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Querida Ence

HE RECIBIDO tus IV cartas de amor, que conservo enmarcadas en lo más profundo de mi corazón. No te extrañe mi respuesta. Una vez contesté a una epístola de San Pablo a los tesalonicenses. No tenía mucho sentido, ahora que lo pienso, muerto San Pablo hace casi veinte siglos y no siendo yo tesalonicense ni capaz de encontrar a Tesalónica sobre un mapa.

Adivino la mano temblorosa con la que coges la pluma, las palpitaciones gozosas que te llevan a escoger cada palabra de amor y la emoción esperanzada con la que te expresas. No dudes, Ence. Yo siento ahora exactamente lo mismo. Dices que me amas y preguntas si puedes albergar alguna esperanza, por lejana que sea, de encontrar algún día un lugar entre mis sentimientos. No puedo negar que me siento halagado. Cada vez que me escribes me transportas a un mundo de ensueño y no voy a ocultar tampoco que algunas veces me has provocado algún sonrojo al hacerme sentir tan deseado.

Quiero que entiendas que no me importa la diferencia de edad. Tú eres mucho más vieja que yo. Tampoco me asusta el peso: yo, unos 120 kilos y tú varios millones de toneladas, o más. No creo en las barreras del amor. Si Marujita Díaz se enamoró de Dinio sorteando distancias entre pesos y edades que todos juzgábamos insalvables, bien puedes tú enamorarte de mí. Tampoco es la belleza. Siempre he sido de los que creen que la belleza proviene del interior.

Dices que estás dispuesta a cambiar. Que vas a comprarte un nuevo perfume, que vas a hacerte varias operaciones de cirugía estética, que vas a dejar de fumar, que vas a sonreír y a cambiar de actitud y que todo eso lo harás por mí, para seducirme y ser merecedora del amor que solicitas. Sostienes que puedes cambiarlo todo salvo tu propia presencia en el lugar que ocupas. Lo entiendo. Ya hemos hablado de tu peso. Pero compréndeme, Ence, si dudo de la sinceridad de tus palabras. Cuando te enamoraste de mis abuelos y luego de mi padre, también juraste cambiar. Ellos te entregaron su corazón y se lo partiste. Recuerdo que pasaban frente a ti con dolido disimulo mientras tú apartabas altiva la mirada. Mi abuelo Jacinto marchó a Cuba a intentar olvidarte ahogándose en ron. Sólo consiguió lo segundo. Algunos días estoy dispuesto a creer en la franqueza de tus sentimientos hacia mí, pero entonces hago el esfuerzo de recordar tu pasado, que ni tú ni yo podemos ocultar.

Juras en tus cartas que te necesito. Lo dices con tal pasión, una y otra vez, que adivino la mirada acogedora con la que me escribes. He seguido paso a paso tu vida y he sentido la emoción inmensa de soñar con tu imagen, tan adueñada ya de mi corazón. Esta última frase la he plagiado de un libro de cartas de amor de los años 50. Pero como te he dicho, no me atrevo a creerte. Me amas, Ence, porque quieres vivir. Te comprendo. Incluso un ser monstruoso como tú se aferra a la vida, pero debes entender que nacemos para eso, para morir, para ser enterrados o incinerados. En tu caso, desmantelada. Estamos obligados a devolver a la tierra aquello que le hemos arrebatado. Debemos saber irnos con entereza y en paz.

Sé cómo te sientes. Has recibido tanto odio y tanto amor que no has sabido corresponder al uno ni al otro. Me preguntas si te amo. ¿Cómo responder a eso sin herir tus sentimientos? ¿Cómo evitar que mi respuesta te conduzca a la justa indignación que mis palabras provocarán? Conozco tu carácter, Ence. Pero el ardor con el que me escribes estas cartas que llevo grabadas a fuego en el corazón me obliga a responder con la sinceridad que te debo.

Ni siquiera soy capaz de jurarte que podemos ser amigos. Serían palabras vanas, una manera dolorosa de desentenderme de ti y no mereces eso. Hemos pasado tanta vida juntos que no sería justo el engaño.

Sé que no te conformarás con esta respuesta sincera. Que enviarás otras III o IV cartas, acaso más. Sé que cuando las lea volveré a sentirme amado y experimentaré nuevamente el deseo de corresponder con igual sentimiento, pero la razón, Ence, debe imponerse al corazón. Sé también que no lo comprenderás, que mi respuesta te llevará a desahogarte dispensando un poco de ese humo tuyo que hace estornudar a los gatitos y me gustaría poder evitarlo, pero la vida, tú lo sabes, no siempre se ajusta a nuestros anhelos ni a nuestras emociones.

Sólo puedo pedir tu indulgencia y rogarte que acojas esta carta sobre tu pecho, pues sabes que está escrita por alguien que estima el amor que le profesas aunque no pueda compartirlo.

Si ves a tu prima Elnosa, la de la lejía, dale un beso de mi parte.

Querida Ence
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