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Por unas empanadas

En el entroido de 2013, el colegio público Gregorio Sanz, de la cautivadora ciudad de Ribadeo, celebró una fiesta de carnaval. Para ello, como es habitual, se encargaron unos productos de panadería y confitería a un establecimiento de la vecina villa de Vegadeo. El asunto acabó como el rosario de la aurora. Una maestra acusó a otras dos, entonces directora y secretaria del centro, de apropiarse de dos empanadas, dos tartas de queso, dos pastelones de jamón y queso, dos bizcochos de naranja y dos tabletas de chocolate. El montante de la compra supuestamente sustraída por las maestras ascendía a 139 euros, es decir, redondeando, 70 euros por cabeza.

La cosa acabó en la Guardia Civil, de donde pasó a la fiscalía y de ahí al juzgado. La acusación pedía para cada una de las acusadas un año de prisión, dos de inhabilitación y una multa de 1.200 euros por un delito de malversación de caudales públicos. Eso generó un sumario de más de 400 folios, más de tres años y medio de instrucción y un juicio con jurado. Todo ello ocasionó a las arcas del Estado unos gastos de más de 20.000 euros. En su exposición, la representante de la fiscalía, sostuvo que «sea por un euro, por 139 euros o por tres millones de euros, lo que toca es juzgar si por parte de ambas acusadas hubo una malversación». Mal andamos cuando una fiscal sostiene ante un jurado que lo mismo da un euro que tres millones. A lo largo de los casi cuatro años que duró la instrucción, la factura de la panadería fue analizada por el consejo escolar, la Inspección de la Xunta de Galicia y el Servicio de Comedores de la Consellería de Educación. Según aclaró Luis Rego, abogado de una de las acusadas, a quien ustedes conocerán por haber sido alcalde de Mondoñedo, ninguna de esas revisiones aportó el menor indicio de delito, irregularidad o anomalía. Tampoco la acusación adjuntó a la causa más que el testimonio de unas cuantas personas mal avenidas con las acusadas.

A mediados de la pasada semana, el jurado las declaró inocentes. Lo que nadie podrá arrebatar a las dos maestras es el susto que se han llevado, el calvario que han sufrido y la desconfianza de parte de sus vecinos, incluidos alumnos, que durante todo este tiempo no sabían si eran o no culpables de un delito de malversación de caudales públicos. Eso lo llevarán a la espalda durante el resto de sus vidas, como una mochila de la que no podrán desprenderse. No se ha hecho justicia, pues nadie podrá reparar el daño moral. Todo por una acusación falsa. Todo por dos empanadas, dos tartas de queso, dos pastelones de jamón y queso, dos bizcochos de naranja y dos tabletas de chocolate que nunca existieron. ¿Qué puede hacer ahora la justicia ante tal desmesura? ¿Quién va a arreglar esto? No lo sé, pero imagino que alguna de las maestras, o ambas, tendrán familia: pareja, hijos y padres que habrán sufrido como ellas las miradas acusatorias y habrán soportado las sospechas.

Éste podría pasar a los anales de la justicia española como el caso más absurdo que ha llegado jamás a un tribunal. Estas dos maestras merecen mucho más que una absolución. Merecen ser resarcidas, desagraviadas. Su honor debe ser restituido. Merecen las disculpas públicas de todos y cada uno de los que han participado en este acto de mezquindad judicial. Merecen mucho más que las dos empanadas, las dos tartas de queso, los dos pastelones de jamón y queso, los dos bizcochos de naranja y las dos tabletas de chocolate que nunca se llevaron a sus casas. La acusación no sólo se reveló falsa e insidiosa. Fue un ataque frontal al honor de dos maestras inocentes ocasionado por una denunciante y unos testigos a los que las maestras no les caían bien y que provocaron un ingente gasto en recursos humanos y materiales que pagaremos entre todos. El sufrimiento de ellas y de sus seres queridos, eso no lo pagaremos entre todos. Eso no lo pagará nadie.

Digo yo que jueces y fiscales tendrán mejores cosas que hacer que encausar a dos maestras, sin ninguna prueba, y juzgarlas por malversación de caudales públicos. Todo por dos empanadas, dos tartas de queso, dos pastelones de jamón y queso, dos bizcochos de naranja y dos tabletas de chocolate que nunca existieron. Todo por celebrar una fiesta de carnaval para sus alumnos y alumnas, que no deja ser parte de su trabajo.

El precedente es terrorífico. Pensar que cosas como esta estén sucediendo y puedan volver a suceder causa pavor. Que un funcionario que hace su trabajo con honradez pueda verse de protagonista en medio de un relato de Kafka, sin saber cómo ni por qué, nos pone a todos en riesgo. Todo por menos de 70 euros en confitería. Mejor sería acabar con los carnavales escolares, no vaya a ser que acabemos ante un jurado por caerle mal a un compañero.

Por unas empanadas
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