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No se crea nada, juventud

USTED QUIERE cambiar las cosas, y hace bien. Vive usted, juventud, en un país tristón y pobre, y no quiere el futuro que le hemos dejado. Sabe usted que desde que nació ha vivido bajo gobiernos del PP o del PSOE, y por eso usted es quien apoya mayoritariamente a Pablo Iglesias o menos mayoritariamente a Albert Rivera, porque cree usted que ellos van a cambiar las cosas. Los dos grandes partidos de toda la vida son cosas de viejos y no vamos a ser los viejos que la hemos traído a usted aquí los que ahora vayamos a arreglar las cosas.

Tiene usted razón en todo ello, y no voy a ser yo quien le diga lo que tiene que hacer, pero sí puedo decirle algo: desengáñese. Ni Iglesias ni Rivera le arreglarán a usted la vida. Si algún día alguno de ellos llega a la Moncloa, recibirá inmediatamente nueve o diez llamadas de banqueros, embajadores y grandes grupos, que son todos una panda de illuminati, y le harán ver que los que mandan son ellos y que hay cosas que uno no puede hacer por muy presidente que sea. Y si se muestra resistente, imagino que le mandarán a un hombre fornido y trajeado de la CIA para explicarle que las cosas son como son, y que si no le gustan alguien acabará reventándole la cabeza a él y a todos sus seres queridos y a su descendencia hasta la séptima generación. No sé. No sé cómo lo hacen, pero lo hacen. Le pasó a Felipe. Felipe, sépalo usted, era muy parecido a Iglesias, aunque más guapo y carismático. Mantenía un discurso radical contra la banca, la iglesia, las multinacionales y el militarismo. Creo que en aquel momento sus intenciones eran honestas y no trataba de engañar a nadie. Creía en el socialismo. Pues fue llegar el hombre al poder, algo pasó, tiró a la basura aquellas chaquetas de pana y se puso como un loco a meternos en la OTAN, él, que había sido el principal promotor de las campañas en contra. Su gobierno acabó como acabó, en medio de casos de corrupción y con medio ministerio del Interior en la cárcel por llevarse los fondos reservados y participar en la guerra sucia contra ETA. Hoy, perdidos todos los complejos, nos muestra en qué se ha convertido. Ya no le queda ni una pose de aquel Felipe combativo que nos prometió un cambio y nos lo dio, hasta puede que un cambio a mejor, pero nada parecido al que nos había vendido, con aquel Alfonso Guerra que gritaba todavía más y se ponía a dar saltos frente a un atril ofreciéndonos un paraíso que nunca llegó.

Mire usted a Tsipras, por ponerle un ejemplo reciente. Los griegos vieron en él al líder que los sacaría del abismo. No pudo. No le dejaron. Las presiones que recibió Tsipras, las amenazas al pueblo griego, las vimos todos en los informativos de televisión y en las portadas de los periódicos.

Por eso es importante que sepa usted, juventud, que nadie le arreglará la vida. Quizá haya alguno, entre los nuevos partidos o entre los viejos, que pueda hacer las cosas un poco mejor que otro, pero no demasiado. Fíjese usted en Pablo Iglesias. En cosa de año y medio, desde que lo conocimos, emprendió un viaje milagroso desde posiciones de izquierda radical a una socialdemocracia edulcorada. Ni aunque quisiera, que no creo que quiera, podría convertir a España en un régimen bolivariano. Ni le dejarían hacer eso ni casi ninguna de las otras cosas que sí quiere hacer. Mire a Albert Rivera. En seis meses montó unas primarias presentándose como el modelo de partido democratizador, echó a buena parte de los que las ganaron y nombró a dedo a sus sustitutos. Está aprendiendo cómo funcionan aquí las cosas y se adapta con rapidez.

Ponga usted sus esperanzas en quien quiera, juventud, pero sea escéptica. Prepárese a ser defraudada, que lo será. Vive usted en España, un país totalmente arruinado. Por muy bien que vayan las cosas, sépalo, tardaremos tantos años en salir de ésta que usted peinará canas y habrá perdido toda ilusión. Hágase a la idea: tendrá usted que buscarse la vida. Tendrá que aceptar trabajos precarios y mal pagados. Pasará largas temporadas en el paro y vivirá con sus padres porque usted no podrá mantenerse. O se irá al extranjero y eso, lamentablemente, sucederá gobierne quien gobierne. Sea usted rebelde, que es lo que tiene que ser a su edad, pero no se crea nada. No se crea las promesas de regeneración de los partidos de siempre, pero tampoco ponga más fe de la cuenta en el paraíso de los nuevos. Puede que los nuevos no se pongan a tirar el dinero de usted en aeropuertos sin tráfico aéreo, pero descuide. Lo acabarán tirando en otra cosa. Usted está sola, a la deriva, abandonada. Tampoco es el fin, siempre que encuentre locales donde vendan cubatas a un precio ajustado y coja las riendas de su futuro. El futuro ahora ya no es colectivo. En tiempos de caos el futuro es individual, como la conciencia, y cada uno tiene que sobrevivir como buenamente pueda. Intente cambiar las cosas, porque si no lo hace usted, imagínese lo que podremos hacer los de la generación que la hemos metido a usted en este lío. Inténtelo, digo, pero no se fíe usted ni de su sombra, juventud, o acabará escaldada, como nos pasó a nosotros.

No se crea nada, juventud
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