yo enseño a mis alumnos, no acostumbran a sucederse uno tras otro y suelen espaciarse a lo largo del relato.

Volvía de la TVG, de Área Pública, con Rosanna López Salgueiro. Somos compañeros allí en la tele y aquí en el periódico. Aunque nunca estamos de acuerdo en nada o en casi nada, sentimos un mutuo aprecio personal, según quiero creer. Pues me dijo que ella es reservista del ejército. Le pregunté si en caso de una inevitable e inminente invasión del territorio español por tropas catalanas, mi vida y la de los míos podrían acabar en sus manos y me dijo que con cierta probabilidad así sería; quise saber luego si sabe disparar y contestó que era una excelente tiradora. Entonces yo me imaginé a Rosanna conteniendo a tiro limpio el avance del ejército enemigo.

Profundizando en el asunto, le pregunté si iba armada en ese momento, para mi tranquilidad, pues si los invasores nos tendían una emboscada ahí mismo, en medio de la autopista, de nada me valdría su protección frente a los tanques rivales si no portaba un fusil, o al menos una pistolilla. Me dijo que no, pero que eso no supondría problema alguno, pues está entrenada en técnicas de defensa personal. Ahí me sentí tan seguro como profundamente desconcertado, pues comprendí que si en algún momento ella me considerase un enemigo, podría reventarme el cráneo con la mirada. En ese instante, mi visión global de las cosas cambió para siempre.

Tan distraído andaba yo imaginándome a Rosanna López Salgueiro salvando a leches nuestro modelo de civilización, que minutos después de bajarme del coche advertí que no llevaba conmigo mi teléfono. Pedí otro dispositivo a un hostelero de confianza y marqué el único número que conozco de memoria, que es el de mi señora, para pedirle que llamara a la tele y avisara al conductor, rezando para que el aparato estuviera con él. Mi señora, en mi opinión influida negativamente por la situación actual, me dijo que no tenía claro si entre sus responsabilidades se encontraba la de realizar esa gestión, estando como está en funciones; que no tiene por qué dar explicaciones a un Parlamento que no la ha elegido, que aquí nadie facilita la gobernabilidad y que como tengamos que prorrogar los presupuestos, a ver qué.

Durante una hora, mientras nada más sabía del asunto, comprendí que con la pérdida de aquel aparato se me estaba yendo la vida y que nada volvería a ser igual. Ahí se me quedaba gran parte de mi pasado y todo mi futuro, entre contactos de amigos a los que jamás volveré a ver y de enemigos de los que nunca recibiré una llamada. Lloré todas las pérdidas que nunca he lamentado lo suficiente: la de mi madre, que se me fue prematuramente; la de mi padre, que murió a miles de kilómetros de mí. Lloré la distancia con mi hija, que vive en Dublín y la de dos de mis hermanos, en Londres una y en México el otro. Lloré por Kenia, una perra tonta que anduvo entre mi familia toda la vida y a la que siempre ignoré hasta la misma víspera de su muerte, el día en que aprendí a amar a los animales. Me recordé acariciando por primera vez a la pobre Kenia, cuando agonizaba, sintiéndome un ser despreciable mientras ella, que había solicitado mi atención toda la vida, moría de vieja, me miraba sintiéndose al fin reconocida y dedicaba buena parte de sus últimas fuerzas a mover el rabo para explicarme que a pesar de todo me quería y apreciaba aquella mezquina muestra de afecto. Lloré a gritos todo lo que he perdido en la vida, desde que nací: amigos muertos en accidentes o por enfermedades; gente querida con la que he desconectado para siempre; un millón de oportunidades que fui dejando escapar una tras otra. Por primera vez, sentí de golpe todas las ausencias, y sin orden ni consuelo las lloré todas juntas.

Ya estaba dispuesto a pasar el resto de mi vida llorando cuando recibí la llamada de Xosé Fernández, el compañero que nos había devuelto a casa y que, en su camino de regreso, a la altura de Caldas, advirtió o fue avisado de que mi teléfono, sin batería, estaba en su coche. Dio media vuelta, se vino al periódico a preguntar por mí y se presentó en mi domicilio. Otra vez mi vida cambió para siempre.

Mi existencia, destruida minutos antes, se recompuso en un instante. Yo, con los traumas de mi pasado medianamente saldados, recibí a Xosé Fernández como al héroe que me devolvía la vida. Dormí luego como un bebé, sabiendo que hoy se lo debo todo a Xosé Fernández y que si en adelante nos invaden las hordas enemigas, Rosanna las detendrá. Y si ella falla, que no lo creo, y el enemigo catalán me provoca la muerte, buscaré a Kenia para pedirle perdón y seré tan feliz como cuando la vida nos pertenecía porque la llevábamos dentro, no en un bolsillo, y no podíamos olvidarla en el asiento de un coche.

La vida en el bolsillo
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