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Yo quiero verte danzar

EXISTE ALGO mucho peor que el miedo a lo desconocido, y es el miedo a lo conocido. Si usted tiene miedo a los extraterrestres, por ejemplo, el día que se le aparezca uno en la puerta de su casa, el susto puede ser mortal. Y eso es lo que está sucediendo en el Congreso. La llegada de los diputados de Podemos y sus satélites ha causado conmoción. Sabíamos que existían, que podían venir y estar entre nosotros, pero verlos ocupando sus escaños con sus bebés, sus rastas, sus camisetas y sus novedosas promesas de acatamiento a la Constitución ha hecho que muchos entren en pánico.

Yo mismo, sin ir más lejos, al ver todo aquello, saqué el disco duro de mi ordenador y lo destrocé a martillazos, que es la manera que tenemos algunos de reaccionar ante situaciones terroríficas.

Cuando Pablo Iglesias surgió de la nada, lo que preocupaba a sus rivales políticos y mediáticos era su coleta. No hicieron mucho caso al principio porque una persona con coleta no puede liderar nada que no sea un grupo de folk. Tras las elecciones europeas el desconcierto fue mayúsculo. Muchos, principalmente descritos como drogadictos, perroflautas, titiriteros, estudiantes desarraigados y delincuentes habían votado a Pablo Iglesias. Pero lo de esta semana fue totalmente desconcertante. Como si desconocieran los resultados de las elecciones del mes pasado, como si no esperasen que finalmente los diputados de Podemos fueran a tomar posesión de sus escaños, millones de personas veían aquellas imágenes en las pantallas y no se las creían. ¿Qué esperábamos? ¿Que aparecieran por ahí de traje y corbata y con flequillo rubio repeinado? Al final, seguimos pensando que la vida es una cuestión de saber vestirse para la ocasión, como Gómez de la Serna , que acudió al hemiciclo como hay que acudir: vestido de diputado, que si llega a aparecer con rastas sería un escándalo.

Los de Podemos llenaron aquello de anzuelos y todos fuimos picando. La noticia no fue un parlamento presidido por primera vez por alguien que no representa al partido más votado: las noticias fueron el bebé de Carolina Bescansa , el peinado de algún diputado y la escena que montó Pablo Iglesias lloriqueando en la puerta. Y todos los debates giraron alrededor de Podemos. Celia Villalobos , roja de ira, temerosa de que alguno de esos jóvenes con rastas le transmitiera un virus a su Candy Crush; el ministro de Interior se quejaba del bebé que los había eclipsado a todos y Pilar Cernuda ponía cara de asco y hacía pucheritos para decirle a Susana Griso que los de Podemos huelen mal, que ella se acercó a su bancada para olfatear.

Durante unos días la cobertura de los ritos de apareamiento entre los líderes fue sustituida por las imágenes del bebé de Bescansa, de Pablo Iglesias hablando en lengua de signos, de los pelos y las promesas de “acatar la Constitución y trabajar para cambiarla”. Como si alguna de todas esas cosas tuviera la menor importancia cuando no sabemos quién nos gobernará. El nombre del futuro presidente es lo de menos, ya que hay diputados con rastas, que es lo que importa. Esto merece un estudio sociológico muy serio. Cuando todo un pueblo dedica días a discutir sobre un bebé o sobre un peinado, como si nos fuera la vida en ello, quizá hemos tocado fondo o nos hemos vuelto todos locos.

Surgió el lunes un nuevo movimiento de indignados: los indignados con el aspecto de los diputados de Podemos. Si el movimiento crece y se consolida, igual hasta Rajoy y Sánchez llegan a un acuerdo para gobernarnos, con o sin Albert Rivera , que también está indignado consigo mismo por no haber metido a un bebé o haber mandado a dos de los suyos con el pelo teñido de azul, que es lo que un líder tiene que hacer si quiere que se hable de él. De Rivera no se entiende que no lo haya visto venir, él, que empezó su carrera política poniéndose en bolas. Si hubiera aparecido así en el Congreso, nadie estaría hablando del bebé ni de las rastas. Debe estar el hombre hecho polvo, preguntándose: “¿Por qué no se te ocurrió, Albert, coño, por qué no fuiste en bolas?”.

Bien, ahora que ya han hecho lo del bebé y lo las rastas, los estrategas de comunicación de Podemos están ahora mismo barajando varias opciones para seguir monopolizando el debate. Mandar a varios diputados y diputadas vestidos de colegiales podría funcionar, o dejar allí a treinta bebés debatiendo y largarse ellos al bar. No sé, pero me temo que hagan lo que hagan les funcionará, visto lo visto. España entera está dispuesta a pasar semanas debatiendo sobre el traje de un rey mago, así que no lo tienen muy difícil. Con que Íñigo Errejón se ponga lentillas tenemos para incendiar las redes sociales y las tertulias durante un mes. Hemos entrado en una nueva era en la que los gestos más o menos circenses acaparan la atención y el que no lo entienda está acabado en política. Se trata de hacer cosas nuevas, diferentes, que prevalezcan sobre la política, que se convierte así en algo secundario. Hacer política ya no está de moda. Lo que hay que hacer es aprender a cantar, a bailar o a lo que sea. Queremos espectáculo. Para eso pagamos la entrada, y a precio de oro.

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