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Malcriados

EL DESPRESTIGIO a través del insulto es un arma formidable y de una eficacia proporcional a su difusión. Tiene un inconveniente: que cualquiera la puede utilizar y que funciona en todas direcciones. Es decir, que si los insultos vuelan por doquier, el desprestigio alcanza a todo el mundo. Y tiene efectos colaterales duraderos. Por ejemplo, si yo digo que usted, o su mejor amigo, tiene el pasado manchado de cal viva, no podré pedirle que me haga vicepresidente de un gobierno presidido por usted. Así no funciona.

Es poco útil. El insulto personal no sirve para abrir puertas, mantener líneas de contacto o tender puentes. Solamente sirve para todo lo contrario. De toda la vida, los líderes han acusado al rival de corrupción, acusaciones por lo general ciertas. Formaba parte de un juego que unos y otros practicaban con cierta deportividad. Tras todo aquello había un último rastro de elegancia y de respeto mutuo que últimamente ha saltado por los aires. Hoy se lanzan al insulto y muestran odios viscerales, como gallitos adolescentes cargados de testosterona. No han entendido nada. Sánchez le dice a Rajoy que es un indecente, Rajoy se dirige a los diputados socialistas como si fueran tontos, Iglesias acusa a González de asesinato. Y aunque algunas de esas cosas sean ciertas, o todas ellas, no parece la mejor manera de buscar un entendimiento.

Esos cruces de insultos son también insultos a la inteligencia de millones de votantes ajenos a tonterías. Si no quieren llegar a un acuerdo, no lleguen, que nadie les manda, pero no se comporten como estúpidos ni luego se pregunten por qué la política está tan desprestigiada y los líderes tienen índices de valoración nefastos. Todas las estrategias están basadas en tres insultos y cuatro frases hechas, como si estuvieran diseñadas por equipos de berberechos incapaces de discurrir una idea decente. Han renunciado a la brillantez y a la dignidad, y lo han hecho a lo bestia. Únicamente hay algo de respeto entre Sánchez y Rivera , que han decidido compartir su desprestigio, y que durará lo que dure, previsiblemente hasta la nueva campaña electoral.

Realmente creen todos que la gente los ha puesto ahí pasa eso y que es lo que los votantes esperan de ellos: que en lugar de confrontar ideas o proyectos, confronten ofensas, y que tendrá más derecho a gobernar quien lance la mayor injuria. También creen que los acuerdos no se negocian: se exigen. La exigencia, de hecho, es la mejor manera de no llegar a un acuerdo, principalmente porque exigencia y negociación son términos opuestos entre sí. Cuando hay una cosa no puede haber la otra.

Creo, y lo digo con absoluta convicción, que cualquier grupo de personas elegidas al azar podría llevar este asunto mejor que los líderes. Se hubiera alcanzado un acuerdo a tres bandas hace un par de meses. Pero aquí la rivalidad es para ellos algo personal. Las miradas de odio que se lanzan son reveladoras. Debería llegar alguien, como el rey, y obligarles a darse un abrazo, como hace un profesor con dos alumnos que se pelean. A fin de cuentas, el rey tiene el papel de mediador, que no debe estar mal pagado.

La calidad de nuestros políticos es pésima. Parecen fabricados en China. Son poco duraderos, no funcionan correctamente y son todo apariencia y envoltorio. Para eso hemos soportado una guerra y cuarenta años de dictadura, para acabar en manos de unos señores que se comportan como críos enfurruñados. Aquí lo que está en juego no es el futuro de los españoles. Lo que está en juego es el ego de los cuatro líderes, su prestigio personal. No importan los puestos de trabajo, ni el estado del bienestar ni ninguna de esas chorradas. Importa ganar la batalla del descrédito en la que se han embarcado todos. Y es un error de manual. Si los cuatro eligen la misma estrategia, dos o más se equivocan. No puede funcionarles a todos. Solamente conseguirán cubrirse de fango unos a otros mientras intentan permanecer en pie. Todos estamos obligados a contemplar y aplaudir un espectáculo grotesco que además es carísimo. Pase lo que pase, ahora o dentro de unos meses, acabaremos gobernados por uno de estos, que tendrá el apoyo de uno o dos de estos mismos. Bien visto, casi da más miedo que lo puedan conseguir. Estaremos en manos de unos niñatos enrabietados incapaces hasta de saludarse. No pueden gestionar la crisis entre ellos y nos vamos a creer que son las personas adecuadas para sacarnos de donde estamos.

No se entiende para qué se meten en política si no saben hacer política ni tienen interés en intentarlo. Hay gente que pasa hambre, pero aquí lo que importa es saber quién consigue mantener el orgullo intacto.

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