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En este café nunca estuvo Hemingway

Han sido numerosos los escritores que perseveraron con ahínco en la búsqueda de buenos cafés: aquellos realmente excelentes sin los cuales, por cierto, resulta difícil explicar la evolución de la modernidad literaria occidenta
Hemingway. EP
Hemingway. EP

Ernest Hemingway fue un escritor de cafés en todas las ciudades en que residió: tanto en Madrid o Pamplona, como en París o La Habana. Fueron muchos los cafés que frecuentó en España, pero no tantos como los que se jactaron en su publicidad de tenerlo entre sus clientes: "En este café estuvo Hemingway" (uno de ellos, el Iruña, de Bilbao, lo proclama estatuariamente, con una efigie del escritor). A la vista de tal proliferación, uno de ellos quiso poner en solfa esta operación de impostura, publicando, con intención irónica, un aviso en un cartel bien a la vista: "En este establecimiento nunca estuvo Hemingway".

Refiere Jesús Pardo en sus memorias que cuando Truman Capote visitó España, en los años de postguerra, frecuentó a los escritores que hacían tertulia en el café Gijón, algunos de los cuales escribían en él. Estos se percataban alucinados del contraste entre la condición de escritor en España y Norteamérica cuando les contaba que él también algunas veces, como los españoles, se quedaba sin blanca. Entonces cargaba el coche con botellas de Coca-Cola, whisky y sándwiches, se iba a algún motel remoto, y se dedicaba a escribir algunos cuentos y así volvía a sacar a flote sus quebrantadas finanzas. Los pobres escritores españoles oían este discurso estupefactos: pensaban para su capote que la mayoría carecía de coche propio, padecían penuria crónica –algunos, auténtica hambre–, no podían ni soñar con comprar whisky y sabían que, aunque publicaran sus obras, la mezquina retribución que obtendrían no les libraría de la menesterosidad.

A Luis Buñuel le resultaba agradable escribir en los cafés y bares. Cuando trabajaba en sus guiones tenía la impresión de que estos establecimientos resultaban propicios para que las musas acudieran a inspirarle. Refería en sus memorias dictadas que, en 1987, cuando rodaba Ese oscuro objeto de deseo, se encontraba en un bar madrileño, con el ánimo bastante alicaído por mor de un malentendido que había tenido con una actriz. Después del segundo dry-martini se le ocurrió una idea salvadora, consistente en hacer que dos actrices distintas interpretaran el mismo papel. Una ocurrencia surrealista, audaz y novedosa, y desde luego muy oportuna, que resolvió una situación apurada y salvó la película que el productor ya se había resignado a tener que suspender.

Han sido numerosos los escritores que perseveraron con ahínco en la búsqueda de buenos cafés: aquellos realmente excelentes sin los cuales, por cierto, resulta difícil explicar la evolución de la modernidad literaria occidental. Su indagación llegaba a buen puerto cuando daban con uno especial, que les parecía particularmente idóneo, en el que podían recluirse en su burbuja para escribir y –en el caso de los poetas– encontrar la inspiración y practicar tal vez –los más proclives a la espiritualidad– la búsqueda interior, encandilándose con esperanzas que, aunque casi siempre resultaran ilusas o vanas, lo cierto es que sin ellas la vida es poca cosa, como Leopardi apunta en un célebre poema que impresionó a Savater, que lo cita en Aquí viven leones (aunque Krishnamurti se obstine en que el logro del desapego respecto de los anhelos). Los más sabios, como Bousoño, o Aleixandre, se han percatado de que lo importante es alcanzar esa serenidad que es el fruto de la incertidumbre aceptada.

El problema para los aficionados a la lectura y escritura consistía, como indicábamos, en localizar un buen café, agradable y tranquilo (requisito que no todos consideraban indispensable). Esto no representaba un problema hasta los años sesenta, o puede que incluso setenta. Pero ya no fue tan fácil después. Antoni Martí se lamentaba en el prólogo de la reedición de su ensayo Poética del café, de la creciente dificultad en dar con un establecimiento adecuado en el que poder escribir con sosiego. Le parecía deplorable que en Valencia, Barcelona y Madrid –y el fenómeno no ha dejado de extenderse por las restantes urbes del país– se hayan ido extinguiendo los míticos cafés literarios que llegó a conocer, algunos simplemente desaparecidos y otros reconvertidos en oficinas bancarias o franquicias estandardizadas.

Hay que puntualizar, no obstante, que los cafés habían evolucionado ya en los años veinte y treinta, perdiendo algunos gramos de su peso como instituciones que articulaban la sociabilidad en las clásicas tertulias. Las causas son múltiples pero podemos anticipar que un factor no desdeñable fue el incremento del ruido ambiente. Algunos cafés promovían actuaciones musicales en vivo (pequeños grupos u orquestas, especialmente en los cafés cantantes, con cupletistas o artistas flamencos). No faltaban tampoco aquellos otros que mantenían encendidos los aparatos de radio (ya en la década de los veinte) con el volumen notablemente alto. Aunque eran rara avis, ya existían en algunos locales, a comienzos del siglo XX, pianolas, que, unidas a un piano, ejecutaban mecánicamente –sin que se requiriera el concurso de un pianista– las piezas preparadas al objeto.

En su versión de máquinas eléctricas capaces de reproducir canciones cuando se les insertaban monedas "de a perra gorda", estuvieron a disposición del público a partir de la década de los veinte, como lo indica, en 1923, Ernesto Giménez Caballero, en Notas marruecas de un soldado. El escritor de café también podía perder la paciencia por el estruendo musical provocado por algún organillo que se situaba en las inmediaciones del local, y desde luego que también por el tránsito de carruajes primero y de automóviles más tarde, que el cristal simple de los ventanales apenas amortiguaba (hasta que hizo su aparición el bendito doble acristalamiento de anticontaminación acústica, ya en el siglo XXI). Pero, como sabemos todos, lo peor estaba por venir con la aparición de la televisión.

En este café nunca estuvo Hemingway
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