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Rivas Fontán, por Adrián Rodríguez

SE PUSIERON Adrián Rodríguez y Rivas Fontán a hacer una biografía y escribieron una época. Yo defino ‘Solo Rivas Fontán’ como un formidable ajuste de cuentas. Rivas ajusta cuentas con muchos protagonistas de la transición, desde Rajoy a Louzán o Xosé Fortes. Y Luciano Varela, claro; también las ajusta con la ciudad que gobernó y con los tres partidos en los que militó. Rivas se pone a echar cuentas con tanto entusiasmo que en algunos momentos acaba echándoselas a sí mismo. Por su parte, Rodríguez pone un ritmo tan acelerado que hace que uno pase las páginas casi arrancándolas.

Hay mucho más que una historia pontevedresa. Las intrahistorias de cómo se ponían y quitaban candidatos, de cómo se incumplían promesas internas, no tienen desperdicio. Y de cómo se financiaban los partidos. Lean lo siguiente:

"Un día me llamó Lino Portela, de AP, y me dijo que debíamos hablar con un contratista que era una persona muy nuestra, del partido. Se sentaron y me dijeron:

- Tenemos un problema muy importante con Benigno (Esperón). Cuando fueron las elecciones, dio 500.000 pesetas a Rajoy para la campaña. Lo único que pidió fue que lo mantuvieran como contratista del Hospital Provincial".

Eso sucedía en los albores de la democracia, en 1983, año en el que según cuenta Rivas, Rajoy recibía aquel sobre para la campaña en la que Rivas ganaba su segundo mandato y Rajoy entraba como concejal y presidente de la Diputación, que entonces gestionaba el Hospital. Las prácticas de financiación irregular, de contratos a cambio de sobres, se daban ya en aquella época, y está bien que lo cuente quien tuvo conocimiento directo de ello, aunque fuera a posteriori.

Es cierto que todo lo que se cuenta en el libro es la versión de Rivas Fontán, que no era un cualquiera. Otros tendrán otras versiones, pero lo que hay que agradecer es el ejercicio de honestidad que le lleva a reconocer errores tanto como a realzar aciertos. Ello se debe en buena medida a la capacidad de Adrián Rodríguez para enfrentar a Rivas con su pasado. Yo he visto a Rodríguez interrogando a Rivas incluso mientras tomaban una caña; preguntando una y otra vez hasta extraerle el detalle más nimio. De ahí salió un relato en el que las escenas se describen con tanta naturalidad que los diálogos se escuchan en voz alta, como si uno estuviera en medio.

Últimamente se escriben muchos libros que tienen a Pontevedra como escenario. La mayoría son prescindibles. Lo sé porque yo mismo he escrito algunos de ellos. Los que me gustan son los que, como éste, se convierten en joyas de la memoria local. Más allá del actual aluvión de ventas, que le confirmará cualquier librero, o de que se hable de él durante unos meses, como de cualquier libro bien hecho, lo que me interesa es que nadie jamás podrá escribir sobre la Pontevedra de aquella etapa sin consultarlo, lo que lo convierte en obra de referencia inmortal pase el tiempo que pase, sean cien años o mil.

Luego es que tiene momentos anecdóticos que además de explicar toda una época describen muy bien el carácter del personaje. Se cuenta, por citar uno, el momento en que el alcalde de Vilaboa manda paralizar la construcción de un puente entre su municipio y el nuestro. El alcalde de Pontevedra llama al de Vilaboa para desbloquear el asunto, pero el otro se niega. Así que Rivas pregunta cuántos policías tiene Vilaboa. Le dicen que solamente dos. Rivas manda a diez a conquistar el territorio y ordena continuar la obra.

No se rehúye ninguno de los temas que más le interesan a usted: la cocina del chalet de Rivas, la estatua del conjunto escultórico de la Cruz de los Caídos ni el famoso momento en que Rajoy le quitó a Rivas la presidencia de la Diputación para entregársela a Louzán. Todo ello queda resuelto en una obra cuyo mayor interés estriba en que al alcalde Rivas lo ha olvidado todo el mundo menos el pueblo, que siempre lo tendrá como el primer alcalde de la democracia, el hombre hermoso, cautivador, joven y carismático que nos gobernó mientras quiso y con el que Pontevedra se adentró en la nueva era a trompicones, por las buenas o por las malas, el que mucho tuvo que lidiar con los falangistas que no entendían que Rivas encarnaba una etapa diferente y que ellos estaban condenados a la desaparición.

No creo que en los próximos años se vuelva a formar un tándem como el que montaron Pepe Rivas y Adrián Rodríguez. Uno que pone tan buen material para que el que otro escriba, ni nadie que sepa aprovecharlo como el autor. Puede que no haya nacido todavía quien deba encargarse de las memorias de Lores, pero sea quien sea, que le pregunte a Rodríguez cómo se escribe un libro.

Esta ciudad ha tenido dos alcaldes: Rivas y Lores. Luego están Cobián y Pedrosa, que sirvieron para atravesar el desierto. No creo que nadie tenga fácil hacer que olvidemos a Lores, como él no ha logrado que olvidemos a Rivas. Y si me equivoco, que venga Adrián Rodríguez y lo cuente.

Rivas Fontán, por Adrián Rodríguez
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