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Reloj, detén tu camino

No se puede detener el tiempo. Eso lo sabemos usted, yo y la mayoría de la gente, pero hay quien se resiste a creerlo. Rajoy, por ejemplo, está convencido de que sí, y tiene motivos.

Roberto Cantoral compuso ‘El reloj’, famoso bolero popularizado por Los Panchos y por tantos otros intérpretes, como Luis Miguel o Armando Manzanero, los más grandes junto a Metallica. Roberto, o el personaje de su canción, sabedor de que la mujer deseada lo abandonará al amanecer, pide al reloj que deje de marcar las horas: «Detén el tiempo en tus manos. Haz esta noche perpetua para que nunca se vaya de mí; para que nunca amanezca». Se equivoca Cantoral, eso está claro. Todos sabemos cómo acaba la historia, aunque la canción no nos lo cuente. Aunque el reloj obedezca, que no lo creo, y en lugar de dar la hora le marque a Roberto Cantoral los precios de la merluza en la lonja de Bueu, la chica se larga al amanecer. Es lo que tiene el tiempo: que transcurre, hagan lo que hagan Rajoy o Roberto Cantoral.

Ello no significa que la historia se acabe ahí. La pareja deseada se larga. Eso ya lo sabemos. Alguna razón tendrá, desde luego. O no, pero está en su derecho de hacer con su vida lo que le dé la gana. Una vez que la chica, a la que llamaremos Pedro Sánchez, se aleja, no sabemos qué fue de ella porque Roberto Cantoral no nos da más pistas en su magnífica letra. Imaginemos que en su partido lo que quieren es que vuelva con Cantoral y como no accede, la echan.

¿Y qué pasa con Cantoral? ¿Qué ocurre si al final, tras estampar el reloj contra una pared para que obedezca, llama a su timbre Javier Fernández, que preside la nueva Gestora? Fernández le dice que ella es más guapa y más dócil, que ofrece amor y estabilidad, que le planchará las camisas, le teñirá las canas y que juntos fingirán que no pasa el tiempo. Ahí si nos deja una pista Cantoral, cuando casi acaba la canción: «Reloj, detén tu camino, porque mi vida se apaga».

Rajoy, que no es tonto, sabe que su vida se apaga. Se apaga porque el tiempo transcurre. Él puede durar dos años o tres; cuatro como mucho. Ése es su horizonte. Lleva demasiado lastre en la mochila. Demasiados escándalos ya. Puede convocar si quiere unas terceras elecciones y mejorar el resultado, pero jamás se acercará al de Feijóo en Galicia. Por algo Feijóo escondió a Rajoy en Mondoñedo o en Avión durante la campaña y apenas compartió un par de actos con él. Por algo eliminó las siglas del partido de sus carteles. Porque la vida de Rajoy se apaga y en Galicia no se vota a Rajoy como se vota a Feijóo. Todos saben que de haber presentado a otro candidato a las generales, el PP tendría muchos más votos que con Rajoy, en diciembre o en junio. Pero muchos, muchísimos votos más. Puede que se contaran por millones, lo que se vería traducido en dos o tres decenas de diputados. También lo sabe Rajoy, por eso mismo nadie se molesta en decírselo, si total todos lo tienen claro.

Rajoy siempre ha ignorado al reloj. El tiempo, hasta ahora, no era una cuestión que le preocupara. Ni el tiempo ni ninguna otra cosa, también es verdad. Él ha dejado que la vida transcurriese sin hacer demasiado caso a nada. Ahora cree que puede pedirle al reloj que se detenga, al menos durante unos años, que serán los últimos. Congelará el presente e incluso el pasado y tratará de vivir como antes, cuando la época de la alternancia y el bipartidismo, cuando Bárcenas no estaba en la cárcel y Rodrigo Rato era un gestor y un banquero ejemplar. Cuando el ministro Soria era un tío de fiar y Ana Mato una administradora íntegra. Tratará de evitar el recuerdo y para ello contará con la complicidad de su gran rival socialista.

Por su parte, los socialistas se aferran a la necesidad de no fallecer: «Nomás nos queda esta noche para vivir nuestro amor, y su tictac me recuerda mi irremediable dolor». Todos están al borde de la muerte, todos saben que el reloj jamás detendrá su camino, porque el tiempo no depende de la voluntad de nadie, sino de la regularidad con la que un planeta gira sobre sí mismo y alrededor de una estrella. Eso no puede cambiarse. Podemos ignorarlo, como ha hecho Rajoy desde siempre, pero jamás lo evitaremos. Tarde o temprano, más temprano que tarde, el tiempo se abalanza y nos dice que nuestra vida se apaga. Rajoy, nacido en 1955, lo que no es bueno ni malo, puede parar un reloj durante unos años; sus nuevos aliados socialistas pueden tratar de detener el tiempo, pero no nacerá jamás persona en el universo capaz de frenar el transcurso de la evolución. Alguien podrá fingir que logra interrumpirlo durante unos meses, pero el tiempo pasa y la gente envejece, como envejecen las modas y las ideas mientras la gente joven, que no quiere saber nada de Rajoy ni de Javier Fernández, se va incorporando. Finalmente nadie puede pedir a un reloj que deje de hacer su trabajo.

Reloj, detén tu camino
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