Blog | TAL COMO ÉRAMOS

Beethoven en el café

El auge de la sociedad de consumo, en la década de 1960, hizo posible que muchos particulares pudieran disponer de tocadiscos en sus hogares, para hacer sonar los modernos singles y longplays (que llamábamos: elepés) de vinilo, todo ello a precios mucho más asequibles que los antiguos gramófonos y discos de piedra, que eran auténticos artículos de lujo. Antes de eso, la música en los cafés era una de las escasas oportunidades de deleite filarmónico, con que complementar la música en vivo, en forma de coplas cantadas a capela, que se escuchaban con frecuencia a través de las ventanas que daban a los patios de vecindad.

No es, por lo tanto, extraño que el café concierto o musical haya tenido una vigencia constante, prácticamente desde que se introdujo el consumo de la infusión de café en un espacio compartido. Pero no hay duda de que esta fórmula conoció una intensidad particular en el primer tercio del siglo XX.

La música que más sonaba en los cafés solía ser ligera, amena y variopinta. Podemos recurrir al testimonio referido al café Derby, de Vigo, cuyas puertas abrió un emigrante en Buenos Aires, en el año 1921. Sobre él se conoce, por fortuna, como era su repertorio musical: se interpretaba música de los clásicos populares y sobre todo piezas españolas bien seleccionadas, lo que respondía en general a los gustos de un público no demasiado entendido, aunque las selecciones de Zarzuela eran conocidas. En esto ayudó mucho la radiodifusión, que ya era muy amplia en la década de 1930.

Portada del libro 'Algo máis que un cafe. O derby de vigo (1921-1968)', de Albino Mallo. DP
Portada del libro 'Algo máis que un cafe. O derby de vigo (1921-1968)', de Albino Mallo. DP

En relación con las opiniones musicales del público, acerca de si era o no entendido y sobre si debía limitarse de acatar el gusto de los músicos, polemizó en cierta ocasión Valle-Inclán, con su proverbial agudeza de ingenio. Cuando escuchó a un contertulio argüir con mucha convicción que una persona tenía un excelente criterio musical, porque él mismo era un músico, comentó lo siguiente: Para eso, tendría usted que demostrarnos que los lagartos, por ser lagartos, entienden mucho de historia natural.

Boutade o no, convendrá que prosigamos con el relato del hijo del dueño del café Derby vigués, para saber cómo se apañaba para organizar la cuestión de la música en su establecimiento. Pues bien, el hecho es que: "los músicos llegaban con una buena selección de partituras arregladas para trío y mi padre se encargaba de hacer la programación cada noche después del último recital". Precisaba, además, que la clase de temas que se interpretaban dependía también de la hora de su ejecución. El criterio era el siguiente: "La orquesta tocaba a las siete de la tarde los temas más populares, a las diez de la noche otros más selectos, y los domingos, en la sesión vermú, es decir, pasado el mediodía, música ligera como cuplés, tangos o pasodobles". También recordaba que su padre: "con una hermosa caligrafía escribía todas las noches el programa del día siguiente, sobre un encerado que se colgaba en el salón". Se alternaban en su propuesta los temas de música clásica o fragmentos conocidos de ópera, con música española en la que no faltaban selecciones de zarzuelas, como La del manojo de rosas, o La tabernera del puerto, ambas de Pablo Sorozábal; La verbena de la Paloma, de Bretón; La Gran Vía, de Chueca; o La leyenda del beso del ponteareano Reveriano Soutullo. Por su parte, los músicos del café también hacían su contribución, y tenían preparados algunos arreglos hechos ex profeso para Vigo de obras de compositores gallegos como Chané o Montes.

Estoy seguro de que el público les agradecería el detalle.

Una de las peculiaridades del Derby era la orquesta que tocaba durante los veranos

Bonet Correa apunta algo que ya insinuamos: la música clásica también se interpretaba en los cafés de toda España. Con mucha frecuencia, a cargo de un pianista, un violinista o una pequeña orquesta que actuaban sobre un reducido estrado. Albino Mallo, detallaba así en sus memorias como estaba organizada esta cuestión en el café Derby, de Vigo: "Una de las peculiaridades del Derby era la orquesta que tocaba durante los veranos. El gran salón del local estaba dividido en dos partes por una tarima donde se situaban los músicos, sobre la cual llamaba la atención el piano Ronish, de tres cuartos de cola. Normalmente los clientes que deseaban escuchar música se situaban en el lado de la entrada, es decir, en la parte más amplia del salón, para situarse frente a los músicos. Lo más curioso es que detrás de la orquesta se situaban las mesas de juego: un auténtico contraste, pues allí era donde se echaban las partidas de dominó, baraja española y ajedrez, de manera que se podía matar un seis doble, dar un jaque mate, o tener el siete velo, con gran alegría y expresiones correctas, pero a voces, mientras sonaba en el violín de Corvino el Zapateado de Sarasate".

Estas actuaciones servían para ilustrar musicalmente a una parte de la clientela: la que estaba interesada y prestaba atención a los músicos, que solían interpretar sobre todo piezas arregladas para los instrumentos disponibles, de autores como Beethoven Rossini, Bach y Mozart. También sonaban con mucha frecuencia piezas conocidas de Paganini, Albéniz y Wagner. Las de este último, entusiasmaban a Valle-Inclán, por lo que pedía a gritos que se callaran todos para poderlo a sus anchas. Claro que, en otras ocasiones, cuando se interpretaban otros creadores, en el café Nuevo Levante, por ejemplo, él no dejaba de hablar, y hubo quien contó que daba voces de este estilo: ¡Que se vaya la música! ¡Si no se oye!

Comentarios