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Las hachas falsas

 
José María Aznar. KIKO HUESCA
José María Aznar. KIKO HUESCA

DIOS NOS diseñó para creer. Eso no depende de que usted o yo confiemos en él. Somos gregarios y aceptamos que un líder sabe más que nosotros y nos guía por el camino correcto. Es lo más fácil. Millones de españoles desfilaron ante la mosca aquella que profanaba el rostro del cadáver del genocida Francisco Franco. Una y otra vez creemos que los líderes saben lo que proponen y nos entregamos a ellos porque creemos que no buscan otra cosa que el bien común.

Una y otra vez votamos a partidos que sabemos que nos han robado y que seguirán haciéndolo. La razón es sencilla: creemos que tienen buena fe porque nosotros la tenemos. Nos mintió Suárez cuando juró democracia; nos mintió Felipe al prometernos que Otan no; nos mintió Aznar y luego Zapatero, y Rajoy y ahora Sánchez. Y nos mienten Pablo Iglesias y Albert Rivera. Mienten cada vez que abren la boca. Todos mienten y la culpa no es suya, ni de nadie, o es de todos.

Hay un ejemplo: hace miles de años, en lo que hoy es Galiza, unos y unas, o unas y unos, montaron una empresa para fabricar hachas. En Samieira, cerca de Pontevedra, apareció hace unas décadas una portentosa colección de hachas de la Edad del Bronce, cerca de 200 ejemplares, hoy custodiados y exhibidos en el Museo de Pontevedra. Arqueólogos, historiadores y antropólogos estudiaron las hachas. No hay en toda Europa más que uno o dos hallazgos tan gloriosos. Después de años y años de tratados, ensayos, estudios y análisis, todos los que se han dedicado al asunto muestran su perplejidad. Las hachas de Samieira son quebradizas, no sirven como arma bélica ni como herramienta. No sirven para nada. Entonces, todos los que han estudiado esas hachas se vuelven locos ofreciendo teorías: que si eran utilizadas como moneda; que si eran lingotes de la época, que si tal o cuál. Pero todas esas propuestas se caen por su propio peso: las hachas tienen un alto contenido en plomo, la aleación con la que están construidas varía entre cada ejemplar porque se fabricaron a boleo. En fin, que nadie puede explicar para qué se hicieron; quién montó una industria para fundir esas hachas que no sirven para nada y quién se trasladaba desde el Mediterráneo para comprarlas, pues es sabido que la mercancía estaba destinada a esa zona.

Somos ingenuos, somos gregarios, tenemos buena voluntad
 

Nadie se atreve a formular la tesis más lógica: que los fabricantes de esas hachas eran unos estafadores y que las famosas hachas de Samieira eran hachas falsas fabricadas para engañar a los compradores. Los arqueólogos y los historiadores son capaces de demostrar que nuestros antepasados eran capaces de navegar, de comerciar, de construir, de fabricar, de desarrollar tecnologías, pero a ninguno le cabe en la cabeza que tuvieran la habilidad de estafar. Todos confían en que la gente era buena, como confiamos hoy.

La estafa, pues, dura miles de años. Por eso sostengo que somos construidos para creer en el engaño. Si alguien nos estafa tendemos a creer en él, y una vez que comprobamos la mentira, damos una segunda, tercera y cuarta oportunidad. Si después de miles de años no somos capaces de imaginar que los fabricantes de las hachas de Samieira no eran gente honrada y montamos decenas de tesis increíbles para explicar su honestidad, ¿cómo no vamos a creer que Albert Rivera no es un fascista?

Somos ingenuos, somos gregarios, tenemos buena voluntad. Estamos diseñados para creer en la bondad de los líderes. Si una persona, o decenas de expertos que dedican años a estudiar las hachas de Samieira, son incapaces de imaginar que son producto de una estafa, a pesar de tener ante sus ojos todas las pruebas imaginables, ¿cómo se nos puede pedir que comprendamos que un líder político es un embaucador?

Nuestra vida es como la de los compradores de las hachas de Samieira. somos unos ingenuos incapaces de reconocer a un estafador. Somos los que compran las hachas o los sellos de Afinsa y Fórum Filatélico; somos los que se dejan estafar por Mario Conde, por la familia Ruiz Mateos, por Jesús Gil, por Rato, por los de los ERE, por Felipe, por Aznar, por Zapatero, por Rajoy, por Sánchez, por Pujol, por quien sea. Somos los que votamos una y otra vez a quienes nos estafan.

Nos queda un consuelo: que dentro de algunos miles de años alguien se atreva a decir lo que es obvio: que las hachas de Samieira son un timo de la Edad del Bronce, que desde entonces vivimos en una permanente estafa ideada por cuatro estafadores ingeniosos, que una y otra vez compramos hachas falsas y si nos negamos a creer que la culpa es nuestra, jamás reconoceremos que somos un pueblo ingenuo y engañado por una panda de estafadores.

Ni siquiera voy a sostener que eso sea bueno a malo. Da igual. somos así. No hemos cambiado desde la Edad del Bronce, así que tampoco vamos a creer que de la noche a la mañana podemos convertirnos en una sociedad desconfiada. Llevamos miles de años comprando esas hachas falsas y no vamos a cambiar ahora.
 

Las hachas falsas
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