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¡Cuán gritan esos malditos!

El escritor Rafael Sánchez Ferlosio en una imagen de 2004. EFE
El escritor Rafael Sánchez Ferlosio en una imagen de 2004. EFE

George Steiner, en Errata. El examen de una vida, nos ofrece una brillante reflexión de sobre el valor del silencio frente al ruido. Schopenhauer, con la contundencia filosófica que le es propia, proclamaba que: "La inteligencia es una facultad humana inversamente proporcional a la capacidad para soportar el ruido". El hecho es que entre nosotros ha habido muy poca conciencia del daño que la contaminación acústica representa para la salud, puesto que no es solamente "como se solía pensar" una molestia transitoria.

La mayor parte de los escritores maldecía el ruidoso fragor que reinaba en la mayoría de los cafés, en particular a ciertas horas, y recitaba para sus adentros los versos que profiere Don Juan: "Cuán gritan esos malditos! / Pero, mal rayo me parta / si en concluyendo la carta / no pagan caro sus gritos!". Pero también había algunas curiosas excepciones, como siempre sucede en todo lo que concierne al orden humano. Una rara avis, en este sentido, fue Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), amigo y coetáneo de Gómez de la Serna, quien le dedicó un retrato, en su libro Pombo, y posteriormente un perfil en la obra Retratos completos, de 1924, en calidad de ingenioso humorista y autor de exitosas comedias. Pues bien, Jardiel fue, si cabe, aún más animal de café que su ilustre coetáneo. Tomás Borrás "otro de los contertulios del café Pombo" decía de Jardiel que: "estaba en el café y era el café". Escribía en ellos, sin importarle el ruido, o barullo que le rodeara; es más: el ambiente vivaz, agitado y exultante del café en sus horas punta le servía de estímulo para redactar sus novelas y piezas teatrales. Pasaba de un local a otro, más por amor a los establecimientos que por afán de hacer tertulia. Se hizo tan amigo de los camareros que estos le nombraron 'camarero honorario' y le obsequiaron con una bandeja y la chaquetilla blanca en un solemne acto de entrega en el Fénix. Impulsado por esta loca pasión, proyectó recrear el ambiente de café en una habitación de su propia casa, y llegó incluso a instalar un mostrador en su salón.

El intelectual polímata Mauricio Wiesenthal, uno de los más cultos y mejores ensayistas sobre la temática cultural, declaraba que para imaginar y esbozar su obra creativa necesitaba ver el paisaje, lo que buscaba y conseguía a través de los ventanales de ciertos cafés. Hacía caso omiso del alboroto que se registraba en ellos, puesto que le parecía más importante el calor animal de la gente que allí había, aunque declaraba que no sabía si su obra sonaría después demasiado al estrépito de las tazas de los cafés. También le parecía estimulante otra opción: trabajar en la terraza de su casa en Roma que daba sobre la Piazza Navona, lo que le permitía percibir su ambiente de agitado bullicio. Poseía una elevada capacidad de concentración que le permitía leer y tomar notas en medio de la algarabía. Ahora bien, reconocía que no podía despachar de este modo todas las fases de su actividad intelectual: para concretar la elaboración y, en particular, la redacción final de sus obras precisaba aislarse, como hacía Colette -decía-, que también tenía por conveniente aislarse en su hermosa casa de la Costa Azul, y además había dispuesto su escritorio contra la pared, para no distraerse con el paisaje cuando trabajaba en la redacción de sus ficciones.

Ha habido escritores muy peculiares, como Rafael Sánchez Ferlosio, que lo era tanto en esto como en otras muchas cuestiones. Fernando Sánchez Dragó lo veía algunas veces, por razones de vecindad, en una bolera madrileña "del Cine Benlliure, situado en una esquina de la calle de Alcalá" escribiendo en medio del fragor espantoso de las bolas rodantes. Decía que ese ruido total de las bolas le permitía insensibilizarse de los pequeños ruidos del entorno. que eran los que verdaderamente le distraían.

En todo caso, unos y otros, los que se daban a todos los demonios cuando reinaba el alboroto a su alrededor, y los parvos privilegiados a quienes no les afectaba o pudiera ser que les espoleara incluso, cualquiera que fuese su capacidad de concentración, todos ellos se beneficiaban de las facilidades que les ofrecía un amplio elenco de establecimientos, señaladamente los más lujosos. González Ruano nos facilita un acercamiento a esta cuestión cuando, en un arrebato retórico "poco frecuente en él" describía el modus operandi del intelectual cuando trabajaba fuera de casa: El iluso escritor de cafés, de tintero y pluma en ristre, gestaba sus diligencias, tantas veces vanas, que debería realizar en chancillerías de imprenta, fungiendo de reverdecido "hidalgo de la calderilla a la sombra sin flor de los cafés de España...".

Obviamente, el tintero al que hace referencia Ruano no lo iban a llevar consigo los letraheridos, por lo que ya se puede colegir que los establecimiento proveían al cliente de los instrumentos necesarios para la escritura: lo que se conocía como "recado de escritura". Esta expresión designaba, en el siglo XVIII, al conjunto de útiles de escritorio, o escribanía, tanto para la mesa del despacho como en forma de pequeña maleta o maletín portátil semejante a la caja de caballete desplegable. En el siglo XIX, se hizo muy común entre los pintores paisajistas que ejercían su oficio fuera del estudio, al aire libre, como preconizaron los adictos a la escuela impresionista, pero no únicamente ellos, por cierto. El recado de escritura comprendía todos los utensilios del ofi cio: pluma "aunque sólo fuese un manguillero con pluma oxidada", tintero, secante, cuartillas y, a veces, un bade. Seguramente pensaran ustedes que, en nuestros días, habría que cambiarlo por teclado, monitor y wifi .

¡Cuán gritan esos malditos!
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