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Arrastrados hacia el pasado

Buñuel establecía una distinción entre aquellos locales que frecuentaba, apropiados para acudir con amigos, como Chicote y —en México capital— El Parador, de aquellos otros buenos para permanecer a solas y reflexionar
Luis Buñuel. DP
Luis Buñuel. DP

Los aficionados a la lectura y los escritores que deseaban cultivar su afición u oficio en los cafés lo han tenido cada vez más difícil. Estos han ido perdiendo no ya arrobas sino quintales del peso específico que llegaron a alcanzar en calidad de instituciones que encarnaban el viejo estilo de convivencia demorada y de tranquilidad cívica, a medida que se fue produciendo la irrupción de la televisión y de las modernas máquinas de discos (del estilo jukebox y sinfonola).

No sin motivo, Antonio Muñoz Molina ha deplorado la rudeza del bar español, pleno de voces roncas, de televisores con el volumen demasiado alto y la musiquilla de las máquinas tragaperras. Una muestra más —en su opinión— de la áspera cordialidad de la vida española.

El auge de la cultura de la prisa ha contribuido a agravar las cosas. Las cervecerías y bares al estilo anglosajón, en los que existía servicio de restauración, fueron cobrando vigor hasta llegar a los años sesenta, en que resultó patente la eclosión de las modernas cafeterías, y la remodelación de los antiguos cafés, que ya no se regían a través de mostrador, desde el que se organizaba el servicio, puesto que se había transformado en otra cosa muy distinta, aunque de similar apariencia: una barra sobre la que los clientes procedían a tomar un café o una copa. En todo caso, un consumo efectuado con apresuramiento, ora de pie, ora encaramados en taburetes elevados. En los antiguos mostradores no se podía tomar nada. Esto ha representado un auténtico cambio de paradigma en la historia de los cafés.

Pese a la abundancia de vistosas cafeterías y modernos bares, encontrar uno idóneo para los citados menesteres resulta mucho más difícil que dar con un buen café de los de antes. Luis Buñuel lo constató así: "Debo puntualizar que para mí no es lo mismo el bar que el café. Por ejemplo, en París nunca pude encontrar un bar cómodo. Por el contrario, es una ciudad abundante en admirables cafés".

Y es que en lo que a cafés se refiere, lo que se denomina progreso, no siempre representa un avance en nivel de sociabilidad, y un salto hacia adelante en bienestar y calidad de vida. Lo entendió muy bien Scott Fitzgerald, cuando concluyó El gran Gatsby con estas palabras: "Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado".

En los viejos, buenos tiempos —sin caer en idealizaciones—, era patente el gusto de los escritores y artistas por los rincones y lugares acogedores, por lo general un poco apartados, de los cafés y bares. Buñuel recordaba que: "El neurólogo Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel y uno de los sabios más grandes de su época, iba todas las tardes al Café del Prado y se sentaba solo a una mesa del fondo. En aquel mismo café, a pocas mesas de distancia, se reunía una peña de poetas ultraístas, de la que yo formaba parte". El Prado fue su café preferido en un periodo de su vida, pero su gusto fue cambiando. Ciertamente, le encantaba participar en las tertulias, pero en ocasiones prefería la soledad, tendencia que se fue acentuando con el paso de los años, en especial en su etapa final, cuando padeció un grado considerable de sordera que le atormentaba cuando entablaba una conversación.

Se tiene noticia de que de esta preferencia por los rincones y zonas apartadas y tranquilas participaba el propio Buñuel, de lo que bien podría dar cuenta el maître del bar del Hotel Plaza, de Madrid, buen conocedor como era de sus gustos, quien lo encaminaba en cuanto lo reconocía "a mi mesa favorita, junto a la pared".

Por lo demás, Buñuel establecía una distinción entre aquellos locales que frecuentaba, apropiados para acudir con amigos, como Chicote y —en México capital— El Parador, de aquellos otros buenos para permanecer a solas y reflexionar. Empero, en su opinión, no era conveniente que estos últimos tuviesen vistas agradables que facilitaran la distracción: "Durante mucho tiempo pasaba muy buenos ratos en el bar del hotel de San José Purúa, en el Michoacán, adonde solía retirarme a escribir mis guiones durante más de treinta año. El hotel está situado en el flanco de un gran cañón semitropical. Por tanto, las ventanas del bar se abrían a un paisaje espléndido, lo cual, en principio, es un inconveniente". Le pesó mucho que este local, como tantos otros, cerrara sus puertas: "Lamentablemente, y sin razón válida alguna, el bar se cerró. Aún nos veo a Jean-Claude y a mí, en 1980, vagando por el hotel como almas en pena, en busca de un lugar aceptable. Nuestra época devastadora que todo lo destruye no respeta ni los bares".

Distinto fue el caso de Cesar González-Ruano, conocido en Madrid por su estampa de hombre de café, quien también se decantaba por las mesas situadas en las esquinas, pero le agradaba asimismo que tuvieran buenas vistas. Se dejaba ver en una mesa ubicada de esta guisa, que tenía reservada en el Café Teide, que se hallaba situada frente al ventanal que daba al Paseo de Recoletos, esquina a la calle Bárbara de Braganza. Así, concentrado en la escritura de un artículo, tuvo ocasión de contemplarlo Antonio Bonet, en la década de los 60, en una pose similar a la que mostraba en una foto tomada treinta años antes: se le veía elegantemente vestido como un dandy. Ruano, como Camba y otros literatos que colaboraban en los periódicos, vestían bien, pero vivían de alquiler: el oficio les permitía ataviarse como cumplidos caballeros y comer bien, pero no les daba para adquirir una vivienda en propiedad. En buena parte por ello, su guarida era el café.

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