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El café musical y las vedetes

‘Un café cantante’, óleo de José Alarcón Suárez. FUENTE: JOSE BLAS VEGA - CAFES CANTANTES DE MADRID (1846-1936); GUILLERMO BLAZQUEZ EDITOR
‘Un café cantante’, óleo de José Alarcón Suárez. FUENTE: JOSE BLAS VEGA - CAFES CANTANTES DE MADRID (1846-1936); GUILLERMO BLAZQUEZ EDITOR

En el concepto de café cantante entran a formar parte cosas muy distintas: el flamenco y otros géneros líricos y musicales, como canciones, coplas, cuplés, fragmentos de zarzuelas y operetas. También englobaba los conciertos, ya fueran de piano o protagonizados por pequeñas agrupaciones u orquestinas. Desde luego, había locales especializados en un determinado género, la copla, el cuplé más o menos picante o sicalíptico, el tango, el jazz, etc. Pero no era infrecuente que se combinaran y alternaran diversos y variopintos géneros musicales y que también tuvieran cabida en un mismo local otras actividades más o menos artísticas o de entretenimiento, de diverso jaez. Algunos de estos cafés musicales promovían espectáculos de teatro ligero, de variedades, denominados "varietés", y desde luego bailes: flamenco con sus diversos palos, danzas americanas, francesas y bailes agarrados de distinto tenor. En ocasiones, tenían cabida también espectáculos circenses, humorísticos, números de magia, sombras chinescas, en un primer período, y proyecciones cinematográficas, más tarde.

Blas Vega señala que, el café La Cruz de Malta, perdió su carácter de sociedad política, y tras un breve cierre, resurgió como café-musical. Así, el Diario de Madrid, de 8 de marzo de 1821, anunciaba un concierto "instrumental y vocal, intermediado por el profesor que toca el bandolín". Pero también contrataba atracciones diversas, como una demostración de canarios instruidos, celebrado en el verano de 1830, o una función de "la niña invisible2, en 1833.

Muchos cafés normales y corrientes y algunos bares, que no se definían como "cafés cantantes", ofrecían, sin embargo, de manera ocasional, con mayor o menor frecuencia, espectáculos de música en vivo, a veces con cantantes o coreografías de teatro ligero. Esto sucedió prácticamente siempre, y tanto en localidades grandes como pequeñas. En Pontevedra y Vigo, en los años 1920-30, muchos cafés cantantes y cabarets tenían nombre de bar: Hipólito de Sa Bravo, menciona en sus recuerdos de infancia, varios de este tenor: Bar Carrillo, Bar Royalty, Bar Abanico, Bar Brasil, Bar Español, Bar Fontoria, Bar Kursal, Bar Bataklán y Bar Urquín.

Tuvieron especial éxito los espectáculos de variedades. Señalaba Rafael Cansinos, en sus memorias, que el auge de las varietés lanzó a los escenarios un aluvión de muchachas pobres, de plebeya hermosura, pero cabalmente ignorantes, que en otro tiempo se hundían en el burdel y que a partir de entonces se aprendían unas tonadillas o unos pasos de baile y se improvisaban artistas, con ayuda de algún mecenas, rico y generalmente propenso a la alopecia. Hacía notar Santiago Ramón y Cajal –que iba de vez en cuando a estos espectáculos musicales, como casi todos los personajes conspicuos, quizá con la excepción de Marañón, Juan Ramón Jiménez, y pocos más– que, en igualdad de circunstancias, el coeficiente de honradez de actrices y cupletistas estaba en razón inversa del tamaño de sus brillantes.

Señalaba Rafael Rafael Cansinos, en sus memorias, que el auge de las varietés lanzó a los escenarios un aluvión de muchachas pobres, de plebeya hermosura, pero cabalmente ignorantes, que en otro tiempo se hundían en el burdel

Mucho entusiasmo despertó la actuación en uno de los principales locales, el Kursaal, de una artista francesa, La Jolie Vampa, que bailaba en atavío oriental, con los pies descalzos y un pebetero humeante de perfumes exóticos en el escenario. En opinión de Cansinos igualaba en belleza y fama a Cleo de Merode y Corolina Otero. Pero no todos se dejaban deslumbrar por su puesta en escena. Los periodistas menos impresionables –o de la cáscara amarga–, dejaban caer en sus crónicas que, al fin y al cabo, las artistas de music-hall no pasaban de ser cocottes distinguidas.

El ambiente que solía reinar en los cafés musicales se asemejaba al de los teatros de variedades, con la ventaja de que en aquellos establecimientos no se cobraba entrada –aunque a veces incrementaban el precio de la consumición durante las actuaciones– y permitían disfrutar de las bebidas o consumiciones más apetecidas.

Cansinos-Asséns describe la atmósfera de efervescencia popular en una noche típica de sábado (parece que situada en 1904, cuando este autor era un joven de 22 años) en un teatrillo de variedades del barrio de Lavapiés. El teatro Rat Penat (conocido como el Rapená por el vulgo) "Rebosa de un público denso y abigarrado, sudoroso de apreturas y rugiente de lúbrica excitación ante esas artistas semidesnudas que se buscan la pulga en el escenario". Entre los tristes y cenizos no faltaban quienes consideraban que el ambiente recordaba a un cuadro expresionista de Gutiérrez-Solana y, en sus momentos de paroxismo, a una escena naturalista de Zola.

En cualquier caso, en la primera década del siglo XX, los artistas trataban de hacer conquistas entre las pocas mujeres que acudían a los cafés, y en especial en los cafés cantantes donde se registraba mayor presencia de damas. Confesaba Ricardo Baroja, en su libro Gente del 98, que era costumbre entre ellos aprovechar cualquier ocasión en que se encontraban con una mujer que les parecía accesible para proponerle lo que denominaban expresivamente como el "timo del retrato". El procedimiento era el siguiente: el pintor o dibujante se acercaba a la dama, la chicoleaba y con un halago cortés le proponía hacerle un retrato: "Señorita, con qué placer haría un dibujo o un esbozo de esa cabeza preciosa". Aplicó esta técnica de seducción en el café-teatro de variedades Central-Kursaal el pintor y grabador Leandro Oroz y Lacalle, con Victoria Delgado, que aceptó encantada. Más reacia se mostró su hermana Anita, ante las tentativas de "timo" que protagonizaron los pintores Anselmo Miguel Nieto y Julio Romero de Torres. La chica desdeñaba a estos artistas y se mostraba muy complaciente y receptiva, en cambio, con un argentino, de aire resuelto y chulesco, que también le tiraba los tejos. Más tarde se decidió por el maharajá de Kapurthala. ¡Ambición a lo grande!

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