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¡Oh, Galifornia!

Estaba hace una semana o así viendo la televisión cuando un programa nos ofreció un catálogo de instrucciones para celebrar correctamente el Día de Acción de Gracias, y comprendí que definitivamente nos estamos volviendo tontos. Ese mismo día, El País nos ofrecía una “guía para celebrar un auténtico Acción de Gracias en España”. No sería preocupante de no ser por los antecedentes. Lo de Halloween, por ejemplo. Empezaron a colarnos Halloween así, con cierto sigilo y en tres años ya se había convertido en una tradición española.

Las tradiciones son innecesarias por su propia naturaleza. A nadie le pasa nada por no celebrar una tradición. No se conoce caso de alguien que se haya muerto por no festejar una cena de Navidad, aunque sí hay ejemplos de quien ha muerto por celebrarla, generalmente a manos de un cuñado borracho. Pues si ya las tradiciones propias no sirven de gran cosa, mucho menos las importadas. Papá Noel llegó a los hogares españoles un buen día, sin avisar, iniciando una descarnada competencia con los Reyes Magos, a quienes pilló tan desprevenidos como al pueblo español. Entre uno y los otros casi acabaron con nuestro Apalpador, con el Olentzero vasco y con el Tió de Nadal catalán.

Y ahora amenazan con Acción de Gracias. Eso de celebrar tradiciones de otros es la cosa más absurda que puede hacer un pueblo. Nadie lo duda: la cultura norteamericana se expande desde hace un par de siglos. Tiene sentido, porque hacen buen cine, buena música y buenos bombarderos, y todo ello es muy exportable, pero de ahí a que nos cuelen sus fiestas hay un buen trecho, o debiera haberlo. La fascinación por el producto estadounidense, sea cual sea, hace años que sobrepasa el absurdo. Como hacen buenas películas, vamos a celebrar sus costumbres para ser como ellos.

Curiosamente, todas esas tradiciones norteamericanas tienen origen europeo. Halloween fue llevado allí por emigrantes irlandeses y procede del Samhain celta; Santa Claus fue llevado por holandeses y Acción de Gracias viene de las fiestas de la cosecha que se celebraban en media Europa. Lo que han hecho con todo ello en los Estados Unidos es lo mismo que hacen con las salchichas, las pizzas, las hamburguesas o la comida mexicana. Ponerlo a su gusto y vendérnoslo como un producto suyo que nosotros adoptamos y compramos con gran entusiasmo.

La seducción que ejerce todo lo estadounidense roza la estupidez cuando en Galiza caen dos rayos de sol. Entonces nos referimos a nuestro país como Galifornia. He visto a gente que se indigna ante el topónimo Galiza, sosteniendo a gritos que debe decirse Galicia, pero en cuanto hace buen día sonríen alegremente y exclaman: “¡Galifornia, Galifornia!”. ¿Qué carajo es eso de Galifornia? ¿Es que ahora queremos ser californianos o es que creemos que realmente tenemos algo que ver con California? Me pregunto quién habrá sido el que se inventó esa necedad. Deberíamos cambiar el código penal para incluir eso como delito.

Con Halloween y Santa Claus ya no hay remedio. Hemos caído. Con lo de Acción de Gracias es deseable que la cosa no vaya arriba, aunque se ve venir que sí, que en tres o cuatro años acabemos sentados en familia frente a un pavo para celebrar otra fiesta estadounidense. Pero lo de Galifornia debe acabarse ya, o corremos el riesgo de acabar parvos perdidos. Es que detrás de Galifornia ni siquiera hay una fiesta con comida bebida y regalos. No existe, por tanto, excusa alguna. Lo de Galifornia es la mayor cesión de soberanía que se ha perpetrado en nuestro país desde que Roi Cofano do Valadouro traicionó al mariscal Pardo de Cela y vendió su cabeza a los Reyes Católicos.

Lo único positivo es que lo de Galifornia ni siquiera nos lo han vendido los norteamericanos. Lo hemos creado nosotros. Si lo hubieran inventado ellos se lo hubiésemos comprado, como les compramos a los Beach Boys, que es lo mejor que han hecho. Somos como somos, no como ellos, que jamás se referirían a su Estado como Calicia, porque los norteamericanos tendrán sus defectos, pero entre ellos no se cuenta el de promocionar algo que no les reporte beneficio alguno ni el de tratar de convertirse en lo que no son.

Es que si lo de Galifornia pasa de ser una moda y se asienta como tradición, y tenemos que pasarnos el resto de nuestra vida escuchando a un alto porcentaje de bobos chillando Galifornia cada vez que se asoma el sol, acabaremos creyéndonoslo, y eso es lo peor que le puede pasar a un pueblo: creerse californiano. Si esto sigue así, cuando nos demos cuenta estaremos celebrando el 4 de julio bajo la bandera de las barras y las estrellas, cantando el himno de los Estados Unidos con lágrimas en los ojos y exclamando emocionados: “¡Oh, Galifornia!”. Por algo nuestro propio himno nos pide prevención ante la ignorancia y la imbecilidad. No seamos imbéciles ni ignorantes, pero sobre todo no seamos galifornianos, que ya es lo que nos faltaba, que aún van a enterarse en California y pensarán que somos tontos.

¡Oh, Galifornia!
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