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Lo peor del fútbol

LA PRIMERA entrevista de mi vida fue a José Aurelio Gay. En una larga conversación de casi una hora, se lo pregunté todo. Gay habló de sus ascensos, de sus títulos, del sorprendente poder que el fútbol tiene sobre las personas. "¿Qué es lo peor?" Yo esperaba que hablase de derrotas, de descensos, de la amargura del fracaso deportivo. No. ¡Que va! "Las lesiones. Sin duda". Ni pestañeó. Empezó a enumerar todas las veces que había tenido que pasar por el quirófano: el dolor físico, los golpes morales de verse apartado de la actividad, la rehabilitación y la exigencia del camino más largo y solitario del balompié.

Gay me recordó una realidad que yo había vivido hacía tiempo. Siendo adolescente, al comenzar las vacaciones de junio, me puse a hacer el indio y me rompí una metacarpiano. Me perdí el verano. Con 15 años. :"(

Esa bofetada del destino que persiguió a José Aurelio durante toda su carrera y que acortó su vida sobre el césped, se cebó con Javi López, el extremo del Pontevedra, justo cuando la temporada le empezaba a sonreír de verdad.

Cuando se produce una lesión, la afición suele pensar en el problema que la ausencia del afectado causará al colectivo y tiende a olvidarse del dolor y el perjuicio para el individuo. Al final, los que verdaderamente saben lo que significa son los compañeros. Todos y cada uno de ellos demostraron solidaridad y calidad humana en sus mensajes hacia el andaluz, reflejo de la unión del grupo.

Ahora el Pontevedra está en pleno apogeo, disfruta de una buena clasificación y la hinchada solo se acuerda de López porque estaba creciendo, participando, demostrando los valores deportivos por los que había sido contratado.

Piensan en el resultado y no en la persona. Pero detrás de ese dorsal, de esa camiseta y de esa calidad, se encuentra el hombre y su medio año de dolor y lucha en soledad.

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