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La bohemia en sus noches de tranquila iluminación

El Café Colonial, de Madrid. BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA
photo_camera El Café Colonial, de Madrid. BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA

Ramón Gómez de la Serna estaba verdaderamente encantado con la atmósfera lumínica, producida por las lámparas de gas, que reinaba en las tertulias del Café de Pombo. Tenía la impresión de que su luz era expresiva y blanda, de modo que "lo llena y lo ensalza todo". Una iluminación de sensible calidez que prorrogaba las cosas y "nimbaba de luz los objetos". Ahora bien, el punto de vista de este inquieto y prolífico escritor no era compartido por algunos otros coetáneos que consideraban la luz de gas más apagada y melancólica que la eléctrica, aun cuando en las primeras décadas de su llegada a los cafés (a partir de 1879) su voltaje era muchas veces reducido y el fluido considerablemente inseguro y con desesperantes cortes, en comparación con la luz más perseverante y estable propia del gas urbano.

Nos interesan, desde luego, las opiniones y las disputas –en las que hemos de ahondar–, pero no menos la realidad de las cosas de antaño; en particular de aquellas que revisten interés para permitirnos forjar un conocimiento –irremediablemente liviano– de nuestras raíces de proveniencia. Nada mejor para conocerlas que apelar a testimonios dotados de enjundia como el de Arturo Barea, en el que nos da noticia acerca de la índole y características de la iluminación de un antiguo café, en este caso el Español, en la primera década del siglo XX: "El salón enorme, lleno de ventanales en tres de sus lados, con sus arcos voltaicos, deslumbrantes en su globo de cristal alambrado, con su chisporrotear de carbones y el chirriar de sus mecanismos, susto de mariposas; y la luz amarilla de los viejos faroles de gas de la calle de Vergara, con sus llamas de raja de melón y su soplo silbante. Las ocho mesas macizas de sombras cuadradas, espesas, bailoteantes a los refl ejos cambiados de las luces, chispeantes de barniz, dormidas en el verde secante de sus tableros forrados de paño".

A Gómez de la Serna, la eléctrica, le recordaba "una ilusión vana", una fantasmagoría. A otros, por contra, sí les gustaba. Opinaban que, en la noche, los arcos voltaicos de los cafés constituían una invitación para adentrarse en el local en busca de animación y vida. En 1922, Valle-Inclán acudía al café Lyon D’Or, que disponía de iluminación a base de arcos voltaicos y largos y cómodos asientos afelpados. Al fondo, "en un rincón disimulado del café", había un saloncillo en el que se reunía la peña de Valle. Por la noche. Cuando la medianoche era por filo, como canta el romance, todavía se resistían a marcharse de allí.

Rafael Cansinos-Asséns, en el volumen segundo de La novela de un literato, en que se refiere al período 1914-1923 (aunque no son raros los saltos cronológicos), traza un panorama ciertamente glamuroso sobre este asunto. La hora estelar del café Colonial era "cuando los focos voltaicos de la Puerta del Sol se extinguen con una fulguración de desmayo y los últimos tranvías salen atestados de gente". A esa hora (cabe conjeturar que hacia la media noche) comenzaba a llenarse con la algazara de un público variopinto, de clase acomodada o bien de la farándula, pero en absoluto menestral. Llegaban las artistas de variétés, "pomposas y risueñas", escoltadas por su corte de admiradores, señoritos juerguistas, viejos calaveras y derrochadores, periodistas, literatos, bohemios y mujeres viejas de oscuro origen

A Cansinos no le resultaba nada fácil el empeño en sustraerse al embrujo del local, "animado por su iluminación profusa, sus gran des espejos y sus divanes rojos", y se convirtió en asiduo durante una buena temporada. Le fascinaba: "Este calor humano, este ambiente de capitosos perfumes femeninos, este runrún de conversaciones, estos deslumbrantes reflejos de blanca luz en los espejos". En el Colonial cobraba verdad y vida una auténtica encrucijada social: "Y todo este mundo abigarrado del Madrid de noche acude a él diariamente como a una cita tácita", de modo que: "Allí está uno seguro de encontrar siempre conocidos, periodistas, literatos, artistas guapas". Cansinos describe con gran expresividad la sensación de placidez y fascinación que proporcionaba esta atmósfera del lujoso café inundado de la luz blanca que se reflejaba en los espejos: "Es algo que deslumbra, arrulla y adormece, y hace que uno se abandone al nirvana de los muelles divanes".

De las embriagadoras noches del Colonial, pletóricas de expectativas, muchos salían aturdidos, sintiendo tal vez en ocasiones defraudadas sus inertes ansias de felicidad barata al arribar con descompostura y descompuesta faz a la cruda luz del amanecer, puesto que por fortuna el establecimiento no cerraba en toda la noche. Una situación sentimental, de ánimo contradictoriamente libérrimo, al tiempo que abatido y cansino, que supo expresar con precisa sagacidad Manuel Machado: "El alba son las manos sucias / y los ojos ribeteados; / y el acabarse las argu cias / para vivir encantados...". Al quebrarse la magia del ambiente al conjuro de los clarores del alba, retornaban a sus lechos con retazos de fatigada pesadumbre los alevosos jinetes de la festiva nocturnidad, aquellos que, como Gil de Biedma, vituperaban a los pájaros aguafi estas del amanecer con sobrada razón, llamándoles: ¡cabrones!

En el Madrid de los bares americanos y los cafés ornamentados con maderas nobles, de los años veinte y treinta, en que Rafael Cansinos y Julio Camba, Buñuel, Neruda y Lorca celebraban el tránsito fugaz e intenso de la noche inextinguible, en la reverberación de la juerga y la alegría, se barruntaba el paisaje urbano en el que ya apenas existía el conticinio, esa hora tan especial de la noche en que todo permanece en silencio. En esto reparaba, algunas décadas después, con buen pulso literario Javier Marías.

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